lunes, 8 de agosto de 2011

Paso.

No es posible que nos encontráramos en otra vida, es decir, en algún otro punto de nuestra cadena de reencarnaciones. No podría ser nuestro ahora otra parada en una antigua búsqueda.
Tal vez nos hubimos conocido en un paso de montaña. Nos imagino como dos hombres, y aunque soy influido porque eso somos en la actualidad, creo que es así como quisimos volver. Tú habrías perdido a tu grupo, mientras yo sería explorador del mío. El encuentro no sería del todo casual, y sin embargo entonces, como ahora, éramos incapaces de entrever siquiera los movimientos de un hado alrededor nuestro.
Éste nos lanzaría uno contra el otro hasta hallarnos cara a cara, lo que nos tomaría por sorpresa y provocaría suspicacias a nuestro encuentro. Nos alejaríamos a tiro de piedra, mientras mostramos una fiereza aún no oculta por la civilización futura. Después de un rato, por qué no, habríamos de acercarnos lentamente; ¿no nos habríamos olido para reconocer nuestra extrañeza y luego no habríamos pensado que compartíamos un mismo espíritu? Así lo he pensado yo, no sé que habrán pensado ellos sin este milenario bagaje verbal.
Quizás peleamos un momento hasta permitir que nuestra lucha deviniera en juego, con lo que nuestros cuerpos sudaron y es factible imaginar que éste era nuestro objetivo. ¿Qué podríamos saber de nuestras acciones? Sólo tendríamos conciencia de que nos agrada como nuestros cuerpos, por medio de su calor interno y del sudor que expiraban, se confundían y daban a ambos una nueva sensación a nuestro tacto.
Al final qué significaría para nosotros la mutua presión de nuestros miembros entre nuestros cuerpos. Porqué eso movimientos, porqué ese jadeo, porqué el cerrar los ojos ante un ser nunca antes visto. Por qué me siento incapaz, al igual que nuestras antediluvianas versiones, de expresar el significado de ello.

sábado, 9 de julio de 2011

Dos brevedades.

Sin título.
Me detuve porque estaba cansado, pues dudo que me hubiera dado cuenta de lo absurdo e infantil que era tratar de huir de él. Sólo estaba fatigado por tanto caminar y pensar al unísono, debía de abandonar uno de ellos. Por eso me detuve debajo de aquella cornisa de una tienda cerrada. Se resguardó también bajo la cornisa y me preguntó por qué me había al fin detenido. Le dije que estaba cansado. Tomé un largo respiro y me senté de cuclillas un instante, y a esa menor altura las gotas  que chocaban contra el suelo salpicaban mi rostro ya mojado. Me observaba, lo sé, mientras yo fingía ver al frente. Del otro lado de la calle había una tienda departamental que sería un mejor refugio contra la lluvia y contra mis pensamientos, pero no quería estar rodeado de gente si estallaba la bomba que habíamos armado entre los dos. Por fin alcé la cara hacia su rostro, entonces él veía hacia la tienda, bajó su mirada y sonrió al encontrarse con la mía y volvió a ver de frente. Me paré y fue ese el momento en que me preguntó si no sería mejor que nos guareciéramos en la tienda de enfrente.
Media hora antes nos habíamos encontrado, en la misma banca en que varias veces lo habíamos hecho, pues sabía que le gustaba ese lugar a lado de una iglesia vuelta museo, estaba rodeada de árboles y era muy tranquilo su atrio. Llegué primero y cuando lo vi acercarse me levanté, más por inercia que por verdadera alegría de encontrarlo, hoy no me besó en cuanto me alcanzó, había visto mis ojos y supongo que su interior; me pregunto ‘¿estás bien?’, dije ‘sí’, obviamente le mentí. Mis ojos se humedecieron así que le pedí que caminásemos. Le pregunté cómo le había ido, y me dijo que bien, y otra vez me contó -ya lo había hecho por teléfono- de la cena con Gustavo y Linda. ‘Se ven muy felices casados’, me dijo. Recordé lo felices que se vieron en su boda y, en un intento de poner orden a las emociones que mis distintos pensamientos convocaban, aceleré el paso. A él le fue más difícil hablar y caminar a ese ritmo, por lo cual, después de seguirme un rato, volvió a su paso habitual obligándome a disminuir el mío. Para llenar el vacío que entonces sentía le invité un helado.
Entonces creí que todo se me pasaría si me abandonaba unos instantes; después, porque supe que no sería así me, negué a entrar a la tienda. No sé si pretexté la gente, la lluvia o el calor, pero él aceptó continuar bajo la cornisa. El sonido del aguacero nos cubrió, no era que arreciara, sólo callábamos. Sabíamos lo que el otro pensaba, tal vez por ello nos besamos antes de soltar las palabras que cada uno guardaba. Fue un beso muy tierno y mientras nuestras manos aún se posaban en el rostro del otro sonreímos. Mis pensamientos dieron un giro, recordé la rosa que me dio la segunda vez que salimos, la primera vez que me dijo que me amaba en un KFC mientras yo tenía la boca atascada de pollo, el abrazo que me dio por haber olvidado mi cumpleaños. El debió pasar revista a recuerdos similares. Nos besamos de nuevo y nos abrazamos. Fuertemente sujetábamos el cuerpo del otro cuando le dije al oído que quería terminar y él me respondió ‘lo sé’.
No hubiera esperado ser tan cortés minutos antes. Tras comprar los helados, nos habíamos sentado a consumirlos sin decir nada. Un poco de helado cayó sobre su pantalón y con una servilleta lo limpió. Hace unos meses nos hubiéramos reído de la situación y hubiera yo pasado la servilleta para retirar el helado con mucho cuidado. Supe que era esa pesadez que hace tiempo sentía en el pecho. Sí, quería romper con él, porque no deseaba verlo más en la vida, y su imagen me amargaba. Fueron todas aquellas pequeñas bombas que cebamos en silencios. Entonces lo odiaba y no me sentía capaz de dirigirle palabra alguna sin que me vencieran las ganas de golpearlo. Empezó a lloviznar. Vámonos dije y empecé a caminar sin ver si me seguía o no. Luego la lluvia se soltó, volví la mirada y me di cuenta que me seguía, por lo que caminé más rápido, y así caminamos varias calles hasta que necesité de un descanso y me detuve bajo una cornisa, y él se detuvo a mi lado.
Y todo fue sencillo. Nos soltamos y dijo a manera de comentario ‘¿así que hemos terminado?’, afirmé solamente con la cabeza, mantuvimos las miradas bajas y cuando por fin nos atrevimos a encontrarlas sonreímos, no nos buscaríamos y sólo nos volveríamos a ver si Dios así lo quería. Oí cuando dijo ‘creo que me voy’ y le dije que no, que el que se iría era yo, pues podía resistir más el frío de la lluvia que él, que siempre enfermizo debía ir a la tienda de enfrente. Nos dimos las manos y partí sin volver la mirada atrás.

Extractos.
...Lo volví a ver en aquella vieja librería del Centro. Iba con su amigo, aunque ya deben ser novios por los chismes que me han llegado. Siempre vi en la mirada de José los sentimientos que mantenía por Alex, pero más que celos, me provocaba pena, por la cantidad de años que llevaba de conocerlo sin jamás atreverse a dar un paso más allá. El rompimiento tortuoso que provoqué con Alex creo que le fue una oportunidad inmejorable para entrar en escena y, por raro que suene, me alegro por ello, sé que son una linda pareja. José me vio, pero fingió no hacerlo y nada dijo a Alex de ello, en cambio me volvió la espalda e hizo que éste hiciera lo mismo, creo que tomó un libro y fingió interés. No debía preocuparse por mí, en ninguna forma estoy dispuesto a intentar una arremetida para recuperar su amor, a pesar de mis sentimientos. Por ello en cuanto me dieron la espalda yo les di la mía y me largué. Es cierto que amé a Alejandro, y que aún lo amo, pero no quiero ver que el decaimiento corporal de mis últimos días se refleje en un sufrimiento suyo. Quiero evitarle las idas al hospital y muchos menos cuando se haga patente mi desahucio. Han pasado apenas 2 meses de mi diagnóstico y ya he perdido 10 kilos. Los doctores me dieron 6 meses de vida, no creo que cumpla con su pronóstico.
...Me han llamado del trabajo, desean que vuelva, me han ofrecido un mejor puesto, han de creer que renuncié porque no me sentía satisfecho. Ahora ocupo mi tiempo libre no para leer los libros que nunca leí, ni para ir a los lugares que nunca fui y menos para conocer a las personas que nunca me atreví a conocer, no, aprovecho para escribir sobre mi vida que, aunque desdichada en una parte, fue feliz. También truco multitud de argumentos para cuentos, pero hay una línea que todos siguen, el chico que esperaba ser feliz cuando consiguiera lo que desea, pero una vez obtenido eso su estado no puede ser más desdichado.
...José me ha venido a ver, ha oído los rumores de que estoy enfermo, y quiere informarse antes de que se entere Alex. Para su alivio niego tener sida. Trato de ser amable, también de mostrarme ocupado, su visita es sumamente desagradable y sólo quiero que se vaya lo más pronto posible. Me equivoqué cuando lo consideré un tonto bueno, no, está bien pendejo y es muy malvado. No le he dicho lo que tengo y sólo he dado una respuesta muy general, un mal funcionamiento de mi organismo. Niego estar desahuciado, me asquearía ver una sonrisa en su cara al decirle la verdad, esto no es asunto suyo. Le digo que es temporal y con falsedad me desea una pronta recuperación, yo le agradezco y le deseo lo mejor, lo digo de corazón, no estoy de ánimos para soltar veneno por el mundo.
...Un martes en la mañana me sorprende ver a Alejandro en mi puerta. Por fin la noticia le ha llegado. Cuando abro la puerta veo cuán rápido sus ojos se humedecen y me abraza, sus lágrimas pronto mojan mi cuello y mi hombro. Así abrazados doy unos pasos atrás para que entre y pueda cerrar la puerta. Cuando nota que he hecho esto, me suelta, me mira fijamente con una sonrisa. Alza mis manos a su boca y las besa. Le digo que pase y hago un ademán para sentarnos en los sillones donde podremos platicar más a gusto. Antes de sentarme, le pregunto si quiere agua, él dice que no. Intercambiamos unas fórmulas de amabilidad antes de soltarle todo el rollo de mi enfermedad. Se da cuenta que por eso corté con él, cuando pregunta “¿por qué no me dijiste? Yo hubiera estado contigo”. Callo y eso lo hace continuar “yo siempre disfrute el tiempo a tu lado, tu presencia hacía que todo fuera bueno, como la vez que terminamos atrapados en un parabús bajo una lluvia torrencial, o cuando estrellaste mi auto,..” Y la vez que tu perro me mordió, o las veces que nos perdimos, o cuando rompiste el florero de mi abuela. Los recuerdos florecen y besa mis labios.

miércoles, 22 de junio de 2011

El hombre que no compró la Luna.

¿Qué ha pasado con el cuento ‘El hombre que compró la Luna’? He de confesar que hace tiempo he abandonado aquel proyecto por que no he podido formarme  una historia en la cabeza. Aunque sería más correcto decir que no he logrado fijar uno de las múltiples imaginaciones que navegan por ella.
Sí, logré imaginar algunos detalles demasiado generales. El tiempo, por ejemplo: el cuento debía tener lugar antes de la era espacial, incluso antes de considerar a ésta posible o digna de atención. También pensé que un hombre sería el protagonista, no una mujer. Él habría vivido en algún lugar de las Grandes Llanuras, bien puede ser en Kansas, en Oklahoma o en alguna de las Dakotas. Lo que buscaba con tal locación era el sentimiento de estar rodeado sólo por el horizonte, ello gracias a su nula orografía y a su baja densidad de población. Entiendo por qué el lugar se ha explotado para desarrollar historias de feroces asesinatos: la víctima desaparece no con el hecho de morir, sino con su entrada a esa inmensidad.
Mi primera pretensión fue expresar el absurdo del poseer. Por ello me serviría de algo físicamente inalcanzable, algo que no garantizase al propietario más disfrute que a cualquier otro y ello causara que el personaje se amargase. Sin embargo tal amargura sería anterior a la compra, ésta sería un simple catalizador del carácter del hombre.
Sin embargo, mis historias siempre han sido un reflejo mío, de mi pensar y de mi sentir, en breve, de mi vivir.  Pero mi vida se ha tornado más feliz[1], cada vez más. Ha entrado a ella alguien que me ha mostrado en la práctica –y no como un refuerzo de la teoría que firme mantengo- que puedo ser feliz.
Bajo la nueva luz que alumbran mis pensamientos pensé en rehacer la trama y hacer a un hombre comprar la Luna y a su estirpe soñar con ella. Narraría la historia de una familia que se alza al cielo, no sólo a la Luna, sino también a sus sueños. En tal versión la compra sería una estafa obvia[2], pero ello no impediría que cada generación contase la anécdota a sus vástagos. Los niños soñarían en como tal hecho modifica su vida y su imaginación se vería potenciada. Podrían soñar con tener una mina de queso, en subir a la montaña más alta para alcanzar la Luna o también con lazarla. Los adelantos tecnológicos del siglo XX no aplastarían sus fantasías, sólo las moverían a otra parcela en la cual crear; los globos se volverían aviones y las montañas cederían su lugar a rascacielos. Mil sueños distintos iluminarían el ansia de tocar alguna vez su superficie.
Claro, los niños, al pasar por la pubertad, se sentirían engañados al haber tenido tales fantasías, los roería la idea de ser tan tarados para caer en el mismo fraude que su ancestro. Pero ello tan sólo sería una fase. Pues al querer rehuir de sus sueños buscarían por más en el mundo; lo que les revelaría conocimientos, sentires y pensamientos nuevos, de los que se servirían una vez que madurasen y valorasen sus sueños de nuevo para cumplir estos. Algún día uno de esos niños soñadores llegaría ser un astronauta que pondría sus pies en suelo selenita y que lloraría al recordar la historia del lejano abuelo que compró la Luna. Se podría terminar en él, pero no lo haría yo. Pues el cumplir un sueño no cancela la capacidad de soñar, sólo la estimula. Tal vez el hijo o nieto de ese astronauta, qué he de saber yo, se volverá un escritor cuyo primer texto fue motivado por la historia de aquel familiar que compró la Luna. Con ella se le había tratado de hacer dormir, pero una vez solo, se sentaría en el vano de su ventana a ver la Luna y, con ella a su vista, a escribir lo que su corazón le dictase.
Tal historia sería bastante larga y yo aún carezco de la madurez para llevar a cabo un proyecto semejante. Mis cuentos apenas son ensayos de lo que espero sea la grandeza de mi alma puesta en palabras.

[1] No se ha tornado, la he tornado. La suerte puede sonreírnos, no la felicidad, que es nuestro sonreír. Uno puede encontrarse ante las condiciones más favorables del mundo y no obstante ser un pobre desdichado. No me puse como sujeto del cambio que tuvo mi vida sólo para recalcar el cambio mismo.
[2] Tuve la tentación, entre mis primeras ideas, que la compra fuese válida. Imaginé escenarios, pero pronto me di cuenta que para los propósitos de mi historia la legitimidad de la transacción valía madres.

lunes, 20 de junio de 2011

Muerte en ciernes.

¿Debo acaso justificar el pretender dejar testimonio de lo ocurrido? ¿Tiene algún sentido su justificación cuando no creo que nadie alguna vez dé con él? Si no soy el último hombre sobre la Tierra, es factible que sea uno de los últimos. Ahora en que me tomo un momento para ver al Sol aparecer sobre las estructuras abandonadas de la ciudad sé que poco significa nuestra desaparición. Aún continúan los astros con sus danzas a través de la pista celeste y nada importa si el universo carece de espectadores que sigan sus pasos. Cómo hemos sido arrancados del tiempo ha de ser claro para quien encuentre esto, pues si mis palabras llegasen a sus ojos, con seguridad habrá oído antes miles de gritos de otros que atestiguaron el fin de su mundo.
Supongo que empezó como un rumor o algo menos. Tal vez en la página 9 de algún diario local del que nunca escuché debió publicarse la primera noticia sobre lo que después se llamó la Locura. Mas no creo que hayan sido muchos los días que tardó en llegar a las titulares de los importantes medios internacionales. Para cuando la luz del interés público se centró en tan extraño suceso, éste se extendía por parte de Asia, de Europa y de África. Por ello mismo no se sabe a ciencia cierta dónde empezó todo, pero parece haber surgido en algún lugar entre el Cuerno de África y las estepas de Asia Central.
Las primeras noticias que nos llegaron o que llegaron a esta parte del planeta sobre la Locura fueron poco claras. Unas hablaban de histeria, otras de revolución, aquellas de yihad, todas de caos y destrucción. Los reportes que obteníamos resultaron ser poco informativos, sólo afirmaban que algunas personas atacaban a otras y lo demás era sujeto de especulación. Tantas eran las opiniones que veló la verdad.
Pronto se expuso que los afectados por la Locura estaban bajo alguna especie de trance que los haría actuar sin propia voluntad. Se les apodó los ‘andantes’. Aunque no se sabría de dónde tal mote surgió, o por qué se les aplicó, creo poder ya hacerme una idea de qué lo originó. Cuando se hizo hincapié en que la Locura se extendía similarmente a como lo haría una epidemia, se supuso que sería una enfermedad del sistema nervioso que afectase el comportamiento del que la padeciese. Esta hipótesis tuvo resistencia de quienes la veían extraída de las más recientes películas de zombis, sin embargo fue la que ganó más adeptos y con el tiempo se impuso.
Una vez considerada la Locura como una enfermedad, hubo medidas que aplicar. Se cortaron lazos con los países afectados y, en no pocos casos, se dio un aislamiento total. Los gobiernos del continente americano consideraron a todo el viejo mundo como zona de cuarentena. Los aeropuertos se cerraron y los únicos aviones en el aire eran aquellos de carácter militar. Supongo que se habrán instalado laboratorios en zonas aquejadas por la Locura con la esperanza de encontrar pronto el patógeno que se debía combatir. Qué habrá sido de aquellas instalaciones lo desconozco, pero no pudieron haber tenido éxito. Pues inclusive si averiguaron la verdad no la hubiesen creído, yo mismo no la creí cuando tropecé con ella y sólo ahora que el mundo se ha trocado en su totalidad la acepto.
Dado la extensión que había alcanzado la Locura antes de que alguien le prestara siquiera algo de atención, hizo que, una vez reconocido su peligro, éste fuese exagerado y provocara un gran desequilibrio social, cuyo daño no creo que fuese menor a la indiferencia antes prestada. El caos estalló en todo el mundo, en esta ciudad se dio un época de desabasto de víveres y aislamiento masivo, nadie quería tener contacto con otro ser humano, por temor a una infección cuyo caso más cercano se encontraría al otro lado del Atlántico. Movimientos tan comunes como un estornudo bastaban para que los gritos se soltasen.
Los noticieros repetían una y otra vez los mismos llamados gubernamentales a estar siempre atentos y cuando alguna nueva información, que por lo general luego se demostraba haber sido un rumor, se difundía por las pantallas, aumentaba el temor y se repetían las compras de pánico. No me es fácil olvidar ese período, en que las olas de la histeria un día arrojaban a la gente a las tiendas a hacerse víveres y luego los jalaba al interior de sus hogares que habían vuelto fortalezas, para después arrojarlos otra vez a las tiendas por bienes. Los que un día huían al campo al día siguiente regresaban a la ciudad.
El mundo pareció transitar lento y a la espera, mientras un país se colapsaba tras otro. Esos tiempos fueron terribles, pues nadie encontraba bien a bien qué hacer. No dudo que varios sintieran alivio cuando se dieron los primeros brotes a lo largo de en nuestro continente. Y cuando se confirmó la noticia de los primeros andantes en México sucedió de inmediato lo obvio: cayó la policía, el ejército y todo el gobierno al unísono. Los medios duraron un día más.
Recuerdo que me refugié con un grupo de amigos, en la enorme casa de uno de ellos. También que algunos de ellos optaron a última hora salir de la ciudad, con la esperanza de aguantar más. Después de su partida vivimos acuartelados, por lo que desconozco cuando habrá llegado la Locura a la ciudad. Los sonidos venidos de fuera no podían proporcionarnos pista alguna, pues desde que se supo de la Locura, siempre el ambiente fue una sucesión de disparos, gritos y silencios.
La comida que guardamos fue mucha, por lo que pudimos mantener nuestro encierro por varias semanas, y sólo cuando escaseó nos animamos echar un vistazo fuera para saber qué había sido del mundo. La calle en que la casa se encontraba callaba tétricamente y la soledad parecía haber sido siempre su cara. No teníamos modo de saber si la Locura había ya pasado o todavía no llegaba.
Decidimos que había que realizar una intentona en busca de víveres, las tiendas estarían vacías y pensamos en buscar en almacenes o lugares por el estilo. Gastamos viejos directorios telefónicos para localizar nuestros objetivos. No tomamos el carro, temimos que su motor rugiera por toda la ciudad indicando nuestra ubicación. Además teníamos que ahorrar la gasolina para después, ya que primero haríamos recorridos de reconocimiento en bicicleta. Éramos 4 en total y tomamos 3 bicicletas que había en la casa y otra que buscamos y encontramos en una vecina.
Recuerdo que salimos muy sigilosamente al principio, y pronto nuestra confianza se enalteció con el majestuoso vacío de las calles. Nos dividimos en dos grupos y fui con quien era el novio de mi amigo. Rara vez llegamos a ver un andante, que en cuanto nos veía, iniciaba su persecución, pero nos parecía risible debido a su lentitud. Todo esto fue una falsa percepción. Poco a poco, según nuestro avance, se sumaron más y más andantes a los que nos seguían. Lo que nos parecía algo deleznable, al incorporarse con las horas varias decenas de perseguidores se mostró como una amenaza real.
Alcanzamos a llegar a bodegas de empresas alimentarias, pero nada obtuvimos de ellas. Nuestra cosecha consistió en un arma de fuego que hallamos tirada en el suelo. Los andantes nos impidieron volver a casa y tuvimos que ingresar al primer edificio que pareció que serviría de resguardo. Entramos y tapamos el pequeño portón con muebles y demás cosas que encontramos, a penas con tiempo de evitar la entrada de los andantes. Fustigamos todo el edificio por si no hubiera alguien más en él, fuese un andante, fuese un normal. No encontramos a nadie, pero por suerte encontramos algo de comer, varias máquinas tragamonedas fueron un temporal oasis.
Durante aquella primera noche de vagabundeo me di cuenta -o tal vez fue mi compañero- del error que cometimos al quedarnos en la ciudad: los pocos víveres en ella se agotaron en los primeros días, posiblemente antes de la llegada de la locura; los únicos disponibles habrían de ser aquellos en los que nadie pensó, como máquinas de golosinas perdidas por aquí por allá, cuyo descubrimiento sería más obra de la casualidad que de nuestra acción.
En los días que anduvimos por la ciudad en busca de comida y nuevos refugios nuestro número creció y disminuyó varias veces, nos volvimos 5 y luego 3,  7 y después 4, 7 y 5, 6 y 2, 5 y 3, 9 y 2, números cuyo fluctuar ignoro si represente alguna ley de la matemática. Con tales cambios numéricos, nuestro actuar se volvió vacilante, que salir de la ciudad, que permanecer en ella, que salir otra vez, que otra vez permanecer. Así fue hasta que quedamos uno solo: yo, que decidí permanecer por temor a una campiña arrasada.
Debiera mencionar que entre las primeras pérdidas estuvo el último de mis amigos, pero en ese momento poco me importó, había llegado el tiempo en el que lo único que me hacía sentido era mi propia sobrevivencia. Por lo que me uní a aquellos que, según mi percepción, por su fuerza, por su raciocinio, por su afán de lucha o por su caridad, aumentarían mis posibilidades de continuar con vida.
En una ocasión, mientras nos refugiábamos en una biblioteca, nos topamos con la sorpresa terrible que, a pesar de la situación apocalíptica, las causas ordinarias de muerte continuasen vigentes. Eso sucedió cuando un chico, atractivo por cierto, quizás quien mejor había sobrellevado la situación, sufrió un coma diabético, murió y a casi una hora de suponerlo muerto su cuerpo se levantó. Había sido afectado por la Locura. Muchos murieron, a algunos de ellos vimos volverse andantes en todo lo que siguió a aquél momento. Yo mismo pude ser uno de los que murieran y que después de la muerte se levantaron en un afán de exterminar lo que una vez fuimos. Así descubrí la verdad, que no acepté hasta que los días de huir y pasar hambre quedaron atrás y mis necesidades ya no se antepusieron a su horror.
Hace tiempo que no he visto algún andante y hace más que ello de la última vez que tuve trato con otro ser humano. Por ello creo ser de los últimos humanos. Si he dejado de ver andantes, es por que éstos han caído, si han caído es por que ha pasado su tiempo, si no se han levantado más de la muerte es por no queda nadie para morir, salvo yo. Pasé muchos días escondido en una bodega comiendo alimento para gato y, aunque todavía de ahí suelo obtener mi comida, desde que parece haberse desvanecido el peligro merodeo todo el día en estas ruinas sin tener un propósito claro, puede ser el morir. Echo de menos la presencia de otros e incluso la de los andantes.
A algunos les parecerá una paradoja que un oportunista como yo lo he sido sea quien sobreviva al holocausto, a mi me parece lo más natural. Quién creyó que tras el fin del mundo quedarían los fuertes, los sabios, los buenos de corazón, no un parásito que se aprovecho de las cualidades de otros. Quien crea eso no recuerda el mundo anterior al cataclismo. Mi sobrevivencia ha mostrado que yo era el más apto para superar a un apocalipsis así y perpetuarme. Pero no creo que alguien envidie el tipo de sobrevivencia que ésta resultó ser. Una que te hace desear haber muerto antes que esto asomara por el horizonte. Los muertos se han llevado la mejor parte.
Así que aquí dejo mi testimonio, el del último hombre del planeta. El silencio me mata. Ojalá fuese literal.

miércoles, 1 de junio de 2011

Y. [i griega]

Quiero contarte algo que se me ha ocurrido. Lo narraré conforme a la marcha, y por ello te pediré que no me interrumpas, por favor, para no perder el hilo que siga en el momento.
En alguna ocasión, cuando tenía 10 años, desperté muy temprano, tanto que todavía no clareaba el día. Ello no es importante, sino otra circunstancia. Lo último de lo que me acordaba no era haberme ido a la cama, mejor dicho sí lo era, sin embargo mis recuerdos no eran los de un niño que va a dormir, eran otros. Me veía de 30 años en una pequeña recámara, acostado desnudo en una cama, tapado sólo con una sábana. Mi cuerpo era similar al que ahora tengo, el de un hombre de poco vello corporal, aunque no careciera de él en pubis y axilas. En la cama no estaba solo, había alguien, seguro te reirás, un  hombre igualmente desnudo.
Pero esa imagen de ser ya un hombre acostado junto a otro no era la única que había aparecido ante el chico de 10 años, pues tenía el recuerdo de haber vivido efectivamente esos 30 años. Su vivacidad era tal que me hacía imposible descartarlo como alguna creación onírica. Distaba de sentirse como un sueño. Era parecido a un viaje en el tiempo, y es ésta la hipótesis con la que juego, bueno, no era propiamente uno, sino una transferencia temporal de los contenidos de mi conciencia solamente. Por lo cual, el niño que fui entró en posesión de pensamientos, emociones, recuerdos, conocimientos y demás, por los que de otro modo tendría que luchar 20 años en obtener.
Ah, sí, olvidé mencionarlo. Sonará raro, e incluso esperanzador, pero ese hombre a mi lado eras tú. Creo que he de seguir y no detenerme ahora que el argumento ha quedado establecido.
Yo era feliz en la vida que llevaba contigo antes de despertar, quería volver de algún modo, o en su defecto llegar pronto a aquél futuro que recordaba. ¿Sin embargo qué podía hacer? Porque aunque te buscase, no eras en ese momento el hombre del que me había enamorado. Debías madurar aún y recorrer infinidad de vivencias, en fin, experimentar.
Además, ¿qué momento sería el adecuado para aparecer en tu vida? No sabía. Y aunque planease repetir lo que habíamos vivido juntos, no podía repetir de nuevo todo. Ahora conocía los errores que había cometido, y cómo hacer cosas que en su momento no había podido, ya sabía quién era yo. No parecía importar que cambiase el curso de mis acciones, siempre podría manipularlo para lanzarlo contra el tuyo y provocar nuestro encuentro; pero ¿hasta qué punto mis nuevas acciones y omisiones llegarían a afectar la cadena causal que te llevó a mí? Pequeños cambios en mi mundo podían, con el andar de los tiempos, resultar en un destino para ti funesto.
Sin embargo, no pasó mucho antes de que advirtiera otro inconveniente: incluso si tuviese como objetivo reunir aquello que había sido mi vida, pasarían varios años para lograrlo y, ante tu lejanía, mi corazón probablemente mudaría. El curso del mundo pronto mostró cuánta verdad había en mis sospechas. Tuve nuevos amores; fue increíble besar de nuevo, sentir la caricia de otro sobre mi piel y también, por qué no decirlo, disfrutar del sexo. No viví de nuevo, vivió alguien nuevo. Me guarde de viejos errores y cometí otros, creé así al hombre que ahora soy.
No negaré que mantuve durante largo tiempo la idea de buscarte. Pero dudaba sobre a partir de cuándo debería hacerlo. Sabía que no me sería difícil. Podría provocar un encuentro casual al aparecerme en tu vida o al dirigir los reflectores de cierto mundo sobre mi persona. Sólo había de esperar a que algo me indicase que el momento de hacerme presente había llegado. Aun así, en cierta forma, la vida me hizo casi olvidarte. Si bien recordaba lo maravillosa que había sido a tu lado, ésta había continuado y se mantenía fantástica con las cosas que ahora experimentaba.
Después de los años apareciste. Un día, en el metro, yo leía y de repente te tuve frente a mí, habías abordado en…; quedé boquiabierto nomás de verte y me costó trabajo atreverme a hablar. Luego, mientras conversábamos, me dijiste que tenías novio; entonces caí en la cuenta que eras otro.  Eras igual de agradable y parecías tener las mismas cualidades que te conocí, pero tu historia era otra. Me alegré por ti e incluso entendí, cuando me contaste la historia del chico con el que salías, que nuestro amorío estaba enterrado por los límites ontológicos de otra dimensión. No intercambiamos forma de contacto alguno.
Después de unas semanas volvimos a encontrarnos, sentí mucho gozo de ello y me animé a hacerte entrar en mi vida otra vez. Anduve primero inseguro y a tientas, pues no obstante sabía que tu amistad sería agradable, temía dejarme llevar por la historia que habíamos tenido. Su historia es otra –me repetía-, él es otro.
Pero poco a poco volví a desentrañarte. Reparé en las coincidencias y las diferencias con el hombre que había conocido y del cual me había enamorado.  Te descubrí de nuevo y de nuevo me enamoraste. Ahora que me dices ‘te amo’, sé que yo también a ti. Esta relación es distinta, distintos somos, yo he vivido más, tú has crecido de manera diferente; pero estos hombres que somos, distintos a aquellos que se quisieron, hoy se quieren también.

jueves, 14 de abril de 2011

Luna.

Cada vez que subía a mi cuarto me encontraba con el cielo de frente. Ello se debía a que la escalera era exterior. Por lo que todos los días, en mi andar arriba y abajo, disfrutaba de los aspectos de la bóveda celeste que la ciudad, con su iluminación y sus emisiones no habían censurado, aunque un par de ocasiones éstas fueron ingredientes en la decorado del cielo.
En el descanso me volví atrás y miré hacia el oeste, sabría que ahí encontraría la Luna, dado el movimiento que había registrado en los anteriores días. Y sí, ahí estaba la Luna, cuyo brillo era tan intenso que lograba resaltar el contorno de la cara que no era bañada por los rayos del sol. A tal efecto se agregaba el fondo violáceo del cielo, por lo que la esfericidad del astro era patente, como rara vez suelo serlo. También el ángulo en que se encontraba con respecto al horizonte era favorable, pues no sólo su disco se veía grande, sino que parecía crecer. Era una roca que flotaba en el cielo. Y no pude evitar sentirla a tan poca distancia del suelo que imaginé que los aviones esta noche cesarían sus vuelos para evitarla. Bien conocía la relación de los tamaños de la Tierra y la Luna con la distancia entre ellas, sin embargo ello no empaña lo que dije, pues un pensamiento no puede contradecir un sentir.
Como decía, esta noche la Luna estaba muy hermosa y no podía dejar de verla. Mis pensamientos no pudieron evitar transitar de su belleza a las personas que estarían disfrutando de ella. Yo no era sino otro más de sus admiradores. Mi mente regresó a ella. La miré fijamente, acaso en un intento de que me revelase sus secretos. Gracias a su brillantez pude constatar que las condiciones meteorológicas no eran las idóneas para los astrónomos, pues la Luna parecía como vista a través de un vidrio que desdoblaba su imagen, pero que al intentar rehacerla no lograba que el encaje fuera perfecto.
A pesar de mi ensimismamiento recordé que había dejado la computadora encendida, pues mi objetivo en mi cuarto eran mis lentes, y había dejado a la mitad mi conversación contigo. Pensé en volver para avisarte que vieses por tu ventana y disfrutases del espectáculo sideral. Mas esa breve desviación en mi pensamiento me hizo notar que la Luna o, mejor dicho su imagen, se había vuelto mayor. Por no haberme percatado desde un inicio no podría decir cuantas veces había aumentado su diámetro en el momento en que advertí esto.
Entonces menos que nunca pude dejar de verla. Estaba embobado con la imagen que ofrecía, aunque no tanto, pues tuve cabeza suficiente para subir rápidamente hasta la azotea, la de mero arriba, no en la que está asentado mi cuarto, sino la que está sobre éste. Y me paré junto al tinaco a continuar con la admiración del hecho. Si alguien piensa que veía trastornado el increíble acontecimiento del crecimiento del disco lunar, se equivoca. No hice otra cosa que contemplar. Y contemplé, los detalles de su superficie que se hacían ahora más nítidos, el conejo de la Luna que se desvanecía y los cráteres que se multiplicaban sobre su superficie.
Contento estaba ante aquella imagen que no sentí el primer temblor, incluso me hice sordo a los gritos de la gente y al aullar de los animales. Los colores eran maravillosos y, conforme el disco lunar crecía, variaban en una extraña gama dando luz a nuevas figuras a ritmo constante. Al poco estuvo tan cerca que pude notar lo oscuro de su superficie. Aquel brillo blanquecino que había iluminado nuestras noches era el descomunal fulgor del Sol sobre una casi negra superficie. Me maravillé que algo tan oscuro pudiese ser tan brillante.
Nuevas figuras se sucedieron, figuras que no surgían ya de aquella nueva perspectiva, sino de la fractura de la superficie selenita. Grietas que debían ser kilométricas aparecían como leves rasguños en ella y de no estar yo tan absorto con aquella visión habría supuesto que lo mismo estaba sucediendo en la Tierra.
¿Ahora qué he de poder decir de los objetos despedidos en todas direcciones?, las descripciones que pudiera dar de las luces que corrían a través de todo el cielo serían insignificantes comparadas con las impresiones que dejaron en mis ojos. Lo mismo va para cuando la ciudad a mi alrededor empezó a ser arrancada del suelo. Pedazos de cotidianidad eran lanzados a lo lejos, al espacio, donde se estrellarían con la Luna si no se desintegraban antes en todo ese caos. Y sí, era un caos, pero ¡qué bello caos!
Cuando la mitad de un edificio chocó con un pequeño objeto que no logré identificar, le siguió una explosión cuya una onda expansiva llegó hasta donde me encontraba, empujándome ligeramente, lo que hizo percatarme que ya flotaba. Habíame despegado del suelo hacía rato, éste se encontraba, o bien no, metros abajo. Yo había creído estar aún de pié, pues mantenía el cuerpo recto, alzando la cabeza contra una base que no se encontraba más ahí. Y de mi casa el tinaco fue el único que me acompañó en aquel vuelo.
Volví la mirada a la Luna, ésta se había acercado tanto que ahora se eclipsaba, pues había alcanzado el cono de sombra que la Tierra proyectaba. El espacio en que me encontraba habría caído en tinieblas si no fuese por que pequeños residuos de ambos astros hacían fricción en los restos de la atmósfera. Un resplandor rojizo proveniente de abajo llamó mi atención y le eché una última mirada a nuestro planeta: cuarteaduras en la tierra exhibían el magma que siempre yació a nuestros pies.  Alcé la vista, y aquí me gustaría decir que escuché un crujido, mas no fue  así, mi mente debió componerlo, a partir de los sonidos de los choques que se seguían sucediendo entre los despojos, para no dejar mudo el momento en que la Luna se quebró. El tinaco que me había acompañado se alejó hacia lo que quedaba de ella. Cuando se perdió entre la oscuridad cerré los ojos. Pensé en los libros que leí sobre una humanidad ahora pasada, pensé en los hombres y mujeres que la fortuna había unido permitiéndome estar ahí, y pensé en ti, al que ya no puede decirle que mirase la Luna por la ventana. Extendí los brazos y mi pose fue aquella que tomo al entrar en algún museo para respirar su hálito. Los mundos se abrazaron, conmigo entre ellos.

lunes, 21 de marzo de 2011

'El hombre que compró la luna.'

‘El hombre que compró la Luna’
Aún no se me ocurre alguna historia interesante que vaya con este título. Y no porque no las haya en el infinito mundo de las ideas; las debe haber, incluso a montones. Sólo que no logro fijar mi pensamiento en una.
El título se me acaba de ocurrir[1]. Fueron algunos recuerdos, y pensamientos sobre éstos, los que lo concibieron.
Hace unas horas, antes de dormir, aunque no las suficientes para contarlo como un día, escribí un tweet sobre la luna en que aludía a Matzin y cómo había de disfrutarla en aquel momento, pero lo borré. No recuerdo las razones de ello, pudo ser que el tweet me pareciese seco, que tuviese envidia de la contemplación que Matzin daba a la luna, o qué sé yo. Poco después, Matzin, según la cronología marcada, escribió su propio tweet sobre la luna, similar en algunos aspectos al que callé.
Lo que me atrae de esto no es que algo extraordinario esté escondido, pues no lo está, sino la sensación de cómo nos hemos compenetrado. Ahora sé que la luna le encanta, pues lo expresaba siempre que la ve alzarse bellamente y más si está enmarcada por alguna construcción. Porque lo quiero me alegra saber que nuestras vidas se han entrelazado, aunque es la liga lo que ha producido el querer.
Por lo anterior me digo ¿por qué no hacer una historia sobre un hombre y la luna? El hombre no tiene que ser Matzin, ni llamarse así o tener sus cualidades y defectos; es más, tampoco es necesario que el protagonista sea un hombre, o que mantenga una relación de compra con aquel cuerpo celeste en particular. Nada me costaría escribir sobre ‘el gato que especuló financieramente con Marte’. Me basta con que Matzin sea la inspiración para crear una historia.
Pero ahora que tengo un título que ejerce una ligera coacción sobre la trama, he de pensar en ésta. ¿Por qué alguien quería comprar la luna? ¿Cómo lo haría?, y esta última pregunta es primordial, pues no deseo que mi cuento pertenezca al género de la ciencia ficción, aunque no me importaría que lo hiciera del fantástico.

[1] En realidad ahora que lo transcribo no, ni mucho menos cuando lo publique en el blog. Aunque sí se me ocurrió pocos instantes antes que escribiera esas palabras a pluma y en papel.
Creo que está de más agregar que toda la entrada es una versión corregida de un texto en mi cuaderno.

domingo, 13 de marzo de 2011

El árbol.

Fue un jueves aquel día, tenía clases en la tarde, pero preferí verme contigo. Estábamos en la Magdalena, pues el lugar te encantaba, sé que teníamos de él gratos recuerdos y, aunque me sentía algo fatigado, no puse objeción alguna, pues quería estar contigo y no negarte nada. Mientras descansábamos a la sombra llamaste mi atención hacia la vegetación que nos rodeaba y  cada vez que describías las características de las distintas plantas yo sólo asentía con la mirada. Me preguntaste por lo que se sentiría ser un árbol y secamente te contesté que nada, que un árbol no tiene sistema nervioso y que tu pregunta era un sinsentido. Actuaste como si no hubiese dicho nada -sé que lo oíste-, ya que no permitías que mi pesadez estropeara las imágenes que hacían presión en tu cabeza. Empezaste a departir sobre las ramas mecidas por el viento, el sol alimentándote todo el día y todas aquellas cosas que, entonces pensaba, eran percepciones humanas y no arboleas.
Y fue en aquel instante en que todo empezó; habías alzado los brazos para mostrarme cómo se sentiría ser un árbol, pero una vez que callaste no los bajaste de vuelta y permaneciste en aquella pose. Me acerqué a ti a averiguar que pasaba; suponía que bromeabas y estaba dispuesto a abrazarte como parte del chiste y, quizás, te habría preguntado si como árbol sientes mi abrazo. Tu sonrisa y tu mirada se mantenían juguetonas. Al acercarme y rodear tu cuerpo con mis brazos noté que éste estaba rígido, por lo que te pedí que te movieses, más no contestaste. Con la idea de que continuabas bromeando te empujé levemente, pero luego debí aplicar mayor fuerza pues tu cuerpo ofrecía gran resistencia. No pude moverte. Bajé la mirada y vi que tus piernas se hundían no sé cuánto en el suelo, mientras tus brazos empezaban a extenderse y multiplicarse. Estaba ya asustado, ignoraba lo que pasaba, por lo que con mi mano toqué tu rostro que conservaba su expresión habitual; su textura había cambiado y, al principio, retiré la mano, mas pronto caí en cuenta de lo que sucedía, y volví a posarla en tu rostro. Mis ojos se habían humedecido, y cuando tus rasgos, que se difuminaban, terminaron por desaparecer, no pude contenerme y sollocé profusamente.
Los días siguientes a aquél supieron extraños, cómo te has de imaginar, aunque ahora en retrospectiva me parezca que hice demasiado alboroto por nada. Por ejemplo, no sé durante cuánto tiempo te visité diariamente, en realidad no diariamente, pues a veces solía haber aquí uno que otro espectáculo y se cerraba el paso a algunas zonas, entre ellas en donde tú te encontrabas. Pero sí, al principio te visité cada día que podía con la esperanza de que recuperases en algún momento tu forma humana, después para asegurarme de tu bienestar; cuando llegué a esta etapa, mis visitas se hicieron menos frecuentes. ¿Qué podía hacer yo por un árbol?
Claro, he omitido la investigación que hubo por tu desaparición. Fui de aquellos que tuvieron que rendir una declaración, mas también el único que tuvo que repetirla varias veces. Dije que estábamos en la Magdalena y, en un momento que fui a orinar, al regresar ya no te encontré. ‘No, no peleamos’, tuve siempre que aclarar. Se humedecían siempre mis ojos y tal vez ello convenció a los agentes que me interrogaron de mi sinceridad.
Había dicho que mis visitas se hicieron menos frecuentes, te visitaba quizá cada mes, no estoy seguro ahora. Ello cambio cuando decidí mudarme a vivir solo, en realidad no tanto, con Ángel, mi amigo de entonces; él nunca entendió por que insistía tanto en que rentáramos por la Jardín Balbuena, por la Ignacio Zaragoza o por Granjas México. Entonces trabajaba yo por las tardes en una oficina sin importancia dentro del gobierno, y ello me permitía hacer ejercicio en las mañanas. Aquí, a pocos metros, había un complejo de barras, no tan sencillo como el que lo ha sustituido, y aunque solía ir a un gimnasio, lo dejé por las barras para disfrutar del aire libre. Recuerdo que imaginé tu expresión humana anterior felicitándome por algo que sería bueno a mi espíritu, como solías decir. Cuando volví al ejercicio al aire libre ya tenía 29 años y me sentí raro al quitarme la playera para hacer barra, pues recordé la última vez que había hecho eso contigo.
Me acostumbré a colgar mi morral de una de tus ramas, de cierto modo te sentía como mío. Con el tiempo hice un par de amistades ahí, y una me pregunto por ti, el árbol; me dijo que te miraba demasiado y en ocasiones parecía que te hablaba. Fue la primera vez que dije la mentira que repetiría cada vez que se me preguntara por el árbol, por ti, dije que me sentía ligado al árbol pues lo había plantado cuando era niño. El chico que me preguntó fue Adrián, recuerdas, entonces tenía 20 años y era muy atractivo, su sonrisa era más que encantadora y era imposible que no me gustase, por lo que a partir de ello me animé a conversar más con él. Pronto empezamos a salir. No había salido con nadie desde que lo hice contigo; si bien tenía amigos con los que departía o nuevos ligues con los que cogía, después de ti, él fue el primero con el cual se podía decir que andaba.
Lo mío con Adrián no duró, las razones poco importan pues fue un tiempo que ambos disfrutamos. Recuerdo una vez que, después de andar en bicicleta, regresamos a mi apartamento a bañarnos y mientras nos secábamos mencionó que le gustaría andar en patines, yo reí bastante -pues me acordé de ti-, tal vez demasiado por la expresión que Adrián tomó. De todos modos le pedí que me acompañase al día siguiente y compré dos pares de patines, uno para mí, el otro para él. Parecerá que en algunos aspectos mi vida se asemejaba a la tuya, pero no, mi vida se aburguesaba a mediada que envejecía. Por ejemplo, si bien la primera vez que pinte mis canas vine a verte, pues sabría que a tu versión humana le habría divertido, también lo hice cuando me autorizaron un crédito de vivienda y la vez que me entregaron las llaves de mi apartamento en la Romero Rubio.
Fue a los 34 años que me enamoré de nuevo, esta vez de una mujer. Fuiste con quien primero lo compartí, y  no sé si fue la seguridad que había adquirido, pero tuve la sensación de que me entendías, te reías y me dabas tu apoyo. Muchos me tacharon de hipócrita, de falso, de mentiroso y demás adjetivos; pero tú sabes que no lo fui. Le conté a Marisol sobre mí y mis relaciones pasadas y creí hacerle entender que ella me gustaba, que ella era mi momento. En cambio mi amistad con Ángel se tensó, pues aunque no lo dijera, yo sabía lo que él pensaba y fue entonces que dejamos de vivir juntos; pero no importó por que empecé mi vida con Marisol y, en su momento, fue maravillosa. Con ella tuve dos hijos, Catalina y Francisco, y a ambos siempre los llevé a la Magdalena, para presentarlos entre ustedes, por un lado mis vástagos, por otro, el árbol que tanto quería. Deseaba transmitirles a ellos el mismo cariño que yo por ti sentía; siempre me sentaba con la espalda recargada en tu tronco y relataba una historia, no sólo para ellos, también para ti que las disfrutaste mientras tuviste oídos.
Seguí envejeciendo e incluso abandoné las barras por un gimnasio techado, mas no por ello dejé de visitarte. Y debiste sentir mi desánimo cuando unos años después la inseguridad de mi esposa afloró; yo la seguía queriendo y nunca la había engañado, pero me percaté de que esculcaba entre mis cosas y mi computadora, detestaba mis escritos -al principio sólo aquellos con hombres que amaban otros a otros, luego todos-, y veía con recelo a mis amigos. Varias veces le repetí lo que por ella sentía, pero fue bajo tu sombra, mientras descansaba de pedalear -¿cuántos habrán sido aquella vez, 20 kilómetros?- que recibí una llamada suya y me di cuenta que no cambiaría. Recordé tu manera certera de juzgar las cosas, si eran buenas o malas para el espíritu, y que me advertía de lo que mi matrimonio en ese estado le haría a mi persona. Quizás tu manera de expresarte nunca me pareció la más afortunada, pues no he dejado de ser un soberbio en el uso del lenguaje, pero esto nunca te restó méritos al momento de juzgar a la gente. Antes de colgar con Marisol le pedí el divorcio.
El divorcio hubiera sido tortuoso, Marisol estaba dispuesta a hacer todo y pedir imposibles en el juicio, pero sólo me cruce de brazos para mostrar que no me importaba y dejó de lado sus peticiones absurdas. Me quedé con mi departamento, bastante privado en muebles, pero ello era lo mejor para mí. Seguí viendo a mis hijos, éstos crecieron y en una ocasión me pidieron que no viniésemos más aquí, no es que no les gustase el lugar, sólo querían algo de variedad. Yo me reí, tú lo habrías hecho. Mientras, yo, seguí envejeciendo, no salí ya con nadie en plan romántico, y no es que estuviese deprimido, sólo no me interesaba; me bastaba con la vida que llevaba, salía con amigos a dar la vuelta, remodelábamos –o estropeábamos- el baño de alguno o platicábamos en veladas. Era todo lo que necesitaba. Adrián vino a vivir conmigo, él tenía a sus parejas, pero no quería dejarme sólo, decía que eran otros a quienes amaba, pero yo era su amigo del cual esperaba no separarse nunca. Ello fue así, hasta que murió en un accidente -apenas contaba con 57 años. Era a él a quien solía leer las historias que aún se me ocurrían y al poco tiempo me empezó a exhortar en que buscase un editor para publicarlas. Un día, me harté de su insistencia, tomé a Adrián conmigo y vinimos a sentarnos bajo tu sombra para contarle la razón de mi negativa, ello por que pensé que te preguntarías lo mismo.
Los años continuaron su paso y a los 62 años me volví abuelo, por lo que de nuevo tuve un público infantil deseoso de oír historias, aunque, al igual que mis hijos, mis nieto tuvieron la sensación de verte demasiado. Sin embargo mi descendencia reconocía lo agradable del lugar y no fueron pocas, aunque tampoco frecuentes, las veces en que hicimos barbacoa y comimos bajo una de las palapas de los alrededores. Han tomado varias fotos tuyas, aunque yo no las conserve, bien sabes que siempre he sido reacio a ese tipo de recuerdos.
Los años no dejan de pasar. Te conté del horror de que por marido encontró Catalina, cuya sonrisa menguó con el matrimonio; un burgués de aquellos sobre los que bromeábamos. No es sorpresa que tuvieran problemas con su segundo hijo, Mateo, quien siempre mostró un carácter distinto al de ellos -un poco rebelde quizás- que a ti te habría encantado. Recordarás cuando a los 15 años se declaró homosexual y escapó de casa más que ser corrido de ella. Al parecer dejó a mi yerno con la palabra en la boca -Dios sabe como me habría gustado ver ello. Todo lo supe de inmediato, pues ese mismo día mi hija, bajo la influencia de su marido, llamó a reclamarme por lo perversa de mi sangre. Enterado así de lo ocurrido, llamé al teléfono de mi nieto, para saber dónde estaba o qué pensaba hacer. Me dijo que estaba en la central de autobuses, se iba a Mazatlán y, ante mi pregunta de para qué, sólo contestó que allá vería, pero que con su familia no volvía. Le ofrecí mi casa a Mateo y le aseguré que de ningún modo buscaba un enfermero para mi senectud, sólo un compañero de piso. Pensaba que, aunque Mateo eligiese irse en lugar de vivir conmigo, sabría que en mi casa siempre podría descansar si necesitara un respiro. Se prolongó un silencio mientras decidía, le prometí contarle una historia y aceptó. Ese día llego a mi casa, sugerí que había que comprar varias cosas para que estuviese mejor instalado, pero él exigió oír el relato primero. Ante su insistencia estuve de acuerdo, pero le dije que tendría que ser bajo el árbol de siempre. Convino con mis términos y esa tarde antes de caer la noche vinimos contigo. Le dije que contaría de una vez que me enamoré de un hombre; sin embargo rompí sus expectativas al confesarle que Adrián y yo, salvo un par de meses, sólo fuimos amigos; él creía que era mi ‘compañero de vida’, reí por que no imagine palabras tan conservadoras en su boca. Entonces empecé a hablar de ti, aunque omití tu transformación, sólo dije que desapareciste un día y nunca supe más. Mi nieto lloró, recuerdas, me abrazó y me dijo que jamás había imaginado que hubiera albergado tales sentimientos por alguien, ‘siempre eres tan frío’ fueron sus palabras, yo reí. Tú lo hubiese hecho.
Con mi nieto desarrollé una profunda amistad, me presentaba a sus amigos y a sus novios. A veces me preguntó si no habrá querido emularme en parte, pues a partir de cierta ocasión en que me acompañó a verte y, sobre un nuevo equipo de barras que habían colocado, mencioné nostálgico cuando practicaba barra libre descamisado. Entonces empezó a hacer lo mismo y, al igual que yo -al final de mis veinte y principios de mis treinta-, acostumbró de colgar su morral de alguna de tus ramas; te habrá tomado algo de cariño, al menos eso supongo. Te gustaría su cuerpo, no es tan delgado como los que teníamos, pero por lo mismo está más marcado de lo que estuvimos. Y así, aunque tal vez no desarrolló, sí intentó nuevas aficiones conforme contaba alguna locura de juventud, creo que incluso quiso tomar mis viejos patines pero éstos no le quedaron.
Mateo ha ganado una beca de posgrado en Stanford, tuve que convencerlo de tomarla, le afirmé que estaré bien en un asilo, que no tuviera cuidado en ello. Hoy me ha traído contigo en un último paseo antes de su viaje. Le acabo de repetir que cuando muera quiero que entierre aquí mis cenizas junto a ti. Me dijo que no mencioné ello que aún me queda mucha vida, puede que tenga razón, pero quiero asegurarme de yacer aquí a tu lado y en esas servirte al menos de abono. Ahora se ha apartado no para que no lo vea llorar, sino para pensar en el tiempo que ha pasado aquí. Creo que lo has influido, lo veo en su mirada o, mejor dicho, en sus lentillas de color.

Aún recuerdo la primera vez que mi padre me trajo a este árbol. Acababa de morir su abuelo, y vino a esparcir aquí sus cenizas, sobre el árbol y alrededor; luego clavó una pequeña cruz de metal con su nombre en la base, que como puedes ver hace tiempo que ha desaparecido. No es por el abuelo que recuerdo el árbol. Ni a mí, ni a mi papá, el otro, nos parecía simpático, a pesar de que él y mi papá Mateo siempre conversaban animada y afablemente, e incluso parecía seguirse comunicando cuando callaban. Una vez que mi papá Mateo hizo aquello, se arrodilló y empezó a hablar con el árbol; mi papá Guillermo le dijo que su abuelo estaba en un lugar mejor, que no se castigara, que no era eso lo que hubiese querido. Él se levantó y le dio toda la razón, pero no nos fuimos, mi papá Mateo se desabotonó y quitó la camisa blanca que traía a pesar del frío que hacía, empezó a hacer estiramientos, sin embargo en ese momento no sabía que era tales y casi pensé que se había vuelto loco. Al poco empezó a hacer ejercicio en las viejas barras que entonces había. Me senté con mi otro padre en un palapa y estuvimos viéndolo por una hora ejercitarse. Cuando terminó fue hacia nosotros y dijo ‘ven el árbol ha llorado’. Entonces notamos que del árbol había caído una enorme cantidad de hojas. Por eso es el día que más recuerdo de mi niñez.
Solíamos ir a la Magdalena a andar en bicicleta, además de que estuve inscrita en distintos cursos durante buena parte de mi infancia. Mi papá Mateo solía saludar al árbol, o tal vez al abuelo, y cuando hacia eso yo siempre lo seguía, esperaba que alguna vez el árbol mostrara por mí algo como lo había hecho por el abuelo en aquella ocasión. Con el tiempo me confió la historia del árbol. Su abuelo siempre había dicho que él lo había plantado y que por ello le tenía tanto afecto. Pero, a raíz de lo que le contó una vez, mi papá creía que la historia era distinta, pues ahí, justo en el árbol, fue la última vez que vio al hombre que había amado -Máximo creo que se llamaba- antes de que éste desapareciera. Por eso debió haber plantado el árbol. Toda su vida amo a Máximo y en aquel árbol revivía el tiempo breve que pasó a su lado. Esta otra historia no la conté, ni al abuelo, ni a tu madre, ni a tus tíos; siempre me referí a este árbol como el árbol de la familia, el que mi bisabuelo había plantado. 

No es sólo esta historia la que hace que el árbol me traiga tantos recuerdos. Habré tenido quince cuando empecé a venir sola, en realidad con unas amigas, a correr, pero yo siempre al terminar quería hacer algo de ejerció en el complejo de barras que entonces había. No es que deseara volumen como algunos hombres que venían a ello, yo sólo estiraba, y si intentaba más era para sentirme capaz de hacer algo. Hasta la ocasión en que vi a mi papá colgando jamás se me hubiera ocurrido que fuese capaz de hacer tales cosas, el subir por las escaleras o por el poste con las manos solamente. Pronto, por ser un lugar lleno de chicos, muchos empezaron a acercárseme a preguntar por esto o aquello, cuando sólo querían saber si podrían salir conmigo. Al principio no me llamaban la atención, la mayoría me parecían bastante tontos, pues haz de recordar que mis padres tenían posgrados, uno en matemáticas, otro en historia, por ello mi educación fue algo esmerada. Pero también te he compartido que fue aquí donde conocí a mi primer novio, era un chico delgado y, sin embargo, bastante marcado, tenía una gran disciplina, era sordomudo y los chicos con los que venía hablaban siempre en señas. No me atrevía a acercarme pues me daba pena no darme a entender. Un día llegué y dejaría mi bicicleta en este árbol como siempre, pero otros habían dejado al pie sus cosas y me sentí rara, pues entre ellas reconocí el morral azul de este chico, el que me gustaba, él vio mi contrariedad y se acercó, dijo unas cuantas palabras, pero me costó entenderle no tanto por lo forzado de su articulación como por lo nerviosa que me encontraba. Me preguntaba si deseaba dejar ahí mi bicicleta, pues ya había visto que lo hacía. Pero yo no decía nada, sólo me sonrojaba, y al final río, se presentó y yo hice lo mismo. Me costó trabajo comunicarme con él, hasta que saqué un cuaderno y nos pusimos en él a escribir. Duramos 2 años, fueron de los mejores que he pasado. Ese es la otra razón por la que quiero al árbol. Él y tu abuelo fueron los únicos hombres a los que amé.
Incluso, recuerdo, traje a tu abuelo en la primera cita que tuvimos, él no podía creer que un árbol pudiese tener sentimientos, por lo que hice que viniéramos para presentárselo, y así hemos seguido, viniendo. A él le conté aquella historia de mi niñez y entendió lo que sentía por este árbol y, no obstante que no siempre le gustó venir aquí, cada vez que se lo pedía, no me lo negaba.

Se conocieron aquí, ellos hubieran hecho hasta lo imposible por evitar la destrucción de este lugar. Precisamente por ti se conocieron, él había venido a verte, árbol del que tanto su abuela hablaba, pues aunque contrario a los deseos de ella no se habían esparcido aquí sus cenizas, él creía que sí habías sentido su muerte, ya que a pesar de ser primavera te encontrabas con pocas hojas. Tenía presente que se decía que perdías las hojas cuando moría alguien de la familia, pues se supone que eso eres, el árbol familiar. Así que él estaba aquí para checar tus hojas y observar las caídas, cuando la vio o, mejor dicho, cuando se vieron. Después de unas cuantas miradas que simulaban indiferencia se habían dado cuenta de que se atraían mutuamente. Por lo que empezaron a conversar hasta que saltó lo que los había traído aquí, tú, el árbol. Cada uno buscaba el llamado árbol familiar, uno sembrado por un tal Jonathan.
La coincidencia fue demasiado grande, lo que los llevó a indagar en sus ramas genealógicas. Pronto se dieron cuenta que ambos provenían de un tronco común, no importase que de un lado mediase una adopción. Felipe, mi padre, era hijo de Yolanda, que era hija de Mateo, que era hijo de Catalina, que era hija de Jonathan; en cambio Mónica, mi madre, era hija de Julio César, que era hijo de Alejandro, que era hijo de Mario, que era hijo de Julieta, que era hija de Francisco, que era hijo de Jonathan. El percatarse de ello les animó a sumergirse más en la historia familiar, pues si bien es cierto que entonces ambos trataban del mismo árbol, no te señalaban ambos como el mismo.
Se compartieron sus versiones de tu historia, interrogaron por detalles entre sus familias y volvieron a compartirlas. Por un lado mi padre refirió que aquí había muerto el amor de Jonathan, por lo que plantó un árbol en su honor ante su incapacidad de compartir su dolor, dado que al ser ambos del mismo sexo ello era mal visto; hubiera querido morir con aquél, por ello decidió que sus cenizas fueran esparcidas en este lugar, junto a ti; y que entonces tú de frondoso que estabas quedaste pelón en señal de duelo. La versión de mi madre es ligeramente distinta: los hijos de Jonathan, nuestros tatarabuelos se habían portado mal con él, por lo que éste se había distanciado de ambos y se había ido a vivir con un nieto, por eso cuando murió, su nieto fue el único que estuvo a su lado y sin saber que hacer con sus cenizas las dejó junto a ti, ya que Jonathan te había sembrado de niño; su hijo Federico, arrepentido, buscó donde había sido enterrado y al ver su llanto pesaroso tú lo compartiste. Ambas versiones hay que decirlo son sumamente dudosas, sin mencionar que exageradamente sentimentales. Pero lo extraño de las historias sólo los alentó a averiguar cuál sería la verdadera que había detrás de ti.
Primero, tendrían que determinar cuál de los árboles eras tú. Para ello emprendieron por desvanes la búsqueda de fotografías en que supuestamente aparecieses, para compararlas entre sí. De entre las fotografías viejas tomaron aquellas en las que claramente estabas señalado, ya sea por que  alguno de nuestros ascendientes se tomase una foto abrazándote, recargado en ti, o en cualquier otro claro de gesto de ser tú alguien más. Aunque bien sabían que las únicas fotos que te indicarían sin huella de error eran aquellas en que apareciera el abuelo Jonathan, quien según el rumor te habría plantado y sabría mejor que nadie cuál árbol eras. Encontraron entre viejos, viejísimos ordenadores, que milagrosamente hicieron funcionar otra vez, grandes cantidades de fotos, mas muy pocas correspondían a Jonathan, y sólo 5 a él junto a ti. Años después mi padre averiguó a través de un diario de Mateo, al parecer su nieto preferido, que el abuelo era reacio a guardar todo lo con él relacionado -ello explica la escasez de fotos. Pero esto no ha importado pues ha sido a partir de esas fotos, tomadas en 2014, 2018, 2029, 2031, 2055, que comparadas con otras fue posible determinar tu  posición, en relación con tu entorno. Ello mostró que el abuelo Mateo supo cuál árbol eras. Pero en ambas familias parece que hubo durante un momento un error en tu identificación, por ejemplo, entre los treinta y los sesenta años Yolanda erró en la designación de ti, pero otro error fortuito te indicó nuevamente. Tal error rectificador no sucedió en la rama de la que descendía mi madre.
Sin embargo conforme mis padres avanzaban en sus investigaciones el misterio sobre ti se les hacía más grande. Y pronto siguieron con la cuestión de si acaso había existido el amante de Jonathan. El diario de Mateo menciona que éste no pudo convencer jamás a su abuelo de no deshacerse de sus escritos, de los que conocía al menos 4 novelas concluidas, 3 inconclusas y decenas de cuentos, y aún así estaba seguro de haber visto sólo una pequeña parte de su obra. Los testimonios de los hijos de Federico confirman haber escuchado que Jonathan escribía mucho, pero que cuando buscaron sus obras fueron informados que fueron destruidas con su cuerpo. Esto es probablemente una versión alterada de lo que dijo Mateo. Por ello nunca sabremos sobre los sentimientos que Jonathan haya mantenido, y Mateo es la única fuente que afirma que Jonathan estuvo enamorado de otro hombre. La cercanía de Mateo confiere cierta plausibilidad a la historia, pero la resta también el hecho de que Mateo haya sido homosexual y haya sido rechazado por sus padres, pues esto pudo influir en la modificación de la historia de Jonathan, aún cuando éste efectivamente se hubiese sentido atraído por otros hombres. Si hubo un asesinato, como supone Mateo, el nombre de Jonathan tiene que aparecer, al menos como testigo, en algún expediente policiaco, pero no sé ha encontrado jamás mención de él.
Si fuese cierto lo del enamoramiento debió ser anterior de 2014, que es la fecha de la foto más vieja que se tiene de ti. Pero en ella te muestras bastante crecido para que fuese reciente tu siembra, por lo que el hombre en cuyo honor plantó el árbol debió conocerlo varios años antes o era real su versión de haberte plantado de chico. Pueden notarse varios cambios que se dieron en su vida en 2006 y 2007, cuando cambió de carrera varias veces y es el período con un mayor registro médico, por lo que es factible suponer que antes de ello, en 2005 o en el mismo 2006 haya pasado por un período un episodio que lo haya dejado marcado psicosomáticamente, y bajo esta interpretación tuviste de 8 a 9 años para crecer como se muestra en aquella foto.
Pero hay que recordar que ello era la versión de Mateo, pues Raúl, el otro hijo de Catalina, afirmaba que el hecho de que  te hubiese plantado como recordatorio de su amante era mera invención suya. Hay otra posibilidad: que aquí fue la última vez que Jonathan vio a su amante, pero tú eres anterior, independientemente de si te plantó o no. Es innegable que Jonathan estaba vinculado a ti de algún modo, pero ese vínculo es imposible de hallar, porque gran parte de la historia anterior a sus hijos Federico y Catalina es mera especulación y no hay hechos claros sobre la misma. Aunque es factible la historia del amante que perdió. A pesar de llegar mis padres a estas conclusiones aún quedaba abierto cómo es que te habías vinculado a tal grado con esta familia y sus historias, pues, a pesar de su multiplicación y separación, parece sentirse ligada a ti. Historias que todos han escuchado. Por ejemplo, la historia de la caída de las hojas con la dispersión de las cenizas de Jonathan puede ser mera ficción inventada por Yolanda de niña, pero cómo explicar que en otra rama de la familia también se hable de la tristeza del árbol.
Así no es de extrañar que la común investigación que sobre ti mantuvieron mis padres los llevó a casarse y tenerme como su único hijo; incluso no tuvieron que pensar el nombre mucho, pues me nombraron Jonathan, como aquel que nos ató a ti. Cuando de niño supe que hubo alguien de quien tomé su nombre quise verlo, me mostraron las 5 fotografías de él; habré tenido unos 4 años y me congracié en un parecido que entonces vi. Ya crecido al volver a verlas no entendí cómo pude reflejarme en él, mi piel es mucho más oscura que la suya y mis rasgos faciales son menos marcados; además de que nunca he tenido interés en la filosofía, aunque mis padres intentaron inculcármelo, tal vez con la esperanza de que siguiera los pasos de aquel antepasado mío, algún día hablase contigo y resolviese todo el misterio que nos ronda. Pero eso nunca me intereso, la escuela nunca fue lo mío y a duras penas logré terminar el bachillerato, no por que el estudio no me entrara, sino que simplemente no me interesaba. Incluso escapé de casa en busca de independencia. Quise algo de soledad, ahora la tengo.
Hace años inició el proyecto de renovar la Magdalena de manera total, como no se ha hecho antes, pues no será una mera construcción de nuevos edificios sobre viejos, sino un replanteamiento del espacio. Mis padres siempre se opusieron, temiendo por tu suerte. Cuando hubiesen visto que era inevitable, hubiesen buscado la forma de adquirirte y trasplantarte a nuestro jardín, el que fue de mis padres; pero ello ya no será posible por su muerte. Hubiera sido muy romántico, y por ello lo hubiesen deseado, ser mártires de una causa perdida, sin embargo fue un simple accidente automovilístico el que les vedo la vida.
Mañana cerrarán esta parte del parque y probablemente será arrasada antes de que termine la semana; curioso, será poco lo arrasado, pero tú estarás entre ello. Me siento a tu sombra, miro a los otros árboles y pienso que el final no te ha llegado solo. Reflexiono en que tal vez tú habrás influido a esta familia en su afición por el ejercicio, que incluso a mí ha alcanzado, y me gustaría mostrarte como una despedida la fuerza que he alcanzado, yo, que probablemente seré el último de mi estirpe que te vea. Por eso traigo este video, que muestra algunas rutinas de barra libre que realizo, activo su reproducción y lloro por el recuerdo que me traes de mis padres.
He dejado de apoyarme en tu tronco, para hacerlo en mis rodillas mientras las lágrimas se deslizan por mi cara, recargo la espalda atrás de nuevo y encuentro que has perdido firmeza, tu tronco es más suave. Me vuelvo, veo que empequeñeces, me extraño de lo que sucede, pero no puedo dejar de verlo. Un rostro parece surgir entre la madera y pronto la forma humanoide se confirma humana. Aparece un hombre completo. Sus ojos, tus ojos, se mantienen cerrados. ‘Imagínate mecido por el viento… ¿Jon?’ suelta algunas palabras, abre los ojos y mira alrededor confundido. Cae, caes como desmayado en el suelo. Me acercó, tomó sus, tus, signos vitales y al confirmar que estás vivo recobras la conciencia, balbuceas unas palabras, me acercó a oírlas y escucho que dices ‘Jonathan’, te pregunto cómo sabes mi nombre, con la mirada preguntas si soy yo, yo afirmo firmemente que sí, ‘Sí, soy Jonathan’, tu cara muestra incredulidad, luego pareces aceptar mi respuesta. Ayudo a levantarte y te sostengo, tú apenas puedes, ya no dices nada, pero te conduzco a la puerta más cercana. Con mi terminal he llamado un taxi en el que te introduzco para llevarte a mi casa. Preparo la bañera, te sumerjo en ella, tallo tu cuerpo y mucha tierra se desprende de tu piel. Luego te seco, doy ropas limpias y te meto a mi cama. Voy a la cocina por algo de comida, pero cuando regreso duermes profundamente y así te dejo; te veo, voy a hacer otras cosas, pero en realidad me dedico a pensar. Creo que eres el amor de Jonathan, el abuelo, haz dicho su nombre, el suyo y el mío, es lo primero que se te ha ocurrido. La leyenda cuenta que ahí te vio por vez última, eso es claro ahora, pues cada vez que volvía te encontraba ahí en la forma de árbol que habías adoptado. Vuelvo a la alcoba, me siento a tu lado, te veo dormir y, aunque estás cubierto hasta la barbilla, sé que debajo de mis cobijas y entre mis ropas se perfila un pequeño hombre bello al cual he bañado, creo que es poco frente a lo que has hecho por mi familia. No sé lo que sucederá ahora que despiertas en otra época, ni siquiera sé si el tiempo ha pasado por ti, si ese era tu aspecto al momento de tu metamorfosis o tenías menos años, diminutas arrugas surcan tu rostro y tu cabello está poblado con canas. Sé que necesitarás ayuda en adaptarte y espero poder dártela, espero ser tu amigo, sólo sé que ya no estoy solo.
Abres los ojos, sonríes, ya sé porque el abuelo se enamoró de ti.

martes, 8 de febrero de 2011

Mi Judas.

Todos quedamos callados cuando nuestro maestro afirmó sin más, ni más que uno de nosotros lo traicionaría. Nadie parecía entender por qué había dicho eso, tal vez no habíamos captado bien el sonido de sus palabras y por ello recreábamos en la memoria los sonidos salidos de su boca, para averiguar si podían encerrar otro sentido de aquél que resultaron tener. Fue Simón el primero en preguntar sobre si sería él, al poco todos unimos nuestras voces en un repetitivo ‘¿seré yo?’. Nuestras miradas jamás estuvieron tan clavadas en él como en aquella ocasión, pero el maestro mantuvo su vista en un pedazo de pan que cortó y llevó a su boca sin remojarlo, y cuando empezó a masticarlo todos callamos, y una vez que hubo pasado bocado se limitó a recorrernos con su dulce mirada para detenerla de nuevo en aquella pieza de pan de la que volvió a arrancar otro trozo. Parecía que de nuevo iba a imponerse un incómodo silencio, pues habíamos dejado de comer aunque el maestro siguiera, unos intentaron romperlo conversando en voz queda con su vecino inmediato, y al poco tiempo volvimos todos a tomar bocados, aunque ya no con el ánimo de antes; al menos a mí aquellas palabras me habían entristecido.
Parecía que todo el mundo se levantaba contra nosotros, que no hacíamos sino recomendar el amor al prójimo. Los sacerdotes no eran los peores, sino la gentuza del templo, que creía, quién sabrá porqué, que tratábamos de imponer nuevos dioses disfrazados del propio. Nada más lejos de la verdad, nadie había abjurado de su fe. No buscábamos un nuevo trato con Dios sino con el hombre. Tal vez por no participar en el ‘perro come perro’ parecíamos tan raros y peligrosos. No los quiero llamar enemigos, pues la animadversión sólo es de ellos a nosotros, sin embargo qué otro modo puedo describirlo si ellos usan cualquier cosa, cierta o falsa, sobre nosotros o sobre quienes, nos siguen para atacarnos.
Entonces recordaba mis dudas sobre si habría un límite a tal amor. Ya no estaba por completo convencido de que el hombre fuese un ser al cual amar sin condición. Muchas personas que habían hecho del vicio su vida se conmocionaban al escuchar nuestros discursos y afirmaban querer iniciar una nueva, todos se mostraban arrepentidos. No debí creerles a todos, pues no eran pocos los que volvían a sus acciones viciosas y criminales. Afirmaban con una mano en el pecho la profunda aflicción que les causaban sus actos, mientras con la otra, los cometían de nueva cuenta. Vino a mí el recuerdo de un caso reciente, sobre un artesano a quien el maestro sanó su hijo, para al poco venderlo a un gentil sobre del que era bien sabida su afición por el amor griego.
Meditaba en estos pensamientos, cuando tome un pedazo de pan y al querer remojarlo, por mera distracción, no noté que el maestro hacía lo mismo y nuestras manos chocaron sobre el recipiente y ambos trozos cayeron, me disculpé e hizo una seña para que acercara el rostro, entonces me dijo que era yo. Al principio no entendí sus palabras, pero luego recordé las últimas que había dicho. Al tener dudas de nuestras enseñanzas, ya había trazado mi camino. Y no es que las enseñanzas del maestro no fueran bellas, claro que lo eran, pero fallaban en algo fundamental, eran ignorantes de la naturaleza humana. Entonces me dijo que fuera a hacer lo que tenía pensado.  Tras ello me levanté, me disculpé pretextando que debía tomar algo de aire o tal vez caminar, ya no lo recuerdo, sólo quería salir de ahí, y no tanto deseaba correr con los sacerdotes a llevar a cabo la traición que cometería como reflexionar sobre aquellas ideas. En la sala de a lado me encontré con María, ella me preguntó por dónde iba, yo le contesté lo que le había dicho a mis hermanos, pero ella sabía que algo me angustiaba, y me inquirió sobre ello. Le dije que tenía razón, mas era algo que debía resolver solo. ‘Recuerda que no estás solo’, me apuntó. Yo quise llorar. María volvió su cabeza hacia la puerta por donde se veía que de nuevo se había producido el silencio y cesado el comer. Este no tardo en ser roto por la gruesa y, por qué no decirlo, impetuosa voz de Juan. No entendí sus palabras y muchos menos cuando se unieron las del resto de mis hermanos. Volví mi mirada, debía salir de ahí. Me despedí de María y traspasé la puerta a la calle.
Estuve vagando no tanto con esos pensamientos cuanto en ellos, y cada vez sentía más que algo debía hacer. Temía ahora las falsas esperanzas que las enseñanzas de mi maestro darían a los hombres. Los oprimidos dejarían de ver su posición como un mal y se recrearían bajo el abuso de los poderosos, verían en la indignidad de su vida una moneda de cambio para reclamar por reembolso en otra vida. Los pobres del mundo equivaldrían su carencia material a una grandeza del alma y creerían que su pobreza los eximiría de todo, podrían seguir con sus envidias, sus soberbias, con sus maldades, pues al ser de pobres no serían tales. En este rincón del mundo se sabe mejor que en otro como las creencias pueden ser tergiversadas por los hombres para su mayor comodidad. Nuestra tierra ha visto ascender en la promesa y degenerarse en la inmoralidad los ritos a los dioses del Nilo, la doctrina de Zoroastro, el culto a espíritus animales o a dioses musculados. Todo discurso es buen pretexto para matar y viola; no creo que el del maestro sea tan distinto para evitar que el viaje de boca en boca le de un nuevo rostro.
Estas enseñanzas debían parar, pero no sabía qué hacer. Tenía que hacer que el maestro reculara de sus palabras, y para ello debía mostrarle lo viles que pueden ser los hombres. Llegué a pensar en apropiarme del dinero que se me confiaba, mas ello no tendría ningún efecto en su visión. Tenía que traicionarlo como sugirió. Podría acusarlo ante los romanos de subversión, pero un proceso así podría desembocar en la pena de muerte. No creo que nadie jamás haga algo por lo que merezca ser muerto. Al final, a pesar de la antipatía que sentía por ellos, decidí ir a encontrarme con los sacerdotes. Ellos sólo esperaban la oportunidad de humillarlo y, además, una reprobación pública de él hundiría la popularidad de sus enseñanzas. Por ello fui a verlos.
Me preguntaron por cuando podrían apresarlo con el menor número de testigos. Eso podría ser esa misma noche en el campo en que solíamos reunirnos para rezar. Me ofrecieron dinero por lo que haría, yo lo rechacé, ni siquiera me digné a verlo, me sentí muy ofendido, ya era terrible lo que hacía. No quería caer más bajo.
Fui a las afueras de la ciudad, me dijeron que ahí me encontrarían unos hombres. Éstos, peregrinos de fuera, no habían visto jamás al maestro y no sabían como reconocerle. Les dije que sería aquel hombre que saludase, ellos me dijeron que podría darse varios equívocos si la señal se reducía a un saludo. Ellos tenían razón, pero no quería pensar sobre ello, sólo quería que eso se acabase de una vez. No sabía como me había metido en tal embrollo y la única forma que tenía para salirme de él era terminándolo. Se quedó en que me acercaría al grupo, mientras ellos quedarían atrás para que no sospechasen nada, daría un beso al maestro y una vez identificado entrarían ellos en acción.
Llegados al campo, ellos quedaron tras unos árboles que disfrazaban su número. Yo llegué, me saludó Mateo y luego Santiago, traté de evitarlos y caminé directo al maestro. Le pregunté sobre lo que pensaba del hombre. Contestó con un enunciado y comprendí que sus opiniones no habían mudado durante aquellas horas; se me humedecieron los ojos, lo abracé y luego lo besé en la mejilla. Me separé de él, mientras los hombres contratados por lo sacerdotes se acercaban a capturarlo, los demás se dieron cuenta de ello, algunos sólo gritaron, otros intentaron defender al maestro, pero él les dijo que se evitara cualquier enfrentamiento, que no era ello lo que predicaba. Al no encontrar otra cosa que hacer decidieron huir corriendo.
El resto de la noche la pasé a descampado, en una colina fuera de la ciudad, no quería ver a nadie después de mi acción o, mejor dicho, no quería que nadie me viese. Lo que había hecho era vergonzoso, pues reconocía en el maestro a un buen hombre, quizás el mejor que he tenido la fortuna de conocer, mejor que yo, lo sé. Pasé gran parte de la noche observando el movimiento de las estrellas a través del cielo. Todas en una armonía de la que me resulta imposible creer que podamos participar los hombres, con nuestros erráticos ires y venires. Hoy compartí la cena con un hombre al que después traicioné, uno por el que profeso un gran amor, pero cuyas enseñanzas temo se expandan por el mundo y lo vuelvan de cabeza. Me repetí que con mi acción evitaba males mayores, es más, el maestro terminaría por reconocer que resguardaba su doctrina de los cerdos dispuestos a deformarla con sus inclinaciones.
Poco a poco el cielo empezó a clarear, y su azul de un oscuro profundo se tornó violeta, luego rojizo y anaranjado, y, antes de que asomara el sol, solté en llanto. Me costaba trabajo pensar en lo fácil que el mundo continua su marcha imperturbable sin rebajarse siquiera a mirar mi acción vil. Me dolió pensar en el mal que se puede cometer y aún llegar a la siguiente jornada. Después de un rato, cuando el cielo se había tornado día, decidí que no volvería a la ciudad. El sol se elevaba ya sobre las montañas, había llegado más allá de éstas, pasando el país entre ríos y el de Elam, venido de más lejos de donde el demonio Alejandro alcanzó. Tal vez allá podría expiar mi culpa, pensé.
No hubiera vuelto de no detenerme junto a un pozo por agua, donde la gente se surtía de ésta y también de las últimas noticias. Escuché entre los rumores de las voces a una mujer que compartía cómo un agitador había sido atrapado por los sacerdotes y conducido a la casa del gobernador romano a primera hora. Cuando escuché eso mi alma se llenó de pena, pero más fue mi alarma. No me sorprendía en manera alguna que los sacerdotes se inventasen algún cargo del cual encontrarlo culpable, sin embargo siempre creí que trataban de desembarazarse de él sólo para la celebración de la Pascua, esperando que sus seguidores pronto lo olvidase, como a muchos de los llamados profetas que arriban a Jerusalén todos los años.
Volví rápidamente a la ciudad, a la casa donde se nos había alojado. Corrí cuanto el cuerpo o las multitudes que llenaban las calles me lo permitían. Al llegar no encontré a nadie, sólo el hijo del dueño que me dijo que ninguno de mis hermanos había vuelto desde la noche, y con los rumores de la mañana la gente de la casa había salido a investigar lo sucedido. Entré a las habitaciones en que nos habían instalado, revolví nuestras cosas, o mejor dicho las mías, pues era yo el encargado de resguardar el dinero. Encontré bastantes monedas de platas, en distintos bolsillos, las reuní y salí con ellas sin contarlas siquiera. A mi salida me topé nuevamente con María que, no obstante que sus ojos lucían preocupados, lograba mantener el temple en el rostro y la voz. Me preguntó por lo que había pasado, yo le respondí con evasivas, mas ella no me dejaba ir, pues notaba que mentía, me dijo lo que había averiguado, probablemente en un intento a que me decidiera a soltar la lengua. De mis hermanos sólo habían encontrado a Simón que tirado lloraba en el campo donde solíamos rezar y negábase a levantar de ahí. El maestro seguía en la casa del gobernador romano, y su tardanza en juzgarlo había reunido a una multitud que creía que el preso era otro.
Cuando escuché esto supe que aún estaba a tiempo, dejé a María con la palabra en la boca y salí a la carrera. Caminé rápidamente por las calles, atascadas de gente, pero no tanta como la que encontré al acercarme a la casa del gobernador. Ellos parecían contentos. El gobernador había soltado a un preso, como muestra de gracia dio a escoger entre un líder popular y un simple predicador, ambos acusados de sedición. El resultado era fácil de adivinar, pero no pude evitar preguntar con mi esperanza desbordada en cada palabra. El llamado Barrabás había sido soltado, tal era la causa del alborozo. La pena a la que fue condenado el otro fue la muerte por crucifixión.
Fui a ver a los sacerdotes, esperaba que desistieran de su plan, que intercedieran para que el gobernador conmutara la pena de mi maestro por trabajo en las salinas, su venta como esclavo, o cualquier otra que le alargara la vida. Inclusive intenté sobornarlos, les ofrecí la plata que traía en un bolso, como había planeado, pero sólo obtuve burlas. Derramaba lágrimas copiosamente y fue tal la intensidad de mis sollozos que las manos me temblaron y las monedas cayeron al suelo. Me incline a recogerlas y ofrecerlas nuevamente al sumo sacerdote, pero se volvió de espaldas y pidió que me sacaran. Las monedas quedaron regadas en el piso del templo.
Dije que ningún hombre merece ser muerto por otro. Yo con mi acción he logrado matar a uno. No puedo lavar mi culpa, la siento una con mi cuerpo y sólo encuentro amargura en mi boca. Ya no volví a la casa, fui al campo y ahí me senté bajó un árbol a llorar. Mis lágrimas borraron el paso del tiempo. Ha oscurecido y levanto la mirada; una rama pende sobre mí e imploro que aplaste mi cabeza. Veo cómo se resquebraja. Dios me ha hecho ese favor.

viernes, 14 de enero de 2011

Un no-video.


Hace unas semanas tuve la ocurrencia de hacer un pequeño video que parodiara uno de mis tráileres favoritos de Doctor Who. Incluso, en busca de inspiración para el guión de mi parodia, borroneé un texto para el blog, que no publiqué[1], donde relato mi frustración por mi entonces incapacidad de escribir textos. Y pensaba por medio de aquella entrada de blog hacer uso de todo lo que ensombrece mi alma para provocar un aullido o, al menos, un grito, de mi pequeño (in)genio en su intento de disipar la oscuridad. Sin embargo lo detesté, pues no logré el negro del abismo, sino un mísero gris monótono. Así no lo quise corregir y preferí abortarlo.
Pero ahora sé que quiero hablar de ello. Antes quise contar lo que pensaba hacer, ahora quiero contar lo que no hice. El motivo es el mismo, el video en donde parodio a Donna Noble, sin embargo el trato no puede ser más distinto. Antes escribí, sin compartirlo, sobre mis deseos y los pequeños retos a enfrentar, con la intención de resolverlos. Ahora quiero contar por qué no deseé encaminarme por ciertos derroteros, por qué tras adelantarme en algunos decidí dar marcha atrás. El texto que no conocerán era instructivo, éste, formativo.
Si quieren ver la forma que deseaba imitar, bien podrán escribir en Google o YouTube los términos ‘trailer’ ‘doctor’ ‘who’ ‘series’ ‘4’[2], y en breve lo encontrarán. En él, Donna habla junto a una fogata de las criaturas amenazantes del espacio, al momento que se suceden en la pantalla imágenes de algunas, y a partir de ahí introduce la referencia a un hombre que volverá para salvarnos y al cual se unirá cuando regrese.
Mi guión corría similar. Hablo de las criaturas del universo e igualmente incluyo a “un hombre en su fantástico vehículo, uno que es más grande por dentro que por fuera”, que cuando regresara me uniría a él en su ‘viaje por la estrellas’. También colocaría imágenes de tales criaturas al tiempo que hablo sobre ellas; además, en mi versión barajeo sobre la posibilidad de estar infectados con sus males -tal frase no la entrecomillo, pues en mis múltiples capturas en video jamás hice énfasis sobre tal término. Quien me conoce sabrá la importancia que le doy al plano moral y no le resultaría sorpresivo que allí ‘infectar con sus males’ posea un sentido moral y no biológico, por lo que ‘males’ refiera más que a las enfermedades del cuerpo, a las del alma. Creo que esto obtendrá una mayor claridad si continuo con el resto del cuadro. Es momento de hablar de mi héroe.
El héroe de Doctor Who -está de más decirlo- es el Doctor. Pero mi historia tiene otro héroe. Mientras el héroe de Donna viene a combatir las terribles criaturas y salvar al mundo, el mío es una antípoda, en su forma de vida, de las terribles criaturas; éste mantiene a salvo su mundo, ¿a salvo?, ¿pero de qué?
Recuerden que ‘mis’ terribles criaturas no son malas por los males que pueden causarnos, sino por su carencia de virtud, son malas en sí mismas, poco importa si amenazan, o no, nuestra existencia. Por ello, la preocupación por un posible contagio no es una pregunta por nuestra integridad física, sino por si no somos ya una de esas criaturas ‘de metal, de fuego y de sangre’.
Por ello, al introducir a este hombre me emocionaba, pues si él ha logrado una vida coherente consigo mismo, cualquiera puede hacerlo[3]. Y al decir que es más grande por dentro que por fuera, me refiero a él, no a su vehículo. Pues aunque su tamaño no sea cuatitativamente notable en el mundo, él no se reduce a tales aspectos de éste, pues hace con su vida lo único que vale la pena -vivirla- y su mundo es más amplio que el de muchos otros.
A pesar de que colocaría aquí una imagen de la Tardis, ésta cedería rápidamente su lugar a una imagen de una patineta que todavía tendría que buscar, la cual tendría que ser vertical para que la transición fuese menos forzada. La entrada de la patineta se justifica al ser uno de los artificios del héroe que en mi mente, o mejor dicho, en mi corazón yace[4] -ahora puede entenderse por qué digo que me uniré a él, y si agrego ‘cuando regrese’, esto último viene a confirmar la dedicatoria, pues mi héroe ha andado de vacaciones. Y la última imagen en el video habría sido una suya.
La música de fondo sería, al igual que en el tráiler, una parte de “All the strange, strange creatures”.  A parte de ser mi pista favorita de Doctor Who, su título es una descripción buena de los seres humanos.
Bien sabía que no podría recrear la fogata, y no sólo por sus aspectos técnicos, sino tanto por la idea que tengo de que hacer ello en el Distrito Federal es ilegal, como mi opinión de que si no lo fuera debería serlo. Por lo que debía buscar otra solución a la iluminación, lo que me hizo inclinarme a grabarme en un cuarto a oscuras con una pequeña lámpara sorda -que es la única en mi casa- alumbrándome. La lámpara es de los artículos menos ecológicos que he visto, pues devoraba el par de pilas triple A con las que trabajaba a un ritmo vertiginoso, por ello no fueron mucho las tomas que pude realizar.
Ya había medio agotado dos pares de pilas cuando me di cuenta que en vez de hablar al frente debía hablar a la cámara, que me grababa desde unos 50 cm por debajo de la altura de mis ojos. Esto había provocado que pareciese que leía en un apuntador las palabras que tartamudeaba o que viera, sin observar, a lo lejos en un esfuerzo por recordar. También las palabras iban y venían en mi memoria, y cuando olvidaba alguna frase y debía improvisar sobre la marcha qué agregar y qué quitar para mantener la fuerza deseada mi tartamudeo en momentos de vacilación se hacía inevitable. No había logrado lo que quería cuando ya la luz de la lámpara había disminuido lo bastante para que mi imagen se perdiese en la oscuridad. Sin embargo, una de las primeras tomas era la más decente e incluso encajaba perfecto en un trozo de pista adecuado.
Al final no fue mi tartamudeo lo que me hizo interrumpir el proyecto, tampoco mi mirada perdida, ni la forma en que resaltan conejilmente dos de mis incisivos superiores, sino mi voz. En ella se nota cierto dejo que no deja de molestarme. Hay algo en mi voz que no me gusta. Algo triste.

[1] Publicar: v. hacer público.
[2] El orden es opcional, pero se recomienda que ‘who’ y ‘4’ sigan a ‘doctor’ y ‘series’ respectivamente. También se puede usar ‘teaser’ en lugar de ‘trailer’.
[3] Incluso yo.
[4] Tal vez ésta sea la causa real de mi emoción al referirlo.