Cada vez que subía a mi cuarto me encontraba con el cielo de frente. Ello se debía a que la escalera era exterior. Por lo que todos los días, en mi andar arriba y abajo, disfrutaba de los aspectos de la bóveda celeste que la ciudad, con su iluminación y sus emisiones no habían censurado, aunque un par de ocasiones éstas fueron ingredientes en la decorado del cielo.
En el descanso me volví atrás y miré hacia el oeste, sabría que ahí encontraría la Luna, dado el movimiento que había registrado en los anteriores días. Y sí, ahí estaba la Luna, cuyo brillo era tan intenso que lograba resaltar el contorno de la cara que no era bañada por los rayos del sol. A tal efecto se agregaba el fondo violáceo del cielo, por lo que la esfericidad del astro era patente, como rara vez suelo serlo. También el ángulo en que se encontraba con respecto al horizonte era favorable, pues no sólo su disco se veía grande, sino que parecía crecer. Era una roca que flotaba en el cielo. Y no pude evitar sentirla a tan poca distancia del suelo que imaginé que los aviones esta noche cesarían sus vuelos para evitarla. Bien conocía la relación de los tamaños de la Tierra y la Luna con la distancia entre ellas, sin embargo ello no empaña lo que dije, pues un pensamiento no puede contradecir un sentir.
Como decía, esta noche la Luna estaba muy hermosa y no podía dejar de verla. Mis pensamientos no pudieron evitar transitar de su belleza a las personas que estarían disfrutando de ella. Yo no era sino otro más de sus admiradores. Mi mente regresó a ella. La miré fijamente, acaso en un intento de que me revelase sus secretos. Gracias a su brillantez pude constatar que las condiciones meteorológicas no eran las idóneas para los astrónomos, pues la Luna parecía como vista a través de un vidrio que desdoblaba su imagen, pero que al intentar rehacerla no lograba que el encaje fuera perfecto.
A pesar de mi ensimismamiento recordé que había dejado la computadora encendida, pues mi objetivo en mi cuarto eran mis lentes, y había dejado a la mitad mi conversación contigo. Pensé en volver para avisarte que vieses por tu ventana y disfrutases del espectáculo sideral. Mas esa breve desviación en mi pensamiento me hizo notar que la Luna o, mejor dicho su imagen, se había vuelto mayor. Por no haberme percatado desde un inicio no podría decir cuantas veces había aumentado su diámetro en el momento en que advertí esto.
Entonces menos que nunca pude dejar de verla. Estaba embobado con la imagen que ofrecía, aunque no tanto, pues tuve cabeza suficiente para subir rápidamente hasta la azotea, la de mero arriba, no en la que está asentado mi cuarto, sino la que está sobre éste. Y me paré junto al tinaco a continuar con la admiración del hecho. Si alguien piensa que veía trastornado el increíble acontecimiento del crecimiento del disco lunar, se equivoca. No hice otra cosa que contemplar. Y contemplé, los detalles de su superficie que se hacían ahora más nítidos, el conejo de la Luna que se desvanecía y los cráteres que se multiplicaban sobre su superficie.
Contento estaba ante aquella imagen que no sentí el primer temblor, incluso me hice sordo a los gritos de la gente y al aullar de los animales. Los colores eran maravillosos y, conforme el disco lunar crecía, variaban en una extraña gama dando luz a nuevas figuras a ritmo constante. Al poco estuvo tan cerca que pude notar lo oscuro de su superficie. Aquel brillo blanquecino que había iluminado nuestras noches era el descomunal fulgor del Sol sobre una casi negra superficie. Me maravillé que algo tan oscuro pudiese ser tan brillante.
Nuevas figuras se sucedieron, figuras que no surgían ya de aquella nueva perspectiva, sino de la fractura de la superficie selenita. Grietas que debían ser kilométricas aparecían como leves rasguños en ella y de no estar yo tan absorto con aquella visión habría supuesto que lo mismo estaba sucediendo en la Tierra.
¿Ahora qué he de poder decir de los objetos despedidos en todas direcciones?, las descripciones que pudiera dar de las luces que corrían a través de todo el cielo serían insignificantes comparadas con las impresiones que dejaron en mis ojos. Lo mismo va para cuando la ciudad a mi alrededor empezó a ser arrancada del suelo. Pedazos de cotidianidad eran lanzados a lo lejos, al espacio, donde se estrellarían con la Luna si no se desintegraban antes en todo ese caos. Y sí, era un caos, pero ¡qué bello caos!
Cuando la mitad de un edificio chocó con un pequeño objeto que no logré identificar, le siguió una explosión cuya una onda expansiva llegó hasta donde me encontraba, empujándome ligeramente, lo que hizo percatarme que ya flotaba. Habíame despegado del suelo hacía rato, éste se encontraba, o bien no, metros abajo. Yo había creído estar aún de pié, pues mantenía el cuerpo recto, alzando la cabeza contra una base que no se encontraba más ahí. Y de mi casa el tinaco fue el único que me acompañó en aquel vuelo.
Volví la mirada a la Luna, ésta se había acercado tanto que ahora se eclipsaba, pues había alcanzado el cono de sombra que la Tierra proyectaba. El espacio en que me encontraba habría caído en tinieblas si no fuese por que pequeños residuos de ambos astros hacían fricción en los restos de la atmósfera. Un resplandor rojizo proveniente de abajo llamó mi atención y le eché una última mirada a nuestro planeta: cuarteaduras en la tierra exhibían el magma que siempre yació a nuestros pies. Alcé la vista, y aquí me gustaría decir que escuché un crujido, mas no fue así, mi mente debió componerlo, a partir de los sonidos de los choques que se seguían sucediendo entre los despojos, para no dejar mudo el momento en que la Luna se quebró. El tinaco que me había acompañado se alejó hacia lo que quedaba de ella. Cuando se perdió entre la oscuridad cerré los ojos. Pensé en los libros que leí sobre una humanidad ahora pasada, pensé en los hombres y mujeres que la fortuna había unido permitiéndome estar ahí, y pensé en ti, al que ya no puede decirle que mirase la Luna por la ventana. Extendí los brazos y mi pose fue aquella que tomo al entrar en algún museo para respirar su hálito. Los mundos se abrazaron, conmigo entre ellos.
En el descanso me volví atrás y miré hacia el oeste, sabría que ahí encontraría la Luna, dado el movimiento que había registrado en los anteriores días. Y sí, ahí estaba la Luna, cuyo brillo era tan intenso que lograba resaltar el contorno de la cara que no era bañada por los rayos del sol. A tal efecto se agregaba el fondo violáceo del cielo, por lo que la esfericidad del astro era patente, como rara vez suelo serlo. También el ángulo en que se encontraba con respecto al horizonte era favorable, pues no sólo su disco se veía grande, sino que parecía crecer. Era una roca que flotaba en el cielo. Y no pude evitar sentirla a tan poca distancia del suelo que imaginé que los aviones esta noche cesarían sus vuelos para evitarla. Bien conocía la relación de los tamaños de la Tierra y la Luna con la distancia entre ellas, sin embargo ello no empaña lo que dije, pues un pensamiento no puede contradecir un sentir.
Como decía, esta noche la Luna estaba muy hermosa y no podía dejar de verla. Mis pensamientos no pudieron evitar transitar de su belleza a las personas que estarían disfrutando de ella. Yo no era sino otro más de sus admiradores. Mi mente regresó a ella. La miré fijamente, acaso en un intento de que me revelase sus secretos. Gracias a su brillantez pude constatar que las condiciones meteorológicas no eran las idóneas para los astrónomos, pues la Luna parecía como vista a través de un vidrio que desdoblaba su imagen, pero que al intentar rehacerla no lograba que el encaje fuera perfecto.
A pesar de mi ensimismamiento recordé que había dejado la computadora encendida, pues mi objetivo en mi cuarto eran mis lentes, y había dejado a la mitad mi conversación contigo. Pensé en volver para avisarte que vieses por tu ventana y disfrutases del espectáculo sideral. Mas esa breve desviación en mi pensamiento me hizo notar que la Luna o, mejor dicho su imagen, se había vuelto mayor. Por no haberme percatado desde un inicio no podría decir cuantas veces había aumentado su diámetro en el momento en que advertí esto.
Entonces menos que nunca pude dejar de verla. Estaba embobado con la imagen que ofrecía, aunque no tanto, pues tuve cabeza suficiente para subir rápidamente hasta la azotea, la de mero arriba, no en la que está asentado mi cuarto, sino la que está sobre éste. Y me paré junto al tinaco a continuar con la admiración del hecho. Si alguien piensa que veía trastornado el increíble acontecimiento del crecimiento del disco lunar, se equivoca. No hice otra cosa que contemplar. Y contemplé, los detalles de su superficie que se hacían ahora más nítidos, el conejo de la Luna que se desvanecía y los cráteres que se multiplicaban sobre su superficie.
Contento estaba ante aquella imagen que no sentí el primer temblor, incluso me hice sordo a los gritos de la gente y al aullar de los animales. Los colores eran maravillosos y, conforme el disco lunar crecía, variaban en una extraña gama dando luz a nuevas figuras a ritmo constante. Al poco estuvo tan cerca que pude notar lo oscuro de su superficie. Aquel brillo blanquecino que había iluminado nuestras noches era el descomunal fulgor del Sol sobre una casi negra superficie. Me maravillé que algo tan oscuro pudiese ser tan brillante.
Nuevas figuras se sucedieron, figuras que no surgían ya de aquella nueva perspectiva, sino de la fractura de la superficie selenita. Grietas que debían ser kilométricas aparecían como leves rasguños en ella y de no estar yo tan absorto con aquella visión habría supuesto que lo mismo estaba sucediendo en la Tierra.
¿Ahora qué he de poder decir de los objetos despedidos en todas direcciones?, las descripciones que pudiera dar de las luces que corrían a través de todo el cielo serían insignificantes comparadas con las impresiones que dejaron en mis ojos. Lo mismo va para cuando la ciudad a mi alrededor empezó a ser arrancada del suelo. Pedazos de cotidianidad eran lanzados a lo lejos, al espacio, donde se estrellarían con la Luna si no se desintegraban antes en todo ese caos. Y sí, era un caos, pero ¡qué bello caos!
Cuando la mitad de un edificio chocó con un pequeño objeto que no logré identificar, le siguió una explosión cuya una onda expansiva llegó hasta donde me encontraba, empujándome ligeramente, lo que hizo percatarme que ya flotaba. Habíame despegado del suelo hacía rato, éste se encontraba, o bien no, metros abajo. Yo había creído estar aún de pié, pues mantenía el cuerpo recto, alzando la cabeza contra una base que no se encontraba más ahí. Y de mi casa el tinaco fue el único que me acompañó en aquel vuelo.
Volví la mirada a la Luna, ésta se había acercado tanto que ahora se eclipsaba, pues había alcanzado el cono de sombra que la Tierra proyectaba. El espacio en que me encontraba habría caído en tinieblas si no fuese por que pequeños residuos de ambos astros hacían fricción en los restos de la atmósfera. Un resplandor rojizo proveniente de abajo llamó mi atención y le eché una última mirada a nuestro planeta: cuarteaduras en la tierra exhibían el magma que siempre yació a nuestros pies. Alcé la vista, y aquí me gustaría decir que escuché un crujido, mas no fue así, mi mente debió componerlo, a partir de los sonidos de los choques que se seguían sucediendo entre los despojos, para no dejar mudo el momento en que la Luna se quebró. El tinaco que me había acompañado se alejó hacia lo que quedaba de ella. Cuando se perdió entre la oscuridad cerré los ojos. Pensé en los libros que leí sobre una humanidad ahora pasada, pensé en los hombres y mujeres que la fortuna había unido permitiéndome estar ahí, y pensé en ti, al que ya no puede decirle que mirase la Luna por la ventana. Extendí los brazos y mi pose fue aquella que tomo al entrar en algún museo para respirar su hálito. Los mundos se abrazaron, conmigo entre ellos.
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