¿Qué ha pasado con el cuento ‘El hombre que compró la Luna’? He de confesar que hace tiempo he abandonado aquel proyecto por que no he podido formarme una historia en la cabeza. Aunque sería más correcto decir que no he logrado fijar uno de las múltiples imaginaciones que navegan por ella.
Sí, logré imaginar algunos detalles demasiado generales. El tiempo, por ejemplo: el cuento debía tener lugar antes de la era espacial, incluso antes de considerar a ésta posible o digna de atención. También pensé que un hombre sería el protagonista, no una mujer. Él habría vivido en algún lugar de las Grandes Llanuras, bien puede ser en Kansas, en Oklahoma o en alguna de las Dakotas. Lo que buscaba con tal locación era el sentimiento de estar rodeado sólo por el horizonte, ello gracias a su nula orografía y a su baja densidad de población. Entiendo por qué el lugar se ha explotado para desarrollar historias de feroces asesinatos: la víctima desaparece no con el hecho de morir, sino con su entrada a esa inmensidad.
Mi primera pretensión fue expresar el absurdo del poseer. Por ello me serviría de algo físicamente inalcanzable, algo que no garantizase al propietario más disfrute que a cualquier otro y ello causara que el personaje se amargase. Sin embargo tal amargura sería anterior a la compra, ésta sería un simple catalizador del carácter del hombre.
Sí, logré imaginar algunos detalles demasiado generales. El tiempo, por ejemplo: el cuento debía tener lugar antes de la era espacial, incluso antes de considerar a ésta posible o digna de atención. También pensé que un hombre sería el protagonista, no una mujer. Él habría vivido en algún lugar de las Grandes Llanuras, bien puede ser en Kansas, en Oklahoma o en alguna de las Dakotas. Lo que buscaba con tal locación era el sentimiento de estar rodeado sólo por el horizonte, ello gracias a su nula orografía y a su baja densidad de población. Entiendo por qué el lugar se ha explotado para desarrollar historias de feroces asesinatos: la víctima desaparece no con el hecho de morir, sino con su entrada a esa inmensidad.
Mi primera pretensión fue expresar el absurdo del poseer. Por ello me serviría de algo físicamente inalcanzable, algo que no garantizase al propietario más disfrute que a cualquier otro y ello causara que el personaje se amargase. Sin embargo tal amargura sería anterior a la compra, ésta sería un simple catalizador del carácter del hombre.
Sin embargo, mis historias siempre han sido un reflejo mío, de mi pensar y de mi sentir, en breve, de mi vivir. Pero mi vida se ha tornado más feliz[1], cada vez más. Ha entrado a ella alguien que me ha mostrado en la práctica –y no como un refuerzo de la teoría que firme mantengo- que puedo ser feliz.
Bajo la nueva luz que alumbran mis pensamientos pensé en rehacer la trama y hacer a un hombre comprar la Luna y a su estirpe soñar con ella. Narraría la historia de una familia que se alza al cielo, no sólo a la Luna, sino también a sus sueños. En tal versión la compra sería una estafa obvia[2], pero ello no impediría que cada generación contase la anécdota a sus vástagos. Los niños soñarían en como tal hecho modifica su vida y su imaginación se vería potenciada. Podrían soñar con tener una mina de queso, en subir a la montaña más alta para alcanzar la Luna o también con lazarla. Los adelantos tecnológicos del siglo XX no aplastarían sus fantasías, sólo las moverían a otra parcela en la cual crear; los globos se volverían aviones y las montañas cederían su lugar a rascacielos. Mil sueños distintos iluminarían el ansia de tocar alguna vez su superficie.
Claro, los niños, al pasar por la pubertad, se sentirían engañados al haber tenido tales fantasías, los roería la idea de ser tan tarados para caer en el mismo fraude que su ancestro. Pero ello tan sólo sería una fase. Pues al querer rehuir de sus sueños buscarían por más en el mundo; lo que les revelaría conocimientos, sentires y pensamientos nuevos, de los que se servirían una vez que madurasen y valorasen sus sueños de nuevo para cumplir estos. Algún día uno de esos niños soñadores llegaría ser un astronauta que pondría sus pies en suelo selenita y que lloraría al recordar la historia del lejano abuelo que compró la Luna. Se podría terminar en él, pero no lo haría yo. Pues el cumplir un sueño no cancela la capacidad de soñar, sólo la estimula. Tal vez el hijo o nieto de ese astronauta, qué he de saber yo, se volverá un escritor cuyo primer texto fue motivado por la historia de aquel familiar que compró la Luna. Con ella se le había tratado de hacer dormir, pero una vez solo, se sentaría en el vano de su ventana a ver la Luna y, con ella a su vista, a escribir lo que su corazón le dictase.
Tal historia sería bastante larga y yo aún carezco de la madurez para llevar a cabo un proyecto semejante. Mis cuentos apenas son ensayos de lo que espero sea la grandeza de mi alma puesta en palabras.
[1] No se ha tornado, la he tornado. La suerte puede sonreírnos, no la felicidad, que es nuestro sonreír. Uno puede encontrarse ante las condiciones más favorables del mundo y no obstante ser un pobre desdichado. No me puse como sujeto del cambio que tuvo mi vida sólo para recalcar el cambio mismo.
[2] Tuve la tentación, entre mis primeras ideas, que la compra fuese válida. Imaginé escenarios, pero pronto me di cuenta que para los propósitos de mi historia la legitimidad de la transacción valía madres.
Bajo la nueva luz que alumbran mis pensamientos pensé en rehacer la trama y hacer a un hombre comprar la Luna y a su estirpe soñar con ella. Narraría la historia de una familia que se alza al cielo, no sólo a la Luna, sino también a sus sueños. En tal versión la compra sería una estafa obvia[2], pero ello no impediría que cada generación contase la anécdota a sus vástagos. Los niños soñarían en como tal hecho modifica su vida y su imaginación se vería potenciada. Podrían soñar con tener una mina de queso, en subir a la montaña más alta para alcanzar la Luna o también con lazarla. Los adelantos tecnológicos del siglo XX no aplastarían sus fantasías, sólo las moverían a otra parcela en la cual crear; los globos se volverían aviones y las montañas cederían su lugar a rascacielos. Mil sueños distintos iluminarían el ansia de tocar alguna vez su superficie.
Claro, los niños, al pasar por la pubertad, se sentirían engañados al haber tenido tales fantasías, los roería la idea de ser tan tarados para caer en el mismo fraude que su ancestro. Pero ello tan sólo sería una fase. Pues al querer rehuir de sus sueños buscarían por más en el mundo; lo que les revelaría conocimientos, sentires y pensamientos nuevos, de los que se servirían una vez que madurasen y valorasen sus sueños de nuevo para cumplir estos. Algún día uno de esos niños soñadores llegaría ser un astronauta que pondría sus pies en suelo selenita y que lloraría al recordar la historia del lejano abuelo que compró la Luna. Se podría terminar en él, pero no lo haría yo. Pues el cumplir un sueño no cancela la capacidad de soñar, sólo la estimula. Tal vez el hijo o nieto de ese astronauta, qué he de saber yo, se volverá un escritor cuyo primer texto fue motivado por la historia de aquel familiar que compró la Luna. Con ella se le había tratado de hacer dormir, pero una vez solo, se sentaría en el vano de su ventana a ver la Luna y, con ella a su vista, a escribir lo que su corazón le dictase.
Tal historia sería bastante larga y yo aún carezco de la madurez para llevar a cabo un proyecto semejante. Mis cuentos apenas son ensayos de lo que espero sea la grandeza de mi alma puesta en palabras.
[1] No se ha tornado, la he tornado. La suerte puede sonreírnos, no la felicidad, que es nuestro sonreír. Uno puede encontrarse ante las condiciones más favorables del mundo y no obstante ser un pobre desdichado. No me puse como sujeto del cambio que tuvo mi vida sólo para recalcar el cambio mismo.
[2] Tuve la tentación, entre mis primeras ideas, que la compra fuese válida. Imaginé escenarios, pero pronto me di cuenta que para los propósitos de mi historia la legitimidad de la transacción valía madres.