lunes, 20 de junio de 2011

Muerte en ciernes.

¿Debo acaso justificar el pretender dejar testimonio de lo ocurrido? ¿Tiene algún sentido su justificación cuando no creo que nadie alguna vez dé con él? Si no soy el último hombre sobre la Tierra, es factible que sea uno de los últimos. Ahora en que me tomo un momento para ver al Sol aparecer sobre las estructuras abandonadas de la ciudad sé que poco significa nuestra desaparición. Aún continúan los astros con sus danzas a través de la pista celeste y nada importa si el universo carece de espectadores que sigan sus pasos. Cómo hemos sido arrancados del tiempo ha de ser claro para quien encuentre esto, pues si mis palabras llegasen a sus ojos, con seguridad habrá oído antes miles de gritos de otros que atestiguaron el fin de su mundo.
Supongo que empezó como un rumor o algo menos. Tal vez en la página 9 de algún diario local del que nunca escuché debió publicarse la primera noticia sobre lo que después se llamó la Locura. Mas no creo que hayan sido muchos los días que tardó en llegar a las titulares de los importantes medios internacionales. Para cuando la luz del interés público se centró en tan extraño suceso, éste se extendía por parte de Asia, de Europa y de África. Por ello mismo no se sabe a ciencia cierta dónde empezó todo, pero parece haber surgido en algún lugar entre el Cuerno de África y las estepas de Asia Central.
Las primeras noticias que nos llegaron o que llegaron a esta parte del planeta sobre la Locura fueron poco claras. Unas hablaban de histeria, otras de revolución, aquellas de yihad, todas de caos y destrucción. Los reportes que obteníamos resultaron ser poco informativos, sólo afirmaban que algunas personas atacaban a otras y lo demás era sujeto de especulación. Tantas eran las opiniones que veló la verdad.
Pronto se expuso que los afectados por la Locura estaban bajo alguna especie de trance que los haría actuar sin propia voluntad. Se les apodó los ‘andantes’. Aunque no se sabría de dónde tal mote surgió, o por qué se les aplicó, creo poder ya hacerme una idea de qué lo originó. Cuando se hizo hincapié en que la Locura se extendía similarmente a como lo haría una epidemia, se supuso que sería una enfermedad del sistema nervioso que afectase el comportamiento del que la padeciese. Esta hipótesis tuvo resistencia de quienes la veían extraída de las más recientes películas de zombis, sin embargo fue la que ganó más adeptos y con el tiempo se impuso.
Una vez considerada la Locura como una enfermedad, hubo medidas que aplicar. Se cortaron lazos con los países afectados y, en no pocos casos, se dio un aislamiento total. Los gobiernos del continente americano consideraron a todo el viejo mundo como zona de cuarentena. Los aeropuertos se cerraron y los únicos aviones en el aire eran aquellos de carácter militar. Supongo que se habrán instalado laboratorios en zonas aquejadas por la Locura con la esperanza de encontrar pronto el patógeno que se debía combatir. Qué habrá sido de aquellas instalaciones lo desconozco, pero no pudieron haber tenido éxito. Pues inclusive si averiguaron la verdad no la hubiesen creído, yo mismo no la creí cuando tropecé con ella y sólo ahora que el mundo se ha trocado en su totalidad la acepto.
Dado la extensión que había alcanzado la Locura antes de que alguien le prestara siquiera algo de atención, hizo que, una vez reconocido su peligro, éste fuese exagerado y provocara un gran desequilibrio social, cuyo daño no creo que fuese menor a la indiferencia antes prestada. El caos estalló en todo el mundo, en esta ciudad se dio un época de desabasto de víveres y aislamiento masivo, nadie quería tener contacto con otro ser humano, por temor a una infección cuyo caso más cercano se encontraría al otro lado del Atlántico. Movimientos tan comunes como un estornudo bastaban para que los gritos se soltasen.
Los noticieros repetían una y otra vez los mismos llamados gubernamentales a estar siempre atentos y cuando alguna nueva información, que por lo general luego se demostraba haber sido un rumor, se difundía por las pantallas, aumentaba el temor y se repetían las compras de pánico. No me es fácil olvidar ese período, en que las olas de la histeria un día arrojaban a la gente a las tiendas a hacerse víveres y luego los jalaba al interior de sus hogares que habían vuelto fortalezas, para después arrojarlos otra vez a las tiendas por bienes. Los que un día huían al campo al día siguiente regresaban a la ciudad.
El mundo pareció transitar lento y a la espera, mientras un país se colapsaba tras otro. Esos tiempos fueron terribles, pues nadie encontraba bien a bien qué hacer. No dudo que varios sintieran alivio cuando se dieron los primeros brotes a lo largo de en nuestro continente. Y cuando se confirmó la noticia de los primeros andantes en México sucedió de inmediato lo obvio: cayó la policía, el ejército y todo el gobierno al unísono. Los medios duraron un día más.
Recuerdo que me refugié con un grupo de amigos, en la enorme casa de uno de ellos. También que algunos de ellos optaron a última hora salir de la ciudad, con la esperanza de aguantar más. Después de su partida vivimos acuartelados, por lo que desconozco cuando habrá llegado la Locura a la ciudad. Los sonidos venidos de fuera no podían proporcionarnos pista alguna, pues desde que se supo de la Locura, siempre el ambiente fue una sucesión de disparos, gritos y silencios.
La comida que guardamos fue mucha, por lo que pudimos mantener nuestro encierro por varias semanas, y sólo cuando escaseó nos animamos echar un vistazo fuera para saber qué había sido del mundo. La calle en que la casa se encontraba callaba tétricamente y la soledad parecía haber sido siempre su cara. No teníamos modo de saber si la Locura había ya pasado o todavía no llegaba.
Decidimos que había que realizar una intentona en busca de víveres, las tiendas estarían vacías y pensamos en buscar en almacenes o lugares por el estilo. Gastamos viejos directorios telefónicos para localizar nuestros objetivos. No tomamos el carro, temimos que su motor rugiera por toda la ciudad indicando nuestra ubicación. Además teníamos que ahorrar la gasolina para después, ya que primero haríamos recorridos de reconocimiento en bicicleta. Éramos 4 en total y tomamos 3 bicicletas que había en la casa y otra que buscamos y encontramos en una vecina.
Recuerdo que salimos muy sigilosamente al principio, y pronto nuestra confianza se enalteció con el majestuoso vacío de las calles. Nos dividimos en dos grupos y fui con quien era el novio de mi amigo. Rara vez llegamos a ver un andante, que en cuanto nos veía, iniciaba su persecución, pero nos parecía risible debido a su lentitud. Todo esto fue una falsa percepción. Poco a poco, según nuestro avance, se sumaron más y más andantes a los que nos seguían. Lo que nos parecía algo deleznable, al incorporarse con las horas varias decenas de perseguidores se mostró como una amenaza real.
Alcanzamos a llegar a bodegas de empresas alimentarias, pero nada obtuvimos de ellas. Nuestra cosecha consistió en un arma de fuego que hallamos tirada en el suelo. Los andantes nos impidieron volver a casa y tuvimos que ingresar al primer edificio que pareció que serviría de resguardo. Entramos y tapamos el pequeño portón con muebles y demás cosas que encontramos, a penas con tiempo de evitar la entrada de los andantes. Fustigamos todo el edificio por si no hubiera alguien más en él, fuese un andante, fuese un normal. No encontramos a nadie, pero por suerte encontramos algo de comer, varias máquinas tragamonedas fueron un temporal oasis.
Durante aquella primera noche de vagabundeo me di cuenta -o tal vez fue mi compañero- del error que cometimos al quedarnos en la ciudad: los pocos víveres en ella se agotaron en los primeros días, posiblemente antes de la llegada de la locura; los únicos disponibles habrían de ser aquellos en los que nadie pensó, como máquinas de golosinas perdidas por aquí por allá, cuyo descubrimiento sería más obra de la casualidad que de nuestra acción.
En los días que anduvimos por la ciudad en busca de comida y nuevos refugios nuestro número creció y disminuyó varias veces, nos volvimos 5 y luego 3,  7 y después 4, 7 y 5, 6 y 2, 5 y 3, 9 y 2, números cuyo fluctuar ignoro si represente alguna ley de la matemática. Con tales cambios numéricos, nuestro actuar se volvió vacilante, que salir de la ciudad, que permanecer en ella, que salir otra vez, que otra vez permanecer. Así fue hasta que quedamos uno solo: yo, que decidí permanecer por temor a una campiña arrasada.
Debiera mencionar que entre las primeras pérdidas estuvo el último de mis amigos, pero en ese momento poco me importó, había llegado el tiempo en el que lo único que me hacía sentido era mi propia sobrevivencia. Por lo que me uní a aquellos que, según mi percepción, por su fuerza, por su raciocinio, por su afán de lucha o por su caridad, aumentarían mis posibilidades de continuar con vida.
En una ocasión, mientras nos refugiábamos en una biblioteca, nos topamos con la sorpresa terrible que, a pesar de la situación apocalíptica, las causas ordinarias de muerte continuasen vigentes. Eso sucedió cuando un chico, atractivo por cierto, quizás quien mejor había sobrellevado la situación, sufrió un coma diabético, murió y a casi una hora de suponerlo muerto su cuerpo se levantó. Había sido afectado por la Locura. Muchos murieron, a algunos de ellos vimos volverse andantes en todo lo que siguió a aquél momento. Yo mismo pude ser uno de los que murieran y que después de la muerte se levantaron en un afán de exterminar lo que una vez fuimos. Así descubrí la verdad, que no acepté hasta que los días de huir y pasar hambre quedaron atrás y mis necesidades ya no se antepusieron a su horror.
Hace tiempo que no he visto algún andante y hace más que ello de la última vez que tuve trato con otro ser humano. Por ello creo ser de los últimos humanos. Si he dejado de ver andantes, es por que éstos han caído, si han caído es por que ha pasado su tiempo, si no se han levantado más de la muerte es por no queda nadie para morir, salvo yo. Pasé muchos días escondido en una bodega comiendo alimento para gato y, aunque todavía de ahí suelo obtener mi comida, desde que parece haberse desvanecido el peligro merodeo todo el día en estas ruinas sin tener un propósito claro, puede ser el morir. Echo de menos la presencia de otros e incluso la de los andantes.
A algunos les parecerá una paradoja que un oportunista como yo lo he sido sea quien sobreviva al holocausto, a mi me parece lo más natural. Quién creyó que tras el fin del mundo quedarían los fuertes, los sabios, los buenos de corazón, no un parásito que se aprovecho de las cualidades de otros. Quien crea eso no recuerda el mundo anterior al cataclismo. Mi sobrevivencia ha mostrado que yo era el más apto para superar a un apocalipsis así y perpetuarme. Pero no creo que alguien envidie el tipo de sobrevivencia que ésta resultó ser. Una que te hace desear haber muerto antes que esto asomara por el horizonte. Los muertos se han llevado la mejor parte.
Así que aquí dejo mi testimonio, el del último hombre del planeta. El silencio me mata. Ojalá fuese literal.

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