Erré al escribir en un cuaderno la oración ‘El problema con mis personajes es que tienen una vida mental muy intensa’. Mis personajes no pueden tener una vida mental muy intensa debido a que a duras penas sostienen un simulacro de vida. ¿En qué forma su vida mental podría ser intensa, si buena parte de la acción están tendidos, o mejor dicho echados, en su cama o su sofá sin hacer algo o decir palabra?
Una vida mental intensa se transluce en una vida intensa. A saber, no basta representarse una y otra vez en la memoria lo vivido con el amado e imaginar un futuro idílico con él, no, de ninguna manera; sino que se sale en busca de él, se le aparece de repente en el lugar de estudio o de trabajo, se impreca juramentos por el zigzagueo de sus actos y, posiblemente, se llega a golpes con un supuesto rival.
Mis personajes reflejan mi vida, sí, pero el pedo es que no tengo vida alguna que reflejar. Ello se ha hecho patente multiplicidad de veces. Por ejemplo, la última fue la semana pasada cuando conocí un chico. No puedo decir mucho sobre ello, pues no es la primera persona, ni la última en la cual estoy interesado.
No fue la primera vez que lo veo. Ya lo he encontrado varias ocasiones y éstas incluso se remontan algunos años en el pasado. Me ha atraído. No es algo especial, no es como las otras obsesiones de las que he sido sujeto, todavía no llego a tanto, sin embargo tampoco descansa en el mero reconocimiento de su ser atractivo.
El chico posee una fisonomía facial que me encanta, pues resaltan los rasgos angulosos y óseos que le dan firmeza a un rostro y que exaltan su virilidad, además de que suavizan la piel cacariza de sus mejillas. Y no obstante lo marcado de sus huesos y cartílagos, hay suficientes capas adiposas para dar fuerza y expresividad al rostro.
Alto no lo considero, incluso a pesar de ser mayor su estatura que la mía, unos 1,75 he de calcular. Asimismo bajo su ropa suelo suponer una estructura ósea media, que armada y recubierta con otros tejidos celulares resulta en un cuerpo delgado.
Resalta el fuego de sus ojos, la seguridad con que mira. Eso siempre me ha intimidado. Y lo he encontrado tan distinto de mi propia persona, pues pese a que muchos consideran mi cuerpo atractivo, lo encuentro yo fofo y carente de consistencia -ello es claro en la flojedad de mi postura-. Más distinto no podía ser su caso. Me figuro una columna fuerte que obliga a todos los miembros a estar erguidos en un tira y afloja de la propia elasticidad de las uniones y puentes entre las distintas unidades orgánicas de su cuerpo.
Yo no lo conocí, carecí del valor para hacerlo. Él fue quien hizo tal movimiento. Nos encontramos tanto el miércoles como el jueves pasados. El miércoles su atención pareció dirigirse hacia mi persona, y en efecto ello ocurrió, pero debido a mi incapacidad de tratar los negocios humanos, necesité de otros criterios para confirmarlo, y ni así estuve seguro. Odio esa parte, es difícil para mí tener que observar en busca de tales criterios cuando ni siquiera soy capaz de alzar la mirada. ¿Cómo veré si un chico manifiesta una conducta de interés por mí, si mis ojos suelen volverse ante él?
Fue el jueves cuando ocurrió. Desde la estación Chabacano nos encontramos. Mas él estaba sentado de tal manera que quedaba yo a sus espaldas (o mejor dicho, ya que él había subido estaciones antes, fui yo quien se situó fuera de su campo visual). Siempre me ha incomodado que las miradas que se posan en mí. Trate de leer ‘Zettel’, sin embargo en varias ocasiones mi mirada resbalaba del texto al suelo, pasaba por el resto de los pasajeros y llegaba a él. Esperaba descubrirlo si, aun sea por curiosidad, llegaba a voltear la cara, pero es evidente que en esas condiciones fui yo el descubierto. En un momento él se cansó de ese juego de ‘tú sabes que yo sé que…’, se levantó de su asiento y me dirigió la palabra.
Pocas palabras habíamos intercambiado cuando lo sentí lejano. Ello ocurrió al inquirir por cómo había nacido su gusto por lo que hacía. Mi mirada baja, por el gesto de guardar el libro que aún llevaba en la mano, fue un efecto de aquella desazón. No pude resistir el hecho que él desde pequeño había sentido el latido vital bajo el que vibra el universo. El sabor de sus palabras se volvió extraño. Ya que, de ello estoy convencido, su voz seguía el mismo ritmo que él ha seguido durante toda su vida, el cual está coordinado con el del universo. Sólo puedo imaginarme al chico como un fauno que se funde en la melodía placentera de la noche.
Yo soy su antípoda. En mi carta astral importantes meteoros se sitúan en Acuario (poco importa que la constelación de la Cabra se hallará ya en aquella parte de la bóveda celeste): el cálido Sol que me da la vida, el poderoso Júpiter que me gobierna y el locuaz Mercurio que media mi mundo; todos ellos bajo el signo de la intelectualidad. Mi razón ilumina tan claramente los límites de la finitud que he descubierto la máscaras bajo la cuales la realidad aparece. Sé de la impostura del orden. Yo no siento el latido del mundo, más bien su grito de agonía. Siento el temblor del suelo y la tormenta del cielo convergiendo en un abrazo cósmico; tan claro vi las estacas que fingen sostener el cielo.
El chico es el movimiento de la eternidad que acompasada en el tiempo crea la música de las esferas. No puede evitar bailar con ellas. Yo soy el reverso de la moneda. Soy el universo que atomizado se diluye en un caos. Bajo pesas y medidas la forma de los objetos es la misma, desnudos ya. No puedo acallar mi grito en el desierto.
Somos dioses cuyo encuentro sólo significa la caída del uno en el otro, que no es sino el entusiasmo de la materia entrelazada y las formas agolpadas en una eternidad momentánea. Nuestra pasión (la suya por la vida, la mía por la muerte) se manifestaría en un único éxtasis que arrasaría hasta la misma periferia del universo. Todo en un abrazo.
Me dio su correo y lo agregué al msn como si nada. Pude ser más asertivo, hacer una cita con él y dejar que el universo implosionara en nuestra carne. Mas esa intensidad cósmica la he ahogado en mi mente. Su último aliento se expresa en una escritura huera.
Una vida mental intensa se transluce en una vida intensa. A saber, no basta representarse una y otra vez en la memoria lo vivido con el amado e imaginar un futuro idílico con él, no, de ninguna manera; sino que se sale en busca de él, se le aparece de repente en el lugar de estudio o de trabajo, se impreca juramentos por el zigzagueo de sus actos y, posiblemente, se llega a golpes con un supuesto rival.
Mis personajes reflejan mi vida, sí, pero el pedo es que no tengo vida alguna que reflejar. Ello se ha hecho patente multiplicidad de veces. Por ejemplo, la última fue la semana pasada cuando conocí un chico. No puedo decir mucho sobre ello, pues no es la primera persona, ni la última en la cual estoy interesado.
No fue la primera vez que lo veo. Ya lo he encontrado varias ocasiones y éstas incluso se remontan algunos años en el pasado. Me ha atraído. No es algo especial, no es como las otras obsesiones de las que he sido sujeto, todavía no llego a tanto, sin embargo tampoco descansa en el mero reconocimiento de su ser atractivo.
El chico posee una fisonomía facial que me encanta, pues resaltan los rasgos angulosos y óseos que le dan firmeza a un rostro y que exaltan su virilidad, además de que suavizan la piel cacariza de sus mejillas. Y no obstante lo marcado de sus huesos y cartílagos, hay suficientes capas adiposas para dar fuerza y expresividad al rostro.
Alto no lo considero, incluso a pesar de ser mayor su estatura que la mía, unos 1,75 he de calcular. Asimismo bajo su ropa suelo suponer una estructura ósea media, que armada y recubierta con otros tejidos celulares resulta en un cuerpo delgado.
Resalta el fuego de sus ojos, la seguridad con que mira. Eso siempre me ha intimidado. Y lo he encontrado tan distinto de mi propia persona, pues pese a que muchos consideran mi cuerpo atractivo, lo encuentro yo fofo y carente de consistencia -ello es claro en la flojedad de mi postura-. Más distinto no podía ser su caso. Me figuro una columna fuerte que obliga a todos los miembros a estar erguidos en un tira y afloja de la propia elasticidad de las uniones y puentes entre las distintas unidades orgánicas de su cuerpo.
Yo no lo conocí, carecí del valor para hacerlo. Él fue quien hizo tal movimiento. Nos encontramos tanto el miércoles como el jueves pasados. El miércoles su atención pareció dirigirse hacia mi persona, y en efecto ello ocurrió, pero debido a mi incapacidad de tratar los negocios humanos, necesité de otros criterios para confirmarlo, y ni así estuve seguro. Odio esa parte, es difícil para mí tener que observar en busca de tales criterios cuando ni siquiera soy capaz de alzar la mirada. ¿Cómo veré si un chico manifiesta una conducta de interés por mí, si mis ojos suelen volverse ante él?
Fue el jueves cuando ocurrió. Desde la estación Chabacano nos encontramos. Mas él estaba sentado de tal manera que quedaba yo a sus espaldas (o mejor dicho, ya que él había subido estaciones antes, fui yo quien se situó fuera de su campo visual). Siempre me ha incomodado que las miradas que se posan en mí. Trate de leer ‘Zettel’, sin embargo en varias ocasiones mi mirada resbalaba del texto al suelo, pasaba por el resto de los pasajeros y llegaba a él. Esperaba descubrirlo si, aun sea por curiosidad, llegaba a voltear la cara, pero es evidente que en esas condiciones fui yo el descubierto. En un momento él se cansó de ese juego de ‘tú sabes que yo sé que…’, se levantó de su asiento y me dirigió la palabra.
Pocas palabras habíamos intercambiado cuando lo sentí lejano. Ello ocurrió al inquirir por cómo había nacido su gusto por lo que hacía. Mi mirada baja, por el gesto de guardar el libro que aún llevaba en la mano, fue un efecto de aquella desazón. No pude resistir el hecho que él desde pequeño había sentido el latido vital bajo el que vibra el universo. El sabor de sus palabras se volvió extraño. Ya que, de ello estoy convencido, su voz seguía el mismo ritmo que él ha seguido durante toda su vida, el cual está coordinado con el del universo. Sólo puedo imaginarme al chico como un fauno que se funde en la melodía placentera de la noche.
Yo soy su antípoda. En mi carta astral importantes meteoros se sitúan en Acuario (poco importa que la constelación de la Cabra se hallará ya en aquella parte de la bóveda celeste): el cálido Sol que me da la vida, el poderoso Júpiter que me gobierna y el locuaz Mercurio que media mi mundo; todos ellos bajo el signo de la intelectualidad. Mi razón ilumina tan claramente los límites de la finitud que he descubierto la máscaras bajo la cuales la realidad aparece. Sé de la impostura del orden. Yo no siento el latido del mundo, más bien su grito de agonía. Siento el temblor del suelo y la tormenta del cielo convergiendo en un abrazo cósmico; tan claro vi las estacas que fingen sostener el cielo.
El chico es el movimiento de la eternidad que acompasada en el tiempo crea la música de las esferas. No puede evitar bailar con ellas. Yo soy el reverso de la moneda. Soy el universo que atomizado se diluye en un caos. Bajo pesas y medidas la forma de los objetos es la misma, desnudos ya. No puedo acallar mi grito en el desierto.
Somos dioses cuyo encuentro sólo significa la caída del uno en el otro, que no es sino el entusiasmo de la materia entrelazada y las formas agolpadas en una eternidad momentánea. Nuestra pasión (la suya por la vida, la mía por la muerte) se manifestaría en un único éxtasis que arrasaría hasta la misma periferia del universo. Todo en un abrazo.
Me dio su correo y lo agregué al msn como si nada. Pude ser más asertivo, hacer una cita con él y dejar que el universo implosionara en nuestra carne. Mas esa intensidad cósmica la he ahogado en mi mente. Su último aliento se expresa en una escritura huera.