viernes, 28 de septiembre de 2012

Magro.

Intenté dejar fuera de mi escritura los bosquejos autobiográficos para así ocuparme de la creación de ficción. La desidia me ha impedido esto último, y ahora mi vida me impone volver a lo otro.
Hace 4 años había un chico que me atraía. Me pregunto qué puedo decir sobre lo que su imagen ejercía en mí. Miro el teclado y siento cómo exhalo por la nariz.
Bien puedo empezar por mencionar que mi historia de inseguridad y timidez es larga. No quiero detallar en ello, salvo sólo decir que mucho me costó acercarme a aquel hombre, y tal vez no lo hubiera hecho si no fuese por que me encantaba tanto.
No recuerdo si hube sentido antes una atracción como la que él me provocó. Por lo que en las historias de mi memoria él es la primera persona que me provocó una atracción animal.[1] ¿Pero qué trato de decir con la noción de ‘atracción animal’? No lo sé, no sé si es un tipo distinto a la atracción común que uno siente a diario al topar la vista con bellos ejemplares de la especie humana. Quizás sólo fue una muy intensa, una que dio al traste todos mis órdenes cerebrales. Uh, he de aceptarlo, creo no poder marcar una distinción, tal vez sólo decir que su intensidad enorme me ha tentado a clasificarla como otra forma de atracción.
A fin de cuentas él me atraía, me encantaba y robaba mi mirada, que finalmente mi miedo rescataba y ponía lejos de él. Él era delgado, otro diría flaco, pero tenía el cuerpo marcado, ya saben, correoso. Yo decía entonces decía magro. Cómo olvidarlo, si empecé a usar esa palabra por él, para poder describirlo al mentarlo. Me gusta la palabra, la pronuncio y en ella siento la brevedad y belleza del instante cuando lo topaba al pasar. Andaba siempre desmangado y dejaba al descubierto los hombros que a la distancia mi boca saboreaba. Aquellos hombros reclamaban para sí mi sentir y pensar. Y casi lo olvidaba, pero su bajo porcentaje de grasa corporal acentuaba sus facciones varoniles, sin embargo creo no haber sido consciente entonces de cuánto eso me gustaba.
Un día reuní valor y logré conocerlo. Tan nervioso estaba que tuve un ataque de verborrea, no sé si le habré parecido divertido, pero en un momento, ya en su apartamento, me hizo callar y fui sometido a una serie de ejercicios de flexibilidad, de respiración y de dicción. Fruto de ello hubo un discursillo que improvisé en que la ‘r’ estaba excluida. Lo he olvidado no obstante que entonces, cuando relataba mi anécdota, lo sabía de memoria. Mientras yo me revolvía en un mar de pensamientos quitó mi playera y me hizo recargar en él. Fajamos. Aunque nunca dejé de estar nervioso. Y no supe su nombre, ni él tampoco el mío.
Nos encontramos y platicamos brevemente un par de veces más. Un día dije que quería preguntarle algo, pero que no quería usar la palabra ‘cita’. Me dio su número. Nunca lo marqué.
Me encontré con él la semana pasada. Nos saludamos, platicamos y a lo largo de la tarde continuamente fajamos. No contaré todo, sólo dos detalles que me dicen mucho.
En una ocasión esperábamos en un pasillo. Eran las 3 de la tarde y éste tomaba de la luz que se filtraba de los salones. Yo estaba recargado en una pared, y él fue a pararse enfrente de mí, pero dándome la espalada. Veía su gorra, el cabello que no cubría ésta, la piel del cuello, el cuerpo cubierto por la playera azul y desmangada. Los jeans estaban rotos y dejaban a la vista el azul de su ropa interior, aunque a esa altura de su cuerpo ya no llegaron mis ojos, sino mis manos.
Mis dedos sentían su azul moreno de ropa y piel. Dejé de pensar, sólo vivía. Mas tuve un momento de temor al que siguió uno de lucidez. Estuve molesto, el tipo me tenía retenido en su carne. Le dije con entonación de queja y asombro
-Eres un cabrón
mientras me movía a la pared de enfrente y me sentaba en el suelo. Él dijo
–sí, lo soy
y se fue a sentar entre mis piernas.
Una y otra vez hasta que nos despedimos este hombre me dejó en claro que lo tenía bien caliente. Evidentemente él a mí también.
En el otro momento que quiero compartir igual esperábamos en un pasillo. Aunque éste era distinto, el sol daba por los ventanales, así que en partes la cortina estaba corrida para evitar la luz y el calor excesivos. Estaba nomás ahí parado, al lado de la cortina, él, él con sus tenis, sus jeans, su playera y su gorra. Él. Lo aprecié en conjunto. Sus rasgos encajaban. Era un chacal, era un cabrón, era un puto quien me atraía. Quise guardar ese momento en una foto, pero temí falsearlo y no la tomé. Era algo que apenas he notado, es cierto, me gustan los chicos lindos, a quién no, pero no tanto como los cabrones.
He perdido toda objetividad. Y es hora de concluir con esto. Pues bien, para mí fue una situación bastante extraña. Yo excitaba canijo a un hombre que me ha encantado un chingo y que consideraba fuera de mi alcance. En breve, me ofreció las nalgas. Aquél día entreví al cabrón en que yo mismo me convertido.

 [1] Aunque no ha sido la última.

lunes, 25 de junio de 2012

¿No extrañas el sonido de mi voz?

Llueve afuera. Estoy acostado en mi cama con los ojos cerrados mientras mi mente divaga y es el sonido el que me indica que llueve, aunque también siento cómo el ambiente ha refrescado. Traté de pensar en el argumento para un cuento, pero, como dije, mi mente divaga.
Mis recuerdos no son como deberían. Pienso de manera muy agradable sobre las tardes lluviosas en que la luz se iba y el sonido de la lluvia lo penetraba todo. Mucho más factible es suponer que aquellos días no me gustasen pues no podía ver caricaturas en el televisor, y quizás temiese cuando tronase el cielo. Debió ser con el tiempo que empecé a valorar tales días.
Llueve. Y sin embargo el día no es cómo quisiera. Debiera compartir mi ideal, pero creo que no tengo tal. Hay situaciones que desearía vivir, pero aun si se cumplieran las condiciones a enumerar, bien podría suceder que prosiguiera en mi melancolía. Por ello prefiramos el término ‘ensoñación’ sobre el de ‘idealización’. Es más una situación que si se da creo que disfrutaría mucho, así como la gente supone que disfrutaría mucho si se sacase la lotería.
Aquí vamos pues. Me imagino en una habitación a la que lleno con dos o tres muebles que puedan placerme según las circunstancias desde las cuales imagino, pero para mayores señas está algo vacía. Afuera la lluvia cae. Se oye su golpear y se ve el deslizamiento de las gotas por lo vidrios de la ventana. Siempre hay una ventana al menos, descortinada de preferencia. No hay electricidad, ello no es tanto para iluminar mi fantasía con la tenue luz de la tarde, sino para excluir a los aparatos de la vida moderna. Hoy esto es muy difícil, pero no les daré entrada en mi planteamiento.
No estoy solo. Y eso es lo más importante, pues en este momento me siento un poco así. En mi imagen estoy con alguien, no con cualquiera, con él. Estamos sentados en el borde de su cama mientras platicamos. Sí, he adornado la habitación con su cama, o tal vez me he trasladado mentalmente a su habitación. No me acuesto, pues no me agrada tanto el acostarme como el estar sentado. Tal vez cuando me canse deje caer la espalda sobre el colchón, pero ahora me mantengo sentado.
Conversamos, ya lo dije, sobre qué, no lo sé y no creo que importe; a veces incluyo una partida, sea de ajedrez, cartas o dominó. De vez en vez jugamos con nuestras manos, me acaricia la pierna o nos besamos. Pero en general sólo charlamos.
Disfruto mucho de platicar. Cuando converso con alguien no es que deje de sentirme solo, sino que ya no tiene cabida esa posibilidad en mi mundo. Por eso me gusta hacerlo. Y por eso me imagino que charlamos conforme el tiempo pasa, la luz disminuye en la habitación y mi amigo se difumina conmigo y yo con él.
Sonrío. Lo amo.
Tomo mi teléfono que descansa en el buró. Presiono una tecla, observo la hora. 19:44. Él continua en su trabajo, así que resisto las ganas de marcarle. Me muevo entre los menús y leo de nueva cuenta el último mensaje que me envió. Me dice “Tú también! Ten un hermoso día.” Su teléfono carece de signos de apertura. El mensaje es pequeño, pero muy importante para mí. Sí, es cierto, quisiera dos o tres palabras más y una mayor expresión; no obstante, caigo rendido ante él.
Me agrada imaginar su voz al pronunciar esas palabras. En estos días no la he escuchado y su voz se me pierde. Extraño su sonido. Lo extraño a él. Y de hecho es eso sobre lo que he divagado todo este rato. Es lo que pasa si se divaga cuando se está enamorado, todo pensamiento apunta a aquél.
Pero el divagar no es necesario para invocarlo. Si he tenido un mal día deseo acurrucarme entre sus brazos, si el día ha sido fantástico no puedo esperar para compartirlo. Tantas cosas pasan por mi cabeza, algunas, importantes reflexiones, otras, vanas trivialidades. De todas ellas quiero hablarle.
Me levanto y camino a mi librero. Tomo un libro de un autor que venero, pero cuyo título casi no frecuento, paso las páginas de rápido hasta encontrar en ellas una hoja, un boceto que robe. Si se lo hubiera pedido me lo hubiera dado -no sin antes insistir en hacerme uno nuevo y más trabajado-, sin embargo un día sólo lo tomé.
Veo en un rincón dos balones que poseo, de básquet y de americano. Tal vez, mañana temprano podamos ir al parque un rato. Le enviaré un mensaje para que me marque al salir de su trabajo.