Todos quedamos callados cuando nuestro maestro afirmó sin más, ni más que uno de nosotros lo traicionaría. Nadie parecía entender por qué había dicho eso, tal vez no habíamos captado bien el sonido de sus palabras y por ello recreábamos en la memoria los sonidos salidos de su boca, para averiguar si podían encerrar otro sentido de aquél que resultaron tener. Fue Simón el primero en preguntar sobre si sería él, al poco todos unimos nuestras voces en un repetitivo ‘¿seré yo?’. Nuestras miradas jamás estuvieron tan clavadas en él como en aquella ocasión, pero el maestro mantuvo su vista en un pedazo de pan que cortó y llevó a su boca sin remojarlo, y cuando empezó a masticarlo todos callamos, y una vez que hubo pasado bocado se limitó a recorrernos con su dulce mirada para detenerla de nuevo en aquella pieza de pan de la que volvió a arrancar otro trozo. Parecía que de nuevo iba a imponerse un incómodo silencio, pues habíamos dejado de comer aunque el maestro siguiera, unos intentaron romperlo conversando en voz queda con su vecino inmediato, y al poco tiempo volvimos todos a tomar bocados, aunque ya no con el ánimo de antes; al menos a mí aquellas palabras me habían entristecido.
Parecía que todo el mundo se levantaba contra nosotros, que no hacíamos sino recomendar el amor al prójimo. Los sacerdotes no eran los peores, sino la gentuza del templo, que creía, quién sabrá porqué, que tratábamos de imponer nuevos dioses disfrazados del propio. Nada más lejos de la verdad, nadie había abjurado de su fe. No buscábamos un nuevo trato con Dios sino con el hombre. Tal vez por no participar en el ‘perro come perro’ parecíamos tan raros y peligrosos. No los quiero llamar enemigos, pues la animadversión sólo es de ellos a nosotros, sin embargo qué otro modo puedo describirlo si ellos usan cualquier cosa, cierta o falsa, sobre nosotros o sobre quienes, nos siguen para atacarnos.
Entonces recordaba mis dudas sobre si habría un límite a tal amor. Ya no estaba por completo convencido de que el hombre fuese un ser al cual amar sin condición. Muchas personas que habían hecho del vicio su vida se conmocionaban al escuchar nuestros discursos y afirmaban querer iniciar una nueva, todos se mostraban arrepentidos. No debí creerles a todos, pues no eran pocos los que volvían a sus acciones viciosas y criminales. Afirmaban con una mano en el pecho la profunda aflicción que les causaban sus actos, mientras con la otra, los cometían de nueva cuenta. Vino a mí el recuerdo de un caso reciente, sobre un artesano a quien el maestro sanó su hijo, para al poco venderlo a un gentil sobre del que era bien sabida su afición por el amor griego.
Meditaba en estos pensamientos, cuando tome un pedazo de pan y al querer remojarlo, por mera distracción, no noté que el maestro hacía lo mismo y nuestras manos chocaron sobre el recipiente y ambos trozos cayeron, me disculpé e hizo una seña para que acercara el rostro, entonces me dijo que era yo. Al principio no entendí sus palabras, pero luego recordé las últimas que había dicho. Al tener dudas de nuestras enseñanzas, ya había trazado mi camino. Y no es que las enseñanzas del maestro no fueran bellas, claro que lo eran, pero fallaban en algo fundamental, eran ignorantes de la naturaleza humana. Entonces me dijo que fuera a hacer lo que tenía pensado. Tras ello me levanté, me disculpé pretextando que debía tomar algo de aire o tal vez caminar, ya no lo recuerdo, sólo quería salir de ahí, y no tanto deseaba correr con los sacerdotes a llevar a cabo la traición que cometería como reflexionar sobre aquellas ideas. En la sala de a lado me encontré con María, ella me preguntó por dónde iba, yo le contesté lo que le había dicho a mis hermanos, pero ella sabía que algo me angustiaba, y me inquirió sobre ello. Le dije que tenía razón, mas era algo que debía resolver solo. ‘Recuerda que no estás solo’, me apuntó. Yo quise llorar. María volvió su cabeza hacia la puerta por donde se veía que de nuevo se había producido el silencio y cesado el comer. Este no tardo en ser roto por la gruesa y, por qué no decirlo, impetuosa voz de Juan. No entendí sus palabras y muchos menos cuando se unieron las del resto de mis hermanos. Volví mi mirada, debía salir de ahí. Me despedí de María y traspasé la puerta a la calle.
Estuve vagando no tanto con esos pensamientos cuanto en ellos, y cada vez sentía más que algo debía hacer. Temía ahora las falsas esperanzas que las enseñanzas de mi maestro darían a los hombres. Los oprimidos dejarían de ver su posición como un mal y se recrearían bajo el abuso de los poderosos, verían en la indignidad de su vida una moneda de cambio para reclamar por reembolso en otra vida. Los pobres del mundo equivaldrían su carencia material a una grandeza del alma y creerían que su pobreza los eximiría de todo, podrían seguir con sus envidias, sus soberbias, con sus maldades, pues al ser de pobres no serían tales. En este rincón del mundo se sabe mejor que en otro como las creencias pueden ser tergiversadas por los hombres para su mayor comodidad. Nuestra tierra ha visto ascender en la promesa y degenerarse en la inmoralidad los ritos a los dioses del Nilo, la doctrina de Zoroastro, el culto a espíritus animales o a dioses musculados. Todo discurso es buen pretexto para matar y viola; no creo que el del maestro sea tan distinto para evitar que el viaje de boca en boca le de un nuevo rostro.
Estas enseñanzas debían parar, pero no sabía qué hacer. Tenía que hacer que el maestro reculara de sus palabras, y para ello debía mostrarle lo viles que pueden ser los hombres. Llegué a pensar en apropiarme del dinero que se me confiaba, mas ello no tendría ningún efecto en su visión. Tenía que traicionarlo como sugirió. Podría acusarlo ante los romanos de subversión, pero un proceso así podría desembocar en la pena de muerte. No creo que nadie jamás haga algo por lo que merezca ser muerto. Al final, a pesar de la antipatía que sentía por ellos, decidí ir a encontrarme con los sacerdotes. Ellos sólo esperaban la oportunidad de humillarlo y, además, una reprobación pública de él hundiría la popularidad de sus enseñanzas. Por ello fui a verlos.
Me preguntaron por cuando podrían apresarlo con el menor número de testigos. Eso podría ser esa misma noche en el campo en que solíamos reunirnos para rezar. Me ofrecieron dinero por lo que haría, yo lo rechacé, ni siquiera me digné a verlo, me sentí muy ofendido, ya era terrible lo que hacía. No quería caer más bajo.
Fui a las afueras de la ciudad, me dijeron que ahí me encontrarían unos hombres. Éstos, peregrinos de fuera, no habían visto jamás al maestro y no sabían como reconocerle. Les dije que sería aquel hombre que saludase, ellos me dijeron que podría darse varios equívocos si la señal se reducía a un saludo. Ellos tenían razón, pero no quería pensar sobre ello, sólo quería que eso se acabase de una vez. No sabía como me había metido en tal embrollo y la única forma que tenía para salirme de él era terminándolo. Se quedó en que me acercaría al grupo, mientras ellos quedarían atrás para que no sospechasen nada, daría un beso al maestro y una vez identificado entrarían ellos en acción.
Llegados al campo, ellos quedaron tras unos árboles que disfrazaban su número. Yo llegué, me saludó Mateo y luego Santiago, traté de evitarlos y caminé directo al maestro. Le pregunté sobre lo que pensaba del hombre. Contestó con un enunciado y comprendí que sus opiniones no habían mudado durante aquellas horas; se me humedecieron los ojos, lo abracé y luego lo besé en la mejilla. Me separé de él, mientras los hombres contratados por lo sacerdotes se acercaban a capturarlo, los demás se dieron cuenta de ello, algunos sólo gritaron, otros intentaron defender al maestro, pero él les dijo que se evitara cualquier enfrentamiento, que no era ello lo que predicaba. Al no encontrar otra cosa que hacer decidieron huir corriendo.
El resto de la noche la pasé a descampado, en una colina fuera de la ciudad, no quería ver a nadie después de mi acción o, mejor dicho, no quería que nadie me viese. Lo que había hecho era vergonzoso, pues reconocía en el maestro a un buen hombre, quizás el mejor que he tenido la fortuna de conocer, mejor que yo, lo sé. Pasé gran parte de la noche observando el movimiento de las estrellas a través del cielo. Todas en una armonía de la que me resulta imposible creer que podamos participar los hombres, con nuestros erráticos ires y venires. Hoy compartí la cena con un hombre al que después traicioné, uno por el que profeso un gran amor, pero cuyas enseñanzas temo se expandan por el mundo y lo vuelvan de cabeza. Me repetí que con mi acción evitaba males mayores, es más, el maestro terminaría por reconocer que resguardaba su doctrina de los cerdos dispuestos a deformarla con sus inclinaciones.
Poco a poco el cielo empezó a clarear, y su azul de un oscuro profundo se tornó violeta, luego rojizo y anaranjado, y, antes de que asomara el sol, solté en llanto. Me costaba trabajo pensar en lo fácil que el mundo continua su marcha imperturbable sin rebajarse siquiera a mirar mi acción vil. Me dolió pensar en el mal que se puede cometer y aún llegar a la siguiente jornada. Después de un rato, cuando el cielo se había tornado día, decidí que no volvería a la ciudad. El sol se elevaba ya sobre las montañas, había llegado más allá de éstas, pasando el país entre ríos y el de Elam, venido de más lejos de donde el demonio Alejandro alcanzó. Tal vez allá podría expiar mi culpa, pensé.
No hubiera vuelto de no detenerme junto a un pozo por agua, donde la gente se surtía de ésta y también de las últimas noticias. Escuché entre los rumores de las voces a una mujer que compartía cómo un agitador había sido atrapado por los sacerdotes y conducido a la casa del gobernador romano a primera hora. Cuando escuché eso mi alma se llenó de pena, pero más fue mi alarma. No me sorprendía en manera alguna que los sacerdotes se inventasen algún cargo del cual encontrarlo culpable, sin embargo siempre creí que trataban de desembarazarse de él sólo para la celebración de la Pascua, esperando que sus seguidores pronto lo olvidase, como a muchos de los llamados profetas que arriban a Jerusalén todos los años.
Volví rápidamente a la ciudad, a la casa donde se nos había alojado. Corrí cuanto el cuerpo o las multitudes que llenaban las calles me lo permitían. Al llegar no encontré a nadie, sólo el hijo del dueño que me dijo que ninguno de mis hermanos había vuelto desde la noche, y con los rumores de la mañana la gente de la casa había salido a investigar lo sucedido. Entré a las habitaciones en que nos habían instalado, revolví nuestras cosas, o mejor dicho las mías, pues era yo el encargado de resguardar el dinero. Encontré bastantes monedas de platas, en distintos bolsillos, las reuní y salí con ellas sin contarlas siquiera. A mi salida me topé nuevamente con María que, no obstante que sus ojos lucían preocupados, lograba mantener el temple en el rostro y la voz. Me preguntó por lo que había pasado, yo le respondí con evasivas, mas ella no me dejaba ir, pues notaba que mentía, me dijo lo que había averiguado, probablemente en un intento a que me decidiera a soltar la lengua. De mis hermanos sólo habían encontrado a Simón que tirado lloraba en el campo donde solíamos rezar y negábase a levantar de ahí. El maestro seguía en la casa del gobernador romano, y su tardanza en juzgarlo había reunido a una multitud que creía que el preso era otro.
Cuando escuché esto supe que aún estaba a tiempo, dejé a María con la palabra en la boca y salí a la carrera. Caminé rápidamente por las calles, atascadas de gente, pero no tanta como la que encontré al acercarme a la casa del gobernador. Ellos parecían contentos. El gobernador había soltado a un preso, como muestra de gracia dio a escoger entre un líder popular y un simple predicador, ambos acusados de sedición. El resultado era fácil de adivinar, pero no pude evitar preguntar con mi esperanza desbordada en cada palabra. El llamado Barrabás había sido soltado, tal era la causa del alborozo. La pena a la que fue condenado el otro fue la muerte por crucifixión.
Fui a ver a los sacerdotes, esperaba que desistieran de su plan, que intercedieran para que el gobernador conmutara la pena de mi maestro por trabajo en las salinas, su venta como esclavo, o cualquier otra que le alargara la vida. Inclusive intenté sobornarlos, les ofrecí la plata que traía en un bolso, como había planeado, pero sólo obtuve burlas. Derramaba lágrimas copiosamente y fue tal la intensidad de mis sollozos que las manos me temblaron y las monedas cayeron al suelo. Me incline a recogerlas y ofrecerlas nuevamente al sumo sacerdote, pero se volvió de espaldas y pidió que me sacaran. Las monedas quedaron regadas en el piso del templo.
Dije que ningún hombre merece ser muerto por otro. Yo con mi acción he logrado matar a uno. No puedo lavar mi culpa, la siento una con mi cuerpo y sólo encuentro amargura en mi boca. Ya no volví a la casa, fui al campo y ahí me senté bajó un árbol a llorar. Mis lágrimas borraron el paso del tiempo. Ha oscurecido y levanto la mirada; una rama pende sobre mí e imploro que aplaste mi cabeza. Veo cómo se resquebraja. Dios me ha hecho ese favor.
Parecía que todo el mundo se levantaba contra nosotros, que no hacíamos sino recomendar el amor al prójimo. Los sacerdotes no eran los peores, sino la gentuza del templo, que creía, quién sabrá porqué, que tratábamos de imponer nuevos dioses disfrazados del propio. Nada más lejos de la verdad, nadie había abjurado de su fe. No buscábamos un nuevo trato con Dios sino con el hombre. Tal vez por no participar en el ‘perro come perro’ parecíamos tan raros y peligrosos. No los quiero llamar enemigos, pues la animadversión sólo es de ellos a nosotros, sin embargo qué otro modo puedo describirlo si ellos usan cualquier cosa, cierta o falsa, sobre nosotros o sobre quienes, nos siguen para atacarnos.
Entonces recordaba mis dudas sobre si habría un límite a tal amor. Ya no estaba por completo convencido de que el hombre fuese un ser al cual amar sin condición. Muchas personas que habían hecho del vicio su vida se conmocionaban al escuchar nuestros discursos y afirmaban querer iniciar una nueva, todos se mostraban arrepentidos. No debí creerles a todos, pues no eran pocos los que volvían a sus acciones viciosas y criminales. Afirmaban con una mano en el pecho la profunda aflicción que les causaban sus actos, mientras con la otra, los cometían de nueva cuenta. Vino a mí el recuerdo de un caso reciente, sobre un artesano a quien el maestro sanó su hijo, para al poco venderlo a un gentil sobre del que era bien sabida su afición por el amor griego.
Meditaba en estos pensamientos, cuando tome un pedazo de pan y al querer remojarlo, por mera distracción, no noté que el maestro hacía lo mismo y nuestras manos chocaron sobre el recipiente y ambos trozos cayeron, me disculpé e hizo una seña para que acercara el rostro, entonces me dijo que era yo. Al principio no entendí sus palabras, pero luego recordé las últimas que había dicho. Al tener dudas de nuestras enseñanzas, ya había trazado mi camino. Y no es que las enseñanzas del maestro no fueran bellas, claro que lo eran, pero fallaban en algo fundamental, eran ignorantes de la naturaleza humana. Entonces me dijo que fuera a hacer lo que tenía pensado. Tras ello me levanté, me disculpé pretextando que debía tomar algo de aire o tal vez caminar, ya no lo recuerdo, sólo quería salir de ahí, y no tanto deseaba correr con los sacerdotes a llevar a cabo la traición que cometería como reflexionar sobre aquellas ideas. En la sala de a lado me encontré con María, ella me preguntó por dónde iba, yo le contesté lo que le había dicho a mis hermanos, pero ella sabía que algo me angustiaba, y me inquirió sobre ello. Le dije que tenía razón, mas era algo que debía resolver solo. ‘Recuerda que no estás solo’, me apuntó. Yo quise llorar. María volvió su cabeza hacia la puerta por donde se veía que de nuevo se había producido el silencio y cesado el comer. Este no tardo en ser roto por la gruesa y, por qué no decirlo, impetuosa voz de Juan. No entendí sus palabras y muchos menos cuando se unieron las del resto de mis hermanos. Volví mi mirada, debía salir de ahí. Me despedí de María y traspasé la puerta a la calle.
Estuve vagando no tanto con esos pensamientos cuanto en ellos, y cada vez sentía más que algo debía hacer. Temía ahora las falsas esperanzas que las enseñanzas de mi maestro darían a los hombres. Los oprimidos dejarían de ver su posición como un mal y se recrearían bajo el abuso de los poderosos, verían en la indignidad de su vida una moneda de cambio para reclamar por reembolso en otra vida. Los pobres del mundo equivaldrían su carencia material a una grandeza del alma y creerían que su pobreza los eximiría de todo, podrían seguir con sus envidias, sus soberbias, con sus maldades, pues al ser de pobres no serían tales. En este rincón del mundo se sabe mejor que en otro como las creencias pueden ser tergiversadas por los hombres para su mayor comodidad. Nuestra tierra ha visto ascender en la promesa y degenerarse en la inmoralidad los ritos a los dioses del Nilo, la doctrina de Zoroastro, el culto a espíritus animales o a dioses musculados. Todo discurso es buen pretexto para matar y viola; no creo que el del maestro sea tan distinto para evitar que el viaje de boca en boca le de un nuevo rostro.
Estas enseñanzas debían parar, pero no sabía qué hacer. Tenía que hacer que el maestro reculara de sus palabras, y para ello debía mostrarle lo viles que pueden ser los hombres. Llegué a pensar en apropiarme del dinero que se me confiaba, mas ello no tendría ningún efecto en su visión. Tenía que traicionarlo como sugirió. Podría acusarlo ante los romanos de subversión, pero un proceso así podría desembocar en la pena de muerte. No creo que nadie jamás haga algo por lo que merezca ser muerto. Al final, a pesar de la antipatía que sentía por ellos, decidí ir a encontrarme con los sacerdotes. Ellos sólo esperaban la oportunidad de humillarlo y, además, una reprobación pública de él hundiría la popularidad de sus enseñanzas. Por ello fui a verlos.
Me preguntaron por cuando podrían apresarlo con el menor número de testigos. Eso podría ser esa misma noche en el campo en que solíamos reunirnos para rezar. Me ofrecieron dinero por lo que haría, yo lo rechacé, ni siquiera me digné a verlo, me sentí muy ofendido, ya era terrible lo que hacía. No quería caer más bajo.
Fui a las afueras de la ciudad, me dijeron que ahí me encontrarían unos hombres. Éstos, peregrinos de fuera, no habían visto jamás al maestro y no sabían como reconocerle. Les dije que sería aquel hombre que saludase, ellos me dijeron que podría darse varios equívocos si la señal se reducía a un saludo. Ellos tenían razón, pero no quería pensar sobre ello, sólo quería que eso se acabase de una vez. No sabía como me había metido en tal embrollo y la única forma que tenía para salirme de él era terminándolo. Se quedó en que me acercaría al grupo, mientras ellos quedarían atrás para que no sospechasen nada, daría un beso al maestro y una vez identificado entrarían ellos en acción.
Llegados al campo, ellos quedaron tras unos árboles que disfrazaban su número. Yo llegué, me saludó Mateo y luego Santiago, traté de evitarlos y caminé directo al maestro. Le pregunté sobre lo que pensaba del hombre. Contestó con un enunciado y comprendí que sus opiniones no habían mudado durante aquellas horas; se me humedecieron los ojos, lo abracé y luego lo besé en la mejilla. Me separé de él, mientras los hombres contratados por lo sacerdotes se acercaban a capturarlo, los demás se dieron cuenta de ello, algunos sólo gritaron, otros intentaron defender al maestro, pero él les dijo que se evitara cualquier enfrentamiento, que no era ello lo que predicaba. Al no encontrar otra cosa que hacer decidieron huir corriendo.
El resto de la noche la pasé a descampado, en una colina fuera de la ciudad, no quería ver a nadie después de mi acción o, mejor dicho, no quería que nadie me viese. Lo que había hecho era vergonzoso, pues reconocía en el maestro a un buen hombre, quizás el mejor que he tenido la fortuna de conocer, mejor que yo, lo sé. Pasé gran parte de la noche observando el movimiento de las estrellas a través del cielo. Todas en una armonía de la que me resulta imposible creer que podamos participar los hombres, con nuestros erráticos ires y venires. Hoy compartí la cena con un hombre al que después traicioné, uno por el que profeso un gran amor, pero cuyas enseñanzas temo se expandan por el mundo y lo vuelvan de cabeza. Me repetí que con mi acción evitaba males mayores, es más, el maestro terminaría por reconocer que resguardaba su doctrina de los cerdos dispuestos a deformarla con sus inclinaciones.
Poco a poco el cielo empezó a clarear, y su azul de un oscuro profundo se tornó violeta, luego rojizo y anaranjado, y, antes de que asomara el sol, solté en llanto. Me costaba trabajo pensar en lo fácil que el mundo continua su marcha imperturbable sin rebajarse siquiera a mirar mi acción vil. Me dolió pensar en el mal que se puede cometer y aún llegar a la siguiente jornada. Después de un rato, cuando el cielo se había tornado día, decidí que no volvería a la ciudad. El sol se elevaba ya sobre las montañas, había llegado más allá de éstas, pasando el país entre ríos y el de Elam, venido de más lejos de donde el demonio Alejandro alcanzó. Tal vez allá podría expiar mi culpa, pensé.
No hubiera vuelto de no detenerme junto a un pozo por agua, donde la gente se surtía de ésta y también de las últimas noticias. Escuché entre los rumores de las voces a una mujer que compartía cómo un agitador había sido atrapado por los sacerdotes y conducido a la casa del gobernador romano a primera hora. Cuando escuché eso mi alma se llenó de pena, pero más fue mi alarma. No me sorprendía en manera alguna que los sacerdotes se inventasen algún cargo del cual encontrarlo culpable, sin embargo siempre creí que trataban de desembarazarse de él sólo para la celebración de la Pascua, esperando que sus seguidores pronto lo olvidase, como a muchos de los llamados profetas que arriban a Jerusalén todos los años.
Volví rápidamente a la ciudad, a la casa donde se nos había alojado. Corrí cuanto el cuerpo o las multitudes que llenaban las calles me lo permitían. Al llegar no encontré a nadie, sólo el hijo del dueño que me dijo que ninguno de mis hermanos había vuelto desde la noche, y con los rumores de la mañana la gente de la casa había salido a investigar lo sucedido. Entré a las habitaciones en que nos habían instalado, revolví nuestras cosas, o mejor dicho las mías, pues era yo el encargado de resguardar el dinero. Encontré bastantes monedas de platas, en distintos bolsillos, las reuní y salí con ellas sin contarlas siquiera. A mi salida me topé nuevamente con María que, no obstante que sus ojos lucían preocupados, lograba mantener el temple en el rostro y la voz. Me preguntó por lo que había pasado, yo le respondí con evasivas, mas ella no me dejaba ir, pues notaba que mentía, me dijo lo que había averiguado, probablemente en un intento a que me decidiera a soltar la lengua. De mis hermanos sólo habían encontrado a Simón que tirado lloraba en el campo donde solíamos rezar y negábase a levantar de ahí. El maestro seguía en la casa del gobernador romano, y su tardanza en juzgarlo había reunido a una multitud que creía que el preso era otro.
Cuando escuché esto supe que aún estaba a tiempo, dejé a María con la palabra en la boca y salí a la carrera. Caminé rápidamente por las calles, atascadas de gente, pero no tanta como la que encontré al acercarme a la casa del gobernador. Ellos parecían contentos. El gobernador había soltado a un preso, como muestra de gracia dio a escoger entre un líder popular y un simple predicador, ambos acusados de sedición. El resultado era fácil de adivinar, pero no pude evitar preguntar con mi esperanza desbordada en cada palabra. El llamado Barrabás había sido soltado, tal era la causa del alborozo. La pena a la que fue condenado el otro fue la muerte por crucifixión.
Fui a ver a los sacerdotes, esperaba que desistieran de su plan, que intercedieran para que el gobernador conmutara la pena de mi maestro por trabajo en las salinas, su venta como esclavo, o cualquier otra que le alargara la vida. Inclusive intenté sobornarlos, les ofrecí la plata que traía en un bolso, como había planeado, pero sólo obtuve burlas. Derramaba lágrimas copiosamente y fue tal la intensidad de mis sollozos que las manos me temblaron y las monedas cayeron al suelo. Me incline a recogerlas y ofrecerlas nuevamente al sumo sacerdote, pero se volvió de espaldas y pidió que me sacaran. Las monedas quedaron regadas en el piso del templo.
Dije que ningún hombre merece ser muerto por otro. Yo con mi acción he logrado matar a uno. No puedo lavar mi culpa, la siento una con mi cuerpo y sólo encuentro amargura en mi boca. Ya no volví a la casa, fui al campo y ahí me senté bajó un árbol a llorar. Mis lágrimas borraron el paso del tiempo. Ha oscurecido y levanto la mirada; una rama pende sobre mí e imploro que aplaste mi cabeza. Veo cómo se resquebraja. Dios me ha hecho ese favor.