Sin título.
Me detuve porque estaba cansado, pues dudo que me hubiera dado cuenta de lo absurdo e infantil que era tratar de huir de él. Sólo estaba fatigado por tanto caminar y pensar al unísono, debía de abandonar uno de ellos. Por eso me detuve debajo de aquella cornisa de una tienda cerrada. Se resguardó también bajo la cornisa y me preguntó por qué me había al fin detenido. Le dije que estaba cansado. Tomé un largo respiro y me senté de cuclillas un instante, y a esa menor altura las gotas que chocaban contra el suelo salpicaban mi rostro ya mojado. Me observaba, lo sé, mientras yo fingía ver al frente. Del otro lado de la calle había una tienda departamental que sería un mejor refugio contra la lluvia y contra mis pensamientos, pero no quería estar rodeado de gente si estallaba la bomba que habíamos armado entre los dos. Por fin alcé la cara hacia su rostro, entonces él veía hacia la tienda, bajó su mirada y sonrió al encontrarse con la mía y volvió a ver de frente. Me paré y fue ese el momento en que me preguntó si no sería mejor que nos guareciéramos en la tienda de enfrente.
Media hora antes nos habíamos encontrado, en la misma banca en que varias veces lo habíamos hecho, pues sabía que le gustaba ese lugar a lado de una iglesia vuelta museo, estaba rodeada de árboles y era muy tranquilo su atrio. Llegué primero y cuando lo vi acercarse me levanté, más por inercia que por verdadera alegría de encontrarlo, hoy no me besó en cuanto me alcanzó, había visto mis ojos y supongo que su interior; me pregunto ‘¿estás bien?’, dije ‘sí’, obviamente le mentí. Mis ojos se humedecieron así que le pedí que caminásemos. Le pregunté cómo le había ido, y me dijo que bien, y otra vez me contó -ya lo había hecho por teléfono- de la cena con Gustavo y Linda. ‘Se ven muy felices casados’, me dijo. Recordé lo felices que se vieron en su boda y, en un intento de poner orden a las emociones que mis distintos pensamientos convocaban, aceleré el paso. A él le fue más difícil hablar y caminar a ese ritmo, por lo cual, después de seguirme un rato, volvió a su paso habitual obligándome a disminuir el mío. Para llenar el vacío que entonces sentía le invité un helado.
Entonces creí que todo se me pasaría si me abandonaba unos instantes; después, porque supe que no sería así me, negué a entrar a la tienda. No sé si pretexté la gente, la lluvia o el calor, pero él aceptó continuar bajo la cornisa. El sonido del aguacero nos cubrió, no era que arreciara, sólo callábamos. Sabíamos lo que el otro pensaba, tal vez por ello nos besamos antes de soltar las palabras que cada uno guardaba. Fue un beso muy tierno y mientras nuestras manos aún se posaban en el rostro del otro sonreímos. Mis pensamientos dieron un giro, recordé la rosa que me dio la segunda vez que salimos, la primera vez que me dijo que me amaba en un KFC mientras yo tenía la boca atascada de pollo, el abrazo que me dio por haber olvidado mi cumpleaños. El debió pasar revista a recuerdos similares. Nos besamos de nuevo y nos abrazamos. Fuertemente sujetábamos el cuerpo del otro cuando le dije al oído que quería terminar y él me respondió ‘lo sé’.
No hubiera esperado ser tan cortés minutos antes. Tras comprar los helados, nos habíamos sentado a consumirlos sin decir nada. Un poco de helado cayó sobre su pantalón y con una servilleta lo limpió. Hace unos meses nos hubiéramos reído de la situación y hubiera yo pasado la servilleta para retirar el helado con mucho cuidado. Supe que era esa pesadez que hace tiempo sentía en el pecho. Sí, quería romper con él, porque no deseaba verlo más en la vida, y su imagen me amargaba. Fueron todas aquellas pequeñas bombas que cebamos en silencios. Entonces lo odiaba y no me sentía capaz de dirigirle palabra alguna sin que me vencieran las ganas de golpearlo. Empezó a lloviznar. Vámonos dije y empecé a caminar sin ver si me seguía o no. Luego la lluvia se soltó, volví la mirada y me di cuenta que me seguía, por lo que caminé más rápido, y así caminamos varias calles hasta que necesité de un descanso y me detuve bajo una cornisa, y él se detuvo a mi lado.
Y todo fue sencillo. Nos soltamos y dijo a manera de comentario ‘¿así que hemos terminado?’, afirmé solamente con la cabeza, mantuvimos las miradas bajas y cuando por fin nos atrevimos a encontrarlas sonreímos, no nos buscaríamos y sólo nos volveríamos a ver si Dios así lo quería. Oí cuando dijo ‘creo que me voy’ y le dije que no, que el que se iría era yo, pues podía resistir más el frío de la lluvia que él, que siempre enfermizo debía ir a la tienda de enfrente. Nos dimos las manos y partí sin volver la mirada atrás.
Extractos.
...Lo volví a ver en aquella vieja librería del Centro. Iba con su amigo, aunque ya deben ser novios por los chismes que me han llegado. Siempre vi en la mirada de José los sentimientos que mantenía por Alex, pero más que celos, me provocaba pena, por la cantidad de años que llevaba de conocerlo sin jamás atreverse a dar un paso más allá. El rompimiento tortuoso que provoqué con Alex creo que le fue una oportunidad inmejorable para entrar en escena y, por raro que suene, me alegro por ello, sé que son una linda pareja. José me vio, pero fingió no hacerlo y nada dijo a Alex de ello, en cambio me volvió la espalda e hizo que éste hiciera lo mismo, creo que tomó un libro y fingió interés. No debía preocuparse por mí, en ninguna forma estoy dispuesto a intentar una arremetida para recuperar su amor, a pesar de mis sentimientos. Por ello en cuanto me dieron la espalda yo les di la mía y me largué. Es cierto que amé a Alejandro, y que aún lo amo, pero no quiero ver que el decaimiento corporal de mis últimos días se refleje en un sufrimiento suyo. Quiero evitarle las idas al hospital y muchos menos cuando se haga patente mi desahucio. Han pasado apenas 2 meses de mi diagnóstico y ya he perdido 10 kilos. Los doctores me dieron 6 meses de vida, no creo que cumpla con su pronóstico.
...Me han llamado del trabajo, desean que vuelva, me han ofrecido un mejor puesto, han de creer que renuncié porque no me sentía satisfecho. Ahora ocupo mi tiempo libre no para leer los libros que nunca leí, ni para ir a los lugares que nunca fui y menos para conocer a las personas que nunca me atreví a conocer, no, aprovecho para escribir sobre mi vida que, aunque desdichada en una parte, fue feliz. También truco multitud de argumentos para cuentos, pero hay una línea que todos siguen, el chico que esperaba ser feliz cuando consiguiera lo que desea, pero una vez obtenido eso su estado no puede ser más desdichado.
...José me ha venido a ver, ha oído los rumores de que estoy enfermo, y quiere informarse antes de que se entere Alex. Para su alivio niego tener sida. Trato de ser amable, también de mostrarme ocupado, su visita es sumamente desagradable y sólo quiero que se vaya lo más pronto posible. Me equivoqué cuando lo consideré un tonto bueno, no, está bien pendejo y es muy malvado. No le he dicho lo que tengo y sólo he dado una respuesta muy general, un mal funcionamiento de mi organismo. Niego estar desahuciado, me asquearía ver una sonrisa en su cara al decirle la verdad, esto no es asunto suyo. Le digo que es temporal y con falsedad me desea una pronta recuperación, yo le agradezco y le deseo lo mejor, lo digo de corazón, no estoy de ánimos para soltar veneno por el mundo.
...Un martes en la mañana me sorprende ver a Alejandro en mi puerta. Por fin la noticia le ha llegado. Cuando abro la puerta veo cuán rápido sus ojos se humedecen y me abraza, sus lágrimas pronto mojan mi cuello y mi hombro. Así abrazados doy unos pasos atrás para que entre y pueda cerrar la puerta. Cuando nota que he hecho esto, me suelta, me mira fijamente con una sonrisa. Alza mis manos a su boca y las besa. Le digo que pase y hago un ademán para sentarnos en los sillones donde podremos platicar más a gusto. Antes de sentarme, le pregunto si quiere agua, él dice que no. Intercambiamos unas fórmulas de amabilidad antes de soltarle todo el rollo de mi enfermedad. Se da cuenta que por eso corté con él, cuando pregunta “¿por qué no me dijiste? Yo hubiera estado contigo”. Callo y eso lo hace continuar “yo siempre disfrute el tiempo a tu lado, tu presencia hacía que todo fuera bueno, como la vez que terminamos atrapados en un parabús bajo una lluvia torrencial, o cuando estrellaste mi auto,..” Y la vez que tu perro me mordió, o las veces que nos perdimos, o cuando rompiste el florero de mi abuela. Los recuerdos florecen y besa mis labios.
Media hora antes nos habíamos encontrado, en la misma banca en que varias veces lo habíamos hecho, pues sabía que le gustaba ese lugar a lado de una iglesia vuelta museo, estaba rodeada de árboles y era muy tranquilo su atrio. Llegué primero y cuando lo vi acercarse me levanté, más por inercia que por verdadera alegría de encontrarlo, hoy no me besó en cuanto me alcanzó, había visto mis ojos y supongo que su interior; me pregunto ‘¿estás bien?’, dije ‘sí’, obviamente le mentí. Mis ojos se humedecieron así que le pedí que caminásemos. Le pregunté cómo le había ido, y me dijo que bien, y otra vez me contó -ya lo había hecho por teléfono- de la cena con Gustavo y Linda. ‘Se ven muy felices casados’, me dijo. Recordé lo felices que se vieron en su boda y, en un intento de poner orden a las emociones que mis distintos pensamientos convocaban, aceleré el paso. A él le fue más difícil hablar y caminar a ese ritmo, por lo cual, después de seguirme un rato, volvió a su paso habitual obligándome a disminuir el mío. Para llenar el vacío que entonces sentía le invité un helado.
Entonces creí que todo se me pasaría si me abandonaba unos instantes; después, porque supe que no sería así me, negué a entrar a la tienda. No sé si pretexté la gente, la lluvia o el calor, pero él aceptó continuar bajo la cornisa. El sonido del aguacero nos cubrió, no era que arreciara, sólo callábamos. Sabíamos lo que el otro pensaba, tal vez por ello nos besamos antes de soltar las palabras que cada uno guardaba. Fue un beso muy tierno y mientras nuestras manos aún se posaban en el rostro del otro sonreímos. Mis pensamientos dieron un giro, recordé la rosa que me dio la segunda vez que salimos, la primera vez que me dijo que me amaba en un KFC mientras yo tenía la boca atascada de pollo, el abrazo que me dio por haber olvidado mi cumpleaños. El debió pasar revista a recuerdos similares. Nos besamos de nuevo y nos abrazamos. Fuertemente sujetábamos el cuerpo del otro cuando le dije al oído que quería terminar y él me respondió ‘lo sé’.
No hubiera esperado ser tan cortés minutos antes. Tras comprar los helados, nos habíamos sentado a consumirlos sin decir nada. Un poco de helado cayó sobre su pantalón y con una servilleta lo limpió. Hace unos meses nos hubiéramos reído de la situación y hubiera yo pasado la servilleta para retirar el helado con mucho cuidado. Supe que era esa pesadez que hace tiempo sentía en el pecho. Sí, quería romper con él, porque no deseaba verlo más en la vida, y su imagen me amargaba. Fueron todas aquellas pequeñas bombas que cebamos en silencios. Entonces lo odiaba y no me sentía capaz de dirigirle palabra alguna sin que me vencieran las ganas de golpearlo. Empezó a lloviznar. Vámonos dije y empecé a caminar sin ver si me seguía o no. Luego la lluvia se soltó, volví la mirada y me di cuenta que me seguía, por lo que caminé más rápido, y así caminamos varias calles hasta que necesité de un descanso y me detuve bajo una cornisa, y él se detuvo a mi lado.
Y todo fue sencillo. Nos soltamos y dijo a manera de comentario ‘¿así que hemos terminado?’, afirmé solamente con la cabeza, mantuvimos las miradas bajas y cuando por fin nos atrevimos a encontrarlas sonreímos, no nos buscaríamos y sólo nos volveríamos a ver si Dios así lo quería. Oí cuando dijo ‘creo que me voy’ y le dije que no, que el que se iría era yo, pues podía resistir más el frío de la lluvia que él, que siempre enfermizo debía ir a la tienda de enfrente. Nos dimos las manos y partí sin volver la mirada atrás.
Extractos.
...Lo volví a ver en aquella vieja librería del Centro. Iba con su amigo, aunque ya deben ser novios por los chismes que me han llegado. Siempre vi en la mirada de José los sentimientos que mantenía por Alex, pero más que celos, me provocaba pena, por la cantidad de años que llevaba de conocerlo sin jamás atreverse a dar un paso más allá. El rompimiento tortuoso que provoqué con Alex creo que le fue una oportunidad inmejorable para entrar en escena y, por raro que suene, me alegro por ello, sé que son una linda pareja. José me vio, pero fingió no hacerlo y nada dijo a Alex de ello, en cambio me volvió la espalda e hizo que éste hiciera lo mismo, creo que tomó un libro y fingió interés. No debía preocuparse por mí, en ninguna forma estoy dispuesto a intentar una arremetida para recuperar su amor, a pesar de mis sentimientos. Por ello en cuanto me dieron la espalda yo les di la mía y me largué. Es cierto que amé a Alejandro, y que aún lo amo, pero no quiero ver que el decaimiento corporal de mis últimos días se refleje en un sufrimiento suyo. Quiero evitarle las idas al hospital y muchos menos cuando se haga patente mi desahucio. Han pasado apenas 2 meses de mi diagnóstico y ya he perdido 10 kilos. Los doctores me dieron 6 meses de vida, no creo que cumpla con su pronóstico.
...Me han llamado del trabajo, desean que vuelva, me han ofrecido un mejor puesto, han de creer que renuncié porque no me sentía satisfecho. Ahora ocupo mi tiempo libre no para leer los libros que nunca leí, ni para ir a los lugares que nunca fui y menos para conocer a las personas que nunca me atreví a conocer, no, aprovecho para escribir sobre mi vida que, aunque desdichada en una parte, fue feliz. También truco multitud de argumentos para cuentos, pero hay una línea que todos siguen, el chico que esperaba ser feliz cuando consiguiera lo que desea, pero una vez obtenido eso su estado no puede ser más desdichado.
...José me ha venido a ver, ha oído los rumores de que estoy enfermo, y quiere informarse antes de que se entere Alex. Para su alivio niego tener sida. Trato de ser amable, también de mostrarme ocupado, su visita es sumamente desagradable y sólo quiero que se vaya lo más pronto posible. Me equivoqué cuando lo consideré un tonto bueno, no, está bien pendejo y es muy malvado. No le he dicho lo que tengo y sólo he dado una respuesta muy general, un mal funcionamiento de mi organismo. Niego estar desahuciado, me asquearía ver una sonrisa en su cara al decirle la verdad, esto no es asunto suyo. Le digo que es temporal y con falsedad me desea una pronta recuperación, yo le agradezco y le deseo lo mejor, lo digo de corazón, no estoy de ánimos para soltar veneno por el mundo.
...Un martes en la mañana me sorprende ver a Alejandro en mi puerta. Por fin la noticia le ha llegado. Cuando abro la puerta veo cuán rápido sus ojos se humedecen y me abraza, sus lágrimas pronto mojan mi cuello y mi hombro. Así abrazados doy unos pasos atrás para que entre y pueda cerrar la puerta. Cuando nota que he hecho esto, me suelta, me mira fijamente con una sonrisa. Alza mis manos a su boca y las besa. Le digo que pase y hago un ademán para sentarnos en los sillones donde podremos platicar más a gusto. Antes de sentarme, le pregunto si quiere agua, él dice que no. Intercambiamos unas fórmulas de amabilidad antes de soltarle todo el rollo de mi enfermedad. Se da cuenta que por eso corté con él, cuando pregunta “¿por qué no me dijiste? Yo hubiera estado contigo”. Callo y eso lo hace continuar “yo siempre disfrute el tiempo a tu lado, tu presencia hacía que todo fuera bueno, como la vez que terminamos atrapados en un parabús bajo una lluvia torrencial, o cuando estrellaste mi auto,..” Y la vez que tu perro me mordió, o las veces que nos perdimos, o cuando rompiste el florero de mi abuela. Los recuerdos florecen y besa mis labios.
No hay comentarios:
Publicar un comentario