miércoles, 29 de septiembre de 2010

Tensión.

Erré al escribir en un cuaderno la oración ‘El problema con mis personajes es que tienen una vida mental muy intensa’. Mis personajes no pueden tener una vida mental muy intensa debido a que a duras penas sostienen un simulacro de vida. ¿En qué forma su vida mental podría ser intensa, si buena parte de la acción están tendidos, o mejor dicho echados, en su cama o su sofá sin hacer algo o decir palabra?
Una vida mental intensa se transluce en una vida intensa. A saber, no basta representarse una y otra vez en la memoria lo vivido con el amado e imaginar un futuro idílico con él, no, de ninguna manera; sino que se sale en busca de él, se le aparece de repente en el lugar de estudio o de trabajo, se impreca juramentos por el zigzagueo de sus actos y, posiblemente, se llega a golpes con un supuesto rival.
Mis personajes reflejan mi vida, sí, pero el pedo es que no tengo vida alguna que reflejar. Ello se ha hecho patente multiplicidad de veces. Por ejemplo, la última fue la semana pasada cuando conocí un chico. No puedo decir mucho sobre ello, pues no es la primera persona, ni la última en la cual estoy interesado.
No fue la primera vez que lo veo. Ya lo he encontrado varias ocasiones y éstas incluso se remontan algunos años en el pasado. Me ha atraído. No es algo especial, no es como las otras obsesiones de las que he sido sujeto, todavía no llego a tanto, sin embargo tampoco descansa en el mero reconocimiento de su ser atractivo.
El chico posee una fisonomía facial que me encanta, pues resaltan los rasgos angulosos y óseos que le dan firmeza a un rostro y que exaltan su virilidad, además de que suavizan la piel cacariza de sus mejillas. Y no obstante lo marcado de sus huesos y cartílagos, hay suficientes capas adiposas  para dar fuerza y expresividad al rostro.
Alto no lo considero, incluso a pesar de ser mayor su estatura que la mía, unos 1,75 he de calcular. Asimismo bajo su ropa suelo suponer una estructura ósea media, que armada y recubierta con otros tejidos celulares resulta en un cuerpo delgado.
Resalta el fuego de sus ojos, la seguridad con que mira. Eso siempre me ha intimidado. Y lo he encontrado tan distinto de mi propia persona, pues pese a que muchos consideran mi cuerpo atractivo, lo encuentro yo fofo y carente de consistencia -ello es claro en la flojedad de mi postura-. Más distinto no podía ser su caso. Me figuro una columna fuerte que obliga a todos los miembros a estar erguidos en un tira y afloja de la propia elasticidad de las uniones y puentes entre las distintas unidades orgánicas de su cuerpo.
Yo no lo conocí, carecí del valor para hacerlo. Él fue quien hizo tal movimiento. Nos encontramos tanto el miércoles como el jueves pasados. El miércoles su atención pareció dirigirse hacia mi persona, y en efecto ello ocurrió, pero  debido a mi incapacidad de tratar los negocios humanos, necesité de otros criterios para confirmarlo, y ni así estuve seguro. Odio esa parte, es difícil para mí tener que observar en busca de tales criterios cuando ni siquiera soy capaz de alzar la mirada. ¿Cómo veré si un chico manifiesta una conducta de interés por mí, si mis ojos suelen volverse ante él?
Fue el jueves cuando ocurrió. Desde la estación Chabacano nos encontramos. Mas él estaba sentado de tal manera que quedaba yo a sus espaldas (o mejor dicho, ya que él había subido estaciones antes, fui yo quien se situó fuera de su campo visual). Siempre me ha incomodado que las miradas que se posan en mí. Trate de leer ‘Zettel’, sin embargo en varias ocasiones mi mirada resbalaba del texto al suelo, pasaba por el resto de los pasajeros y llegaba a él. Esperaba descubrirlo si, aun sea por curiosidad, llegaba a voltear la cara, pero es evidente que en esas condiciones fui yo el descubierto. En un momento él se cansó de ese juego de ‘tú sabes que yo sé que…’, se levantó de su asiento y me dirigió la palabra.
Pocas palabras habíamos intercambiado cuando lo sentí lejano. Ello ocurrió al inquirir por cómo había nacido su gusto por lo que hacía. Mi mirada baja, por el gesto de guardar el libro que aún llevaba en la mano, fue un efecto de aquella desazón. No pude resistir el hecho que él desde pequeño había sentido el latido vital bajo el que vibra el universo. El sabor de sus palabras se volvió extraño. Ya que, de ello estoy convencido, su voz seguía el mismo ritmo que él ha seguido durante toda su vida, el cual está coordinado con el del universo. Sólo puedo imaginarme al chico como un fauno que se funde en la melodía placentera de la noche.
Yo soy su antípoda. En mi carta astral importantes meteoros se sitúan en Acuario (poco importa que la constelación de la Cabra se hallará ya en aquella parte de la bóveda celeste): el cálido Sol que me da la vida, el poderoso Júpiter que me gobierna y el locuaz Mercurio que media mi mundo; todos ellos bajo el signo de la intelectualidad. Mi razón ilumina tan claramente los límites de la finitud que he descubierto la máscaras bajo la cuales la realidad aparece. Sé de la impostura del orden. Yo no siento el latido del mundo, más bien su grito de agonía. Siento el temblor del suelo y la tormenta del cielo convergiendo en un abrazo cósmico; tan claro vi las estacas que fingen sostener el cielo.
El chico es el movimiento de la eternidad que acompasada en el tiempo crea la música de las esferas. No puede evitar bailar con ellas. Yo soy el reverso de la moneda. Soy el universo que atomizado se diluye en un caos. Bajo pesas y medidas la forma de los objetos es la misma, desnudos ya. No puedo acallar mi grito en el desierto.
Somos dioses cuyo encuentro sólo significa la caída del uno en el otro, que no es sino el entusiasmo de la materia entrelazada y las formas agolpadas en una eternidad momentánea. Nuestra pasión (la suya por la vida, la mía por la muerte) se manifestaría en un único éxtasis que arrasaría hasta la misma periferia del universo. Todo en un abrazo.
Me dio su correo y lo agregué al msn como si nada. Pude ser más asertivo,  hacer una cita con él y dejar que el universo implosionara en nuestra carne. Mas esa intensidad cósmica la he ahogado en mi mente. Su último aliento se expresa en una escritura huera.

martes, 28 de septiembre de 2010

Escritor.

No pretendo hablar aquí del escritor en abstracto o del arte de la escritura, como podría creerse que he prometido. Más bien referiré a un escritor en particular, uno que tal vez nunca gane el premio Nobel, pero no por ello sea menos merecedor de admiración.
Lo conocí un día a la mitad del peor período de mi vida, durante un tiempo en que andaba yo más perdido que ahora. Ello, créanme, no sólo es posible, fue actual[1]. Aquél día, del cual supongo que fue jueves, o miércoles –ello no viene al caso-, andaba de metrera. Nunca fui hábil en ello, y por qué lo hacía es harina de otro costal[2]. Me encontraba en la estación Miguel Ángel de Quevedo y mataba tiempo antes de ir a la biblioteca y así retrasaba el tener que darme cuenta entre tantos libros que ya nada me interesaba.
Cuando él, el chico de mi historia, bajó del vagón, no pensé en pelarlo; mas ello no por una supuesta superioridad mía, sino al contrario, porque pensé que jamás un chico tan atractivo y –pronto aprendería- simpático pudiese reparar mientes en una metrera poco hábil, es decir, en mí.
Pero me vio. No sé porqué, y sinceramente poco importa. El caso es que me atreví a dirigirle igualmente la mirada[3]. Él venía del gimnasio, ya saben, con una enorme maleta deportiva, que sin afán de ofender sí se veía enorme a su lado y de la que me mostró su contenido, pues en mi mente aún está la imagen de la secadora que llevaba. No puedo hacer comentarios sobre la secadora y no tanto por pudor o cortesía, sino por que realmente carezco de ellos -han pasado los años y no dejo de enmudecer ante el recuerdo de aquella secadora que espero no sea del color que mi memoria suele pintarla-. Hablábamos, y no podía dejar de asombrarme de él ante la relación de los hechos que poblaban su vida. Ignoro durante cuánto tiempo conversamos en la estación, ni tampoco qué pretexto me habré inventado para justificar mi presencia en ella; son detalles ya sin importancia, tan fantástico era conocerlo, y cuando refirió de nuevo –pues ya lo había hecho- que debía ir a la librería, no sé si propuse acompañarlo o acepté su invitación a hacerlo. Me viene a mientes [4] un cuento de Borges, ‘El jardín de senderos que se bifurcan’, en donde Stephan Albert, en su exposición de una novela china, dice que dos mundos posibles con pasados distintos pueden converger en un punto a futuro. Y en cuál mundo posible se hunde mi pasado me es algo epistémicamente oculto.
Él iba a comprar algunos libros de literatura infantil que disfrutó durante su infancia (y tal aclaración no es una perogrullada, aunque suene como tal, es más, evité escribir ‘niñez’, aun si incidí en cacofonía) y que por una u otra razón habíanse desprendido de sus manos a favor, probablemente, de las de otro.
Mientras estábamos en la sección infantil volví a encontrar un libro que había ya leído, aunque sin comprar, junto a una amiga en un librería frente a Plaza Universidad (qué diablos hacíamos ahí es algo que no recuerdo y tampoco imagino, pues a pesar de la mutua confianza y amistad que compartíamos, muy rara vez llegábamos a ir a éste o aquél lugar juntos). El libro trataba un tema de matemáticas, que llamaré ‘teoría combinatoria’, pues no tengo ganas de investigar el nombre de la rama, y en él aparecían un lobo llamado Sócrates, su esposa Jantipa, su amigo Pitágoras la rana y tres cerditos que… El desenlace es bastante irrelevante al resto del cuento, pero a pesar de ello no pienso contarlo, pues en el hartazgo que llega a causar el libro, el final viene a ser la cereza del pastel de tanto-para-esto. Y no es que miente madres al libro, pues éste se disfruta por que produce lo que llamo ‘hartazgo divertido’, o ‘divertihartazgo’[5]. Me prometí que en algún cumpleaños de Alma le compraría el libro, aunque sé que lo haría sólo por el placer de ser su propietario entre mi pago y el acto de regalarlo.
A aquél chico también encantó el libro. Ya lo dije, divertihartazgo. Incluso el chico estuvo deseoso de leer la página explicativa final con un texto adulto a dos columnas y en una fuente a 12 puntos que al 3er renglón dejó[6].
Aquella tarde se hizo corta, volvimos al metro, y nos despedimos.
Y aquí está la muestra de que soy mala persona, pues actué como si mi encuentro con él no me dejara nada: Una semana después estaba en las mismas en la estación Miguel Ángel de Quevedo.
Había apenas llegado a la estación, y al aparecer el tren siguiente al cual me bajé, lo vi, era él, el chico de la anterior semana, sentado al interior de uno de los vagones. Creo que no me vio entonces, y si lo hizo, agradezco que posteriormente no lo mencionara. Al hacer el tren alto total quedaba yo fuera de su campo visual, lo que aproveché para abordar en otro vagón y 5 minutos después fingir un encuentro casual en la terminal Universidad. Y por una vez uno de mis planes funcionó. Nos encontramos de nuevo. No sé cómo fue el saludarnos, pues soy malísimo fingiendo, la falsedad no se me da en absoluto, mas eso no significa que no mienta, sino que miento de una manera muy particular. Tendría que escribir alguna vez sobre mis mentiras.
Fue otra tarde fantástica. Él amablemente me acompañó a la Biblioteca Central. Su conversación me hizo tanto bien, a pesar de que mi memoria mantiene pocos recuerdos dispersos de ella. Por ejemplo, me escuchó cuando referí mi obsesión televisiva del momento: ‘Avatar, el último maestro aire’ (quienes me han oído conversar sobre Star Trek, Doctor Who y otras series saben a qué me refiero, pues yo, en calidad de obseso, no puedo darme bien cuenta). También le mostré uno de mis libros favoritos, Kristina Lavransdatter, y una cita de la autora. Luego conversamos en la cafetería de Arquitectura, donde no recuero si él comió, pero sí, que me platicó de algunos hechos de su vida. Luego, de vuelta, su celular sonó con la tonada de calcetín con rombos-man, y lo acompañe a la parada del puma. Aquel año se habían introducido los nuevos autobuses de las nuevas rutas 7 y 8 del pumabús. Y lo envidié por que él iría en uno que, después sabría, no lo llevaba a su destino.
Creo que lo admiro.
Un día, ya retomado mi derrotero (la palabra está escogida), estaba -sin metrear; ¡qué horror es tener que hacer una aclaración así!- en la estación Copilco, a espera del tren y cuando éste llegó, apareció otra vez él. Tenía ya tiempo de nuestro último encuentro, y su charla se mantenía tan agradable como siempre. Eso me hizo bien. Además se había hecho un tatuaje chistoso que me mostró. Iríamos a la altura de Zapata, cuando me llamó por mi nombre y dijo ‘de seguro no te acuerdas cómo me llamo’. Volví la cabeza al frente y un rayo que atravesó el éter desde mi alma hasta mi cuerpo se materializó por mi boca en una palabra: ‘Pavel’. Me permito suponer que no se lo esperaba, pues de inmediato maldijo mi memoria y la de mi descendencia. Al momento empecé a ver a mis posibles hijos y a mis posibles nietos y a mis posibles bisnietos y a… desmemoriados, por lo que no pude evitar hacer notar que si tenía hijos condenaría a toda una estirpe al olvido. Él no había pensado en aquella posibilidad y retiró su maldición. Para ese entonces habían transcurrido ya miles y miles de años en mi cabeza y mi descendencia habíase ya relacionado y diluido en los pueblos del mundo, por lo que la humanidad entera había caído víctima de la maldición de Pavel. Y nadie lo recordaría. El metro siguió su curso y al poco nos despedimos.
Éstos son tres recuerdos que quería compartir antes que la luz se apague.
Mi obsesión por él -que me hizo escribir esto- no nace, pero se amplifica a partir de la vez que lo vi, sin creer verlo. Las circunstancias del acontecimiento eran del tipo que, supongo bien, pueden provocar un ataque de ansiedad en mí. Pues han de saber que me engento con facilidad, detestó los sonidos altos y las experiencias novedosas, en fin, todo aquello que va contra mi carácter ensimismado. También hace poco creí verlo sin hacerlo y ello ha incrementado la tensión alrededor de su representación en mi cabeza.
Una vez, escondido en una página que ya había visitado varias veces encontré un enlace a su blog. Bueno, he de decir, ello me ha mostrado lo pequeño que es el mundo, pues he hallado pequeñas ligas que bien podría conducirme a él. Pero que me guste provocar encuentros casuales y el mero hecho de que ello sea posible, no hacen que cualquier encuentro provocado lo sea[7]. Para ello hay un arte, de los más valiosos.
Hasta aquí por el momento.
 
[1] Hubiera sido preferible el uso de la palabra ‘factual’, debido a que da lugar a menos equívocos que ‘actual’. Mas con ello se pierde la distinción entre lo que es posible y lo que es en acto.
[2] Tenía la actitud de un alcohólico que avergonzado de su comportamiento decide, en vez de dejar su vicio, mantenerlo oculto. No abandonaba el mío, ni lo ejercía como debiese.
[3] Aquí mi borrador decía ‘Y yo detuve mi huida de la belleza’. ¿Qué me hizo escribir eso? Dada mi baja autoestima, evito generalmente a los chicos más atractivos, pues no me siento merecedor de lo bello y bueno del mundo. Por ello estaba dispuesto a alejarme de él, pero detuve la huida.
[4] Disculpen la frase, pero la abundancia de traducciones en español peninsular sí afectan la propia psique.
[5] Divertihartazgo. s. m. Dícese del gozo causado por algo que descrito meramente por medio de adjetivos no psicológicos se supondría causante de tedio.
[6] Se prefiere el hartazgo divertido frente al tedioso. [Observación gramatical]
[7] Ante la pregunta retórica de si el descubrimiento de su blog no es casual, sólo puedo responder ‘¡Un poco de romanticismo, por favor!’, mientras un susurro dice que no.
 
Post Scriptum.
Tras mi primera revisión del texto he notado –será más evidente al lector que a mí- que he exagerado sobre la relación en que participo con Pavel. Considero que la lectura –incompleta, he de admitirlo- que he hecho de su blog ha provocado en mí una sensación de cercanía y de familiaridad. Yerro al pensar tal sensación fundada.
Si Rab representara alguna relación que efectivamente sostuviese con él, R de ningún modo sería algún predicado que he mantenido en la mente al momento de escribir el anterior texto. A lo sumo la traducción más atinada sería Rxy dice que ‘x acosa de modo tímido y velado a y’.  
Tras la segunda revisión he notado que hago hincapié en lo buena y agradable de su charla sin presentar ejemplos de ella. Ello ha de ser por cómo me trató: como a una persona. No es algo que debería agradecerle, por ser moralmente imperativo, pero aún así lo hago. También he pensado que un mejor título sería ‘la Maldición de Pavel’, que se hace real al verlo sin reconocerlo.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Lo absurdo de una metaperspectiva.

He dejado bastantes cabos sin atar. Probablemente ello con la intención, no totalmente consciente, de oscurecer mi texto y así hacerlo más atractivo a posibles lectores que se den aires de intelectuales. Hay varias cosas que tengo que comentar, y creo que he de empezar con la forma en que mi texto se presenta.
Al parecer, de ‘Seymour: una introducción’ he copiado la manía de intercalar aclaraciones a lo largo de todo el texto. Ya sea por medio de paréntesis, guiones o la subordinación de oraciones. Ello por sí mismo no es malo. Mas al ser mi texto tan corto, el fin explicativo y expositivo del estilo se pierde para no ser más que un ruptor de la narración. Tal vez no debí haber intentado parodiar el estilo que Salinger usó, pero a manera de excusa, más no de disculpa, diré que lo hice casi automáticamente. He tenido bastantes rachas, en que es común que pierda mi tiempo con uno que otro libro ajeno a mi carrera a la vez que me da por escribir correos largos y con un tortuoso contenido emocional donde éstos suelen plasmar las ideas que había leído. Y no sólo son éstas, sino que de aquellos libros bebo su estilo y su digestión me provee de un simulacro que bien sirve para mandar a conocidos mensajes emocionalmente cargados. En un par de casos aquéllos me han hecho saber, por medio de breves enunciados, que salga de sus vidas. Aunque supongo que denotarán nada más mis mensajes, pues todavía me llegan a saludar en la calle, sin que vea en ellos un afán de evitación. Eso, he de decirlo, me confunde, pues en un momento con un corto enunciado me ordenan que me aleje, y luego me saludan como siempre lo han hecho.
He de presumir que son varios estilos los que he imitado: donde las pausas orales se dan por medio del tamaño del vacío entre palabras, en que se suprime toda puntuación a excepción de la coma, otro a manera de argumento, sin olvidar a aquellos en tercera persona y los que hacen reír por su formalidad. Siempre trataba de que cada quien recibiera un mensaje diferente y no uno reciclado. Eso es lo que puedo decir de mi estilo. ¿Hasta qué punto es mío y hasta cuál de otro?
Ahora daré paso a los temas en frases aisladas.
Hubo una frase que me provocó suspicacia y dudé mucho sobre dejarla o añadirle una explicación. No quise entonces explicarla pues me parecía bella per se. Es la frase sobre el paraguas de gancho y pico. Y no quiero tanto explicarla como pedir que se repare en ella. Uno suele inclinarse a comprar aquellos paraguas compactos que fácilmente caben en cualquier bolsa; ello no es sólo por comodidad al cargar, sino también por comodidad económica, pues se compra barato a un ambulante cuando las gotas parecen inminentes a caer y, al llevarlo guardado, se hace improbable el dejarlo olvidado en alguna parte. Una vida con tantos menesteres exige que se evite el quedar manco, y no otra cosa parece ser destinar una mano a una sombrilla mientras se va en el transporte público, se está al interior de edificios o en un exterior que ha decidido no llover. [Cosa contraria si nos encontrásemos en un verdadero chaparrón lejos de cualquier tejado]. El tamaño de un paraguas de gancho y pico no permitirá que se le destine a la bolsa, como un labial o el disco pirata que acabas de comprar. No, te obligará a llevarlo en mano. Además, no vendrá con una cinta para colgarlo de la muñeca a la manera de una correa para perro o para niño. Jamás te permitirá esa desatención. Los ademanes que recomiendo son: tomarlo como a una pareja, con una mano en su cintura y sincronizar su ritmo al caminar; o como un sable, y mantener su cuerpo perpendicular al propio, al tiempo que se descansa su parte superior en antebrazo, muñeca y mano; si se está detenido como un bastón, sin apoyar el peso en él, no vaya  a ser que la punta resbalé. Y mi favorito, como un fusil de lanceros, ya saben, apoyado en tu mano y tu hombro, con la punta al aire, lo que da un porte marcial y algo cómico –pero no por ello ridículo. El paraguas por su forma y tamaño se hace respetar. Aunque solía tener un paraguas de los pequeños, cuando lo llevaba e iba sin mochila, adoraba posar de la forma (4) y andar con la (1).
En otro tópico, es evidente que el tratado que refiero no es otro que aquél cuyo título sugirió G. E. Moore. Pero hay que notar que la referencia no es directa, sino mediada. Y para aquellos que aún no lo comprenden, he de decir que soy wittgensteniano. Tal vez por ello al momento de describir la playera del chico hice una distinción entre una carente de mangas y otra a la que se las han quitado. Al usar el término ‘carente’ tenía en mente la distinción entre ‘sinnlos’ –carente de sentido- y ‘unsinning’ –sinsentido-; no sé, así que no pregunten cómo diablos pretendía hacer un paralelo entre aquellas nociones tractarianas y unas prendas de ropa. Es algo que hasta mí desconcierta.
Otro tema que considero capital, es el del desahogo. Pues he reflexionado y no debo no deshacerme de mi desahogo, sino domeñarlo. Sin él mis palabras quedan con un desabrido sabor a papel. Recuerdo que en diciembre, en que deshice mi blog, eliminé unos escritos que tenía ‘por ahí’, entre ellos una carta de amor que escribí a un chico que no se merecía ni el papel en que fue impresa. La carta era perfecta, a lo sumo su único error era un término -y que en una extraña manía con un clip adjuntara reflexiones de por que me fajé con su mejor amigo-. Mi desahogo es fantástico, pues trueco mi inestabilidad emocional expresada en impulsos nerviosos por una expresada en palabras. Y es increíble que una ráfaga de iones de sodio y de potasio pueda ser tan bella.
Escribí: ‘creí sentir nostalgia’. ¿Por que usé tales palabras?, tal vez por que me di cuenta que no era así. No sentí nostalgia alguna, sino deseo de identificación. No quería raparme para recuperar mi antiguo corte, sino para obtener el del chico. Quería ser uno con el chico. Cuando vi su hombro, no pude evitar pensar en el mío y quise haber lucido aquel día desmangado para que mis miembros reflejaran los suyos; quería instanciar todas sus propiedades para ser él por Ley de Leibniz. Este deseo de unidad encuadra perfecto con la soledad que sentía. Hay un deseo de pertenencia frente a una situación de ausencia. Aquél día no vi a ninguno de mis amigos; si hubiera visto a Ámbar, me hubiese invitado a salir con la banda, y quizás yo aunque apenado creo que no le hubiera dicho que no. Como la vez que me arrastró hasta el Marrakech; ¡Dios!, iba entre ella y Ángel en el asiento trasero del auto de su amigo, y Omar podrá imaginarse que de haber estado yo a lado de una puerta habría expresado la intención de bajarme de inmediato, aun con el vehículo en movimiento. O como la vez que encogido de hombros y aduciendo que me daba igual los acompañe a Coyoacán. De tantas invitaciones alguna tiene que pegar, ¿no?, es simple probabilística. Por ello no es demasiada coincidencia que el mismo día que refiero haya por fin sucumbido a Facebook.
También, el que recordase una historia sobre la muerte señala mi propia finitud. Y he de agregar que de haber terminado por escrito esa historia, me habría encantado que Ángel la ilustrase. No sólo por mi falta de talento, sino por que es mi amigo y sería encantador crear algo en conjunto. Podría ahondar más en todo esto, pero terminaría con el sermón del hombre como symbolo del hombre. Y sería muy despreciable de mi parte pretextar a Platón de mi registro en Facebook.
Hasta aquí el tema sobre la soledad.
Faltan, y dejaré pendientes, los temas de la escritura y egoísmo, pues en mí están más encadenados de lo que podría suponerse -como es patente en un mensaje que mandé a Omar a raíz de la película ‘Reprise’. Además de que uno y otro los trato bastante y más temprano que tarde germinarán aquí. ‘¿Y tu actitud de acoso, dónde queda?’ También para ello habrá tiempo.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Bajo una nueva perspectiva.

Al parece otra vez he abjurado de mi ludismo. Desconozco cuánto durará mi herejía en esta ocasión, pero trataré de aprovechar la ruptura con mi fe.
Por las palabras 'otra vez' y por el hecho de estar aquí escritas es posible imaginar que no es mi primer blog. No, no lo es. Ya hace un tiempo mantuve uno, pero lo eliminé. Su destrucción fue sistemática, pues fui borrando entrada por entrada, para luego mandar al traste la página completa. Recuerdo que escribí una entrada para explicar mi afán destructivo, creo que la titulé 'la noche de los cuchillos largos', y mientras leía las entradas y decidía en qué grado merecían su eliminación, la mantuve, para al final compartir el destino de sus compañeras.
En fin. Ayer me sentí solo, y con tal expresión no me refiero a la soledad común que todo el mundo alguna vez llega a sentir y la cual puedo respetablemente sobrellevar, como un buen paraguas de gancho y pico. Me sentía solo porque ni siquiera me sentía conmigo. Y mis pensamientos gravitaron en torno al oficio del escritor; primero, debido a que en estos días leí a Salinger, luego, porque planeo provocar un encuentro casual -el libro de S. me ha mostrado que el término no es erróneo, ni debería ser sustituido por su homógrafo entrecomillado- con alguien que entre sus ocupaciones parece representar bien lo que es un escritor, y, por último, ya que las historias que creo dejan rara vez su estado de impulsos electroquímicos en mi cuerpo para encarnar en algún otro signo material, y si llegan a hacerlo sería excesivo calificarlas de borrador.
Tal vez es mi egoísmo que se basta con contarse historias a sí mismo (atención a los reflexivos). Hubo una ocasión en que creé un cuento para niños, y a lo sumo con él barrunté una o dos hojas de cuaderno, tamaño francés. Su tema era la muerte y la trama fue tal que derramé bastantes lágrimas. Quería mencionarlo, pues ayer recordé aquel llanto mío. Me pregunto si el cuento no lo he ya condenado.
Ayer mientras iba en el metro, después de, y quizás todavía con, aquellas meditaciones, y leía un libro sobre el Tractatus -para muchos como yo sólo hay un Tractatus, y no es precisamente el de Spinoza-, subió un chico atractivo, pienso que ello basta para describirlo y sólo por razones de contexto mencionaré un rasgo: lucía un mohicano. Hace un año también lucí uno, pero no tan perfecto como el suyo, y creí sentir nostalgia por mi antiguo corte de cabello que inclusive llegué a pensar en hacérmelo de nuevo. Este chico, además, vestía una playera sin mangas -no una hecha carente de mangas, sino una a la que se las han cortado- y al estirar el brazo izquierdo para asirse del tubo quedó al descubierto su hombro. Fue un espectáculo la visión de aquellos huesos, músculos y tendones apenas cubiertos por una delgada capa de piel. Desde ese momento mi lectura quedo en vano intento.
¿No les ha pasado no poder sostener la mirada de quien les gusta? Yo ni siquiera puedo ver su imagen, como si con ella mis ojos se colmaran de luz, y debo mirar a otro lado. Eso fue lo que me volvió a pasar, pero no me impidió -aunque se podría decir que provocó- que cuando el chico bajó del tren, transbordó y subió a otro, lo siguiera. Lo hubiera seguido cuando salió a la calle -y sí, lo hubiera seguido si se toman en cuenta los mares de gente que encontré en el metro a esa hora- pero quería dejar de hacerlo y el perderlo de vista un instante me detuvo lo suficiente para que dudara el tiempo suficiente para que él se alejara.
Luego quedé pensativo, recapitulé los hechos del día, incluyendo mis reflexiones sobre el Escritor y, al pasar revista a la representación del chico del mohicano, detalles de posible curiosidad o atracción de él hacia mi persona. Ello empujó mi pensar al intento de inferir su destino a partir de la ruta seguida. Pero fue sólo pensar.
Basta. Esto ha sido más que suficiente para una primera entrada, además he escrito por mero desahogo. Y si me dejo guiar siempre por ello, nunca podré imponerme la disciplina que deseo. Trataré que futuras entradas sí sean objeto de revisión.