Fue un jueves aquel día, tenía clases en la tarde, pero preferí verme contigo. Estábamos en la Magdalena, pues el lugar te encantaba, sé que teníamos de él gratos recuerdos y, aunque me sentía algo fatigado, no puse objeción alguna, pues quería estar contigo y no negarte nada. Mientras descansábamos a la sombra llamaste mi atención hacia la vegetación que nos rodeaba y cada vez que describías las características de las distintas plantas yo sólo asentía con la mirada. Me preguntaste por lo que se sentiría ser un árbol y secamente te contesté que nada, que un árbol no tiene sistema nervioso y que tu pregunta era un sinsentido. Actuaste como si no hubiese dicho nada -sé que lo oíste-, ya que no permitías que mi pesadez estropeara las imágenes que hacían presión en tu cabeza. Empezaste a departir sobre las ramas mecidas por el viento, el sol alimentándote todo el día y todas aquellas cosas que, entonces pensaba, eran percepciones humanas y no arboleas.
Y fue en aquel instante en que todo empezó; habías alzado los brazos para mostrarme cómo se sentiría ser un árbol, pero una vez que callaste no los bajaste de vuelta y permaneciste en aquella pose. Me acerqué a ti a averiguar que pasaba; suponía que bromeabas y estaba dispuesto a abrazarte como parte del chiste y, quizás, te habría preguntado si como árbol sientes mi abrazo. Tu sonrisa y tu mirada se mantenían juguetonas. Al acercarme y rodear tu cuerpo con mis brazos noté que éste estaba rígido, por lo que te pedí que te movieses, más no contestaste. Con la idea de que continuabas bromeando te empujé levemente, pero luego debí aplicar mayor fuerza pues tu cuerpo ofrecía gran resistencia. No pude moverte. Bajé la mirada y vi que tus piernas se hundían no sé cuánto en el suelo, mientras tus brazos empezaban a extenderse y multiplicarse. Estaba ya asustado, ignoraba lo que pasaba, por lo que con mi mano toqué tu rostro que conservaba su expresión habitual; su textura había cambiado y, al principio, retiré la mano, mas pronto caí en cuenta de lo que sucedía, y volví a posarla en tu rostro. Mis ojos se habían humedecido, y cuando tus rasgos, que se difuminaban, terminaron por desaparecer, no pude contenerme y sollocé profusamente.
Los días siguientes a aquél supieron extraños, cómo te has de imaginar, aunque ahora en retrospectiva me parezca que hice demasiado alboroto por nada. Por ejemplo, no sé durante cuánto tiempo te visité diariamente, en realidad no diariamente, pues a veces solía haber aquí uno que otro espectáculo y se cerraba el paso a algunas zonas, entre ellas en donde tú te encontrabas. Pero sí, al principio te visité cada día que podía con la esperanza de que recuperases en algún momento tu forma humana, después para asegurarme de tu bienestar; cuando llegué a esta etapa, mis visitas se hicieron menos frecuentes. ¿Qué podía hacer yo por un árbol?
Claro, he omitido la investigación que hubo por tu desaparición. Fui de aquellos que tuvieron que rendir una declaración, mas también el único que tuvo que repetirla varias veces. Dije que estábamos en la Magdalena y, en un momento que fui a orinar, al regresar ya no te encontré. ‘No, no peleamos’, tuve siempre que aclarar. Se humedecían siempre mis ojos y tal vez ello convenció a los agentes que me interrogaron de mi sinceridad.
Había dicho que mis visitas se hicieron menos frecuentes, te visitaba quizá cada mes, no estoy seguro ahora. Ello cambio cuando decidí mudarme a vivir solo, en realidad no tanto, con Ángel, mi amigo de entonces; él nunca entendió por que insistía tanto en que rentáramos por la Jardín Balbuena, por la Ignacio Zaragoza o por Granjas México. Entonces trabajaba yo por las tardes en una oficina sin importancia dentro del gobierno, y ello me permitía hacer ejercicio en las mañanas. Aquí, a pocos metros, había un complejo de barras, no tan sencillo como el que lo ha sustituido, y aunque solía ir a un gimnasio, lo dejé por las barras para disfrutar del aire libre. Recuerdo que imaginé tu expresión humana anterior felicitándome por algo que sería bueno a mi espíritu, como solías decir. Cuando volví al ejercicio al aire libre ya tenía 29 años y me sentí raro al quitarme la playera para hacer barra, pues recordé la última vez que había hecho eso contigo.
Me acostumbré a colgar mi morral de una de tus ramas, de cierto modo te sentía como mío. Con el tiempo hice un par de amistades ahí, y una me pregunto por ti, el árbol; me dijo que te miraba demasiado y en ocasiones parecía que te hablaba. Fue la primera vez que dije la mentira que repetiría cada vez que se me preguntara por el árbol, por ti, dije que me sentía ligado al árbol pues lo había plantado cuando era niño. El chico que me preguntó fue Adrián, recuerdas, entonces tenía 20 años y era muy atractivo, su sonrisa era más que encantadora y era imposible que no me gustase, por lo que a partir de ello me animé a conversar más con él. Pronto empezamos a salir. No había salido con nadie desde que lo hice contigo; si bien tenía amigos con los que departía o nuevos ligues con los que cogía, después de ti, él fue el primero con el cual se podía decir que andaba.
Lo mío con Adrián no duró, las razones poco importan pues fue un tiempo que ambos disfrutamos. Recuerdo una vez que, después de andar en bicicleta, regresamos a mi apartamento a bañarnos y mientras nos secábamos mencionó que le gustaría andar en patines, yo reí bastante -pues me acordé de ti-, tal vez demasiado por la expresión que Adrián tomó. De todos modos le pedí que me acompañase al día siguiente y compré dos pares de patines, uno para mí, el otro para él. Parecerá que en algunos aspectos mi vida se asemejaba a la tuya, pero no, mi vida se aburguesaba a mediada que envejecía. Por ejemplo, si bien la primera vez que pinte mis canas vine a verte, pues sabría que a tu versión humana le habría divertido, también lo hice cuando me autorizaron un crédito de vivienda y la vez que me entregaron las llaves de mi apartamento en la Romero Rubio.
Fue a los 34 años que me enamoré de nuevo, esta vez de una mujer. Fuiste con quien primero lo compartí, y no sé si fue la seguridad que había adquirido, pero tuve la sensación de que me entendías, te reías y me dabas tu apoyo. Muchos me tacharon de hipócrita, de falso, de mentiroso y demás adjetivos; pero tú sabes que no lo fui. Le conté a Marisol sobre mí y mis relaciones pasadas y creí hacerle entender que ella me gustaba, que ella era mi momento. En cambio mi amistad con Ángel se tensó, pues aunque no lo dijera, yo sabía lo que él pensaba y fue entonces que dejamos de vivir juntos; pero no importó por que empecé mi vida con Marisol y, en su momento, fue maravillosa. Con ella tuve dos hijos, Catalina y Francisco, y a ambos siempre los llevé a la Magdalena, para presentarlos entre ustedes, por un lado mis vástagos, por otro, el árbol que tanto quería. Deseaba transmitirles a ellos el mismo cariño que yo por ti sentía; siempre me sentaba con la espalda recargada en tu tronco y relataba una historia, no sólo para ellos, también para ti que las disfrutaste mientras tuviste oídos.
Seguí envejeciendo e incluso abandoné las barras por un gimnasio techado, mas no por ello dejé de visitarte. Y debiste sentir mi desánimo cuando unos años después la inseguridad de mi esposa afloró; yo la seguía queriendo y nunca la había engañado, pero me percaté de que esculcaba entre mis cosas y mi computadora, detestaba mis escritos -al principio sólo aquellos con hombres que amaban otros a otros, luego todos-, y veía con recelo a mis amigos. Varias veces le repetí lo que por ella sentía, pero fue bajo tu sombra, mientras descansaba de pedalear -¿cuántos habrán sido aquella vez, 20 kilómetros?- que recibí una llamada suya y me di cuenta que no cambiaría. Recordé tu manera certera de juzgar las cosas, si eran buenas o malas para el espíritu, y que me advertía de lo que mi matrimonio en ese estado le haría a mi persona. Quizás tu manera de expresarte nunca me pareció la más afortunada, pues no he dejado de ser un soberbio en el uso del lenguaje, pero esto nunca te restó méritos al momento de juzgar a la gente. Antes de colgar con Marisol le pedí el divorcio.
El divorcio hubiera sido tortuoso, Marisol estaba dispuesta a hacer todo y pedir imposibles en el juicio, pero sólo me cruce de brazos para mostrar que no me importaba y dejó de lado sus peticiones absurdas. Me quedé con mi departamento, bastante privado en muebles, pero ello era lo mejor para mí. Seguí viendo a mis hijos, éstos crecieron y en una ocasión me pidieron que no viniésemos más aquí, no es que no les gustase el lugar, sólo querían algo de variedad. Yo me reí, tú lo habrías hecho. Mientras, yo, seguí envejeciendo, no salí ya con nadie en plan romántico, y no es que estuviese deprimido, sólo no me interesaba; me bastaba con la vida que llevaba, salía con amigos a dar la vuelta, remodelábamos –o estropeábamos- el baño de alguno o platicábamos en veladas. Era todo lo que necesitaba. Adrián vino a vivir conmigo, él tenía a sus parejas, pero no quería dejarme sólo, decía que eran otros a quienes amaba, pero yo era su amigo del cual esperaba no separarse nunca. Ello fue así, hasta que murió en un accidente -apenas contaba con 57 años. Era a él a quien solía leer las historias que aún se me ocurrían y al poco tiempo me empezó a exhortar en que buscase un editor para publicarlas. Un día, me harté de su insistencia, tomé a Adrián conmigo y vinimos a sentarnos bajo tu sombra para contarle la razón de mi negativa, ello por que pensé que te preguntarías lo mismo.
Los años continuaron su paso y a los 62 años me volví abuelo, por lo que de nuevo tuve un público infantil deseoso de oír historias, aunque, al igual que mis hijos, mis nieto tuvieron la sensación de verte demasiado. Sin embargo mi descendencia reconocía lo agradable del lugar y no fueron pocas, aunque tampoco frecuentes, las veces en que hicimos barbacoa y comimos bajo una de las palapas de los alrededores. Han tomado varias fotos tuyas, aunque yo no las conserve, bien sabes que siempre he sido reacio a ese tipo de recuerdos.
Los años no dejan de pasar. Te conté del horror de que por marido encontró Catalina, cuya sonrisa menguó con el matrimonio; un burgués de aquellos sobre los que bromeábamos. No es sorpresa que tuvieran problemas con su segundo hijo, Mateo, quien siempre mostró un carácter distinto al de ellos -un poco rebelde quizás- que a ti te habría encantado. Recordarás cuando a los 15 años se declaró homosexual y escapó de casa más que ser corrido de ella. Al parecer dejó a mi yerno con la palabra en la boca -Dios sabe como me habría gustado ver ello. Todo lo supe de inmediato, pues ese mismo día mi hija, bajo la influencia de su marido, llamó a reclamarme por lo perversa de mi sangre. Enterado así de lo ocurrido, llamé al teléfono de mi nieto, para saber dónde estaba o qué pensaba hacer. Me dijo que estaba en la central de autobuses, se iba a Mazatlán y, ante mi pregunta de para qué, sólo contestó que allá vería, pero que con su familia no volvía. Le ofrecí mi casa a Mateo y le aseguré que de ningún modo buscaba un enfermero para mi senectud, sólo un compañero de piso. Pensaba que, aunque Mateo eligiese irse en lugar de vivir conmigo, sabría que en mi casa siempre podría descansar si necesitara un respiro. Se prolongó un silencio mientras decidía, le prometí contarle una historia y aceptó. Ese día llego a mi casa, sugerí que había que comprar varias cosas para que estuviese mejor instalado, pero él exigió oír el relato primero. Ante su insistencia estuve de acuerdo, pero le dije que tendría que ser bajo el árbol de siempre. Convino con mis términos y esa tarde antes de caer la noche vinimos contigo. Le dije que contaría de una vez que me enamoré de un hombre; sin embargo rompí sus expectativas al confesarle que Adrián y yo, salvo un par de meses, sólo fuimos amigos; él creía que era mi ‘compañero de vida’, reí por que no imagine palabras tan conservadoras en su boca. Entonces empecé a hablar de ti, aunque omití tu transformación, sólo dije que desapareciste un día y nunca supe más. Mi nieto lloró, recuerdas, me abrazó y me dijo que jamás había imaginado que hubiera albergado tales sentimientos por alguien, ‘siempre eres tan frío’ fueron sus palabras, yo reí. Tú lo hubiese hecho.
Con mi nieto desarrollé una profunda amistad, me presentaba a sus amigos y a sus novios. A veces me preguntó si no habrá querido emularme en parte, pues a partir de cierta ocasión en que me acompañó a verte y, sobre un nuevo equipo de barras que habían colocado, mencioné nostálgico cuando practicaba barra libre descamisado. Entonces empezó a hacer lo mismo y, al igual que yo -al final de mis veinte y principios de mis treinta-, acostumbró de colgar su morral de alguna de tus ramas; te habrá tomado algo de cariño, al menos eso supongo. Te gustaría su cuerpo, no es tan delgado como los que teníamos, pero por lo mismo está más marcado de lo que estuvimos. Y así, aunque tal vez no desarrolló, sí intentó nuevas aficiones conforme contaba alguna locura de juventud, creo que incluso quiso tomar mis viejos patines pero éstos no le quedaron.
Mateo ha ganado una beca de posgrado en Stanford, tuve que convencerlo de tomarla, le afirmé que estaré bien en un asilo, que no tuviera cuidado en ello. Hoy me ha traído contigo en un último paseo antes de su viaje. Le acabo de repetir que cuando muera quiero que entierre aquí mis cenizas junto a ti. Me dijo que no mencioné ello que aún me queda mucha vida, puede que tenga razón, pero quiero asegurarme de yacer aquí a tu lado y en esas servirte al menos de abono. Ahora se ha apartado no para que no lo vea llorar, sino para pensar en el tiempo que ha pasado aquí. Creo que lo has influido, lo veo en su mirada o, mejor dicho, en sus lentillas de color.
Aún recuerdo la primera vez que mi padre me trajo a este árbol. Acababa de morir su abuelo, y vino a esparcir aquí sus cenizas, sobre el árbol y alrededor; luego clavó una pequeña cruz de metal con su nombre en la base, que como puedes ver hace tiempo que ha desaparecido. No es por el abuelo que recuerdo el árbol. Ni a mí, ni a mi papá, el otro, nos parecía simpático, a pesar de que él y mi papá Mateo siempre conversaban animada y afablemente, e incluso parecía seguirse comunicando cuando callaban. Una vez que mi papá Mateo hizo aquello, se arrodilló y empezó a hablar con el árbol; mi papá Guillermo le dijo que su abuelo estaba en un lugar mejor, que no se castigara, que no era eso lo que hubiese querido. Él se levantó y le dio toda la razón, pero no nos fuimos, mi papá Mateo se desabotonó y quitó la camisa blanca que traía a pesar del frío que hacía, empezó a hacer estiramientos, sin embargo en ese momento no sabía que era tales y casi pensé que se había vuelto loco. Al poco empezó a hacer ejercicio en las viejas barras que entonces había. Me senté con mi otro padre en un palapa y estuvimos viéndolo por una hora ejercitarse. Cuando terminó fue hacia nosotros y dijo ‘ven el árbol ha llorado’. Entonces notamos que del árbol había caído una enorme cantidad de hojas. Por eso es el día que más recuerdo de mi niñez.
Solíamos ir a la Magdalena a andar en bicicleta, además de que estuve inscrita en distintos cursos durante buena parte de mi infancia. Mi papá Mateo solía saludar al árbol, o tal vez al abuelo, y cuando hacia eso yo siempre lo seguía, esperaba que alguna vez el árbol mostrara por mí algo como lo había hecho por el abuelo en aquella ocasión. Con el tiempo me confió la historia del árbol. Su abuelo siempre había dicho que él lo había plantado y que por ello le tenía tanto afecto. Pero, a raíz de lo que le contó una vez, mi papá creía que la historia era distinta, pues ahí, justo en el árbol, fue la última vez que vio al hombre que había amado -Máximo creo que se llamaba- antes de que éste desapareciera. Por eso debió haber plantado el árbol. Toda su vida amo a Máximo y en aquel árbol revivía el tiempo breve que pasó a su lado. Esta otra historia no la conté, ni al abuelo, ni a tu madre, ni a tus tíos; siempre me referí a este árbol como el árbol de la familia, el que mi bisabuelo había plantado.
No es sólo esta historia la que hace que el árbol me traiga tantos recuerdos. Habré tenido quince cuando empecé a venir sola, en realidad con unas amigas, a correr, pero yo siempre al terminar quería hacer algo de ejerció en el complejo de barras que entonces había. No es que deseara volumen como algunos hombres que venían a ello, yo sólo estiraba, y si intentaba más era para sentirme capaz de hacer algo. Hasta la ocasión en que vi a mi papá colgando jamás se me hubiera ocurrido que fuese capaz de hacer tales cosas, el subir por las escaleras o por el poste con las manos solamente. Pronto, por ser un lugar lleno de chicos, muchos empezaron a acercárseme a preguntar por esto o aquello, cuando sólo querían saber si podrían salir conmigo. Al principio no me llamaban la atención, la mayoría me parecían bastante tontos, pues haz de recordar que mis padres tenían posgrados, uno en matemáticas, otro en historia, por ello mi educación fue algo esmerada. Pero también te he compartido que fue aquí donde conocí a mi primer novio, era un chico delgado y, sin embargo, bastante marcado, tenía una gran disciplina, era sordomudo y los chicos con los que venía hablaban siempre en señas. No me atrevía a acercarme pues me daba pena no darme a entender. Un día llegué y dejaría mi bicicleta en este árbol como siempre, pero otros habían dejado al pie sus cosas y me sentí rara, pues entre ellas reconocí el morral azul de este chico, el que me gustaba, él vio mi contrariedad y se acercó, dijo unas cuantas palabras, pero me costó entenderle no tanto por lo forzado de su articulación como por lo nerviosa que me encontraba. Me preguntaba si deseaba dejar ahí mi bicicleta, pues ya había visto que lo hacía. Pero yo no decía nada, sólo me sonrojaba, y al final río, se presentó y yo hice lo mismo. Me costó trabajo comunicarme con él, hasta que saqué un cuaderno y nos pusimos en él a escribir. Duramos 2 años, fueron de los mejores que he pasado. Ese es la otra razón por la que quiero al árbol. Él y tu abuelo fueron los únicos hombres a los que amé.
Incluso, recuerdo, traje a tu abuelo en la primera cita que tuvimos, él no podía creer que un árbol pudiese tener sentimientos, por lo que hice que viniéramos para presentárselo, y así hemos seguido, viniendo. A él le conté aquella historia de mi niñez y entendió lo que sentía por este árbol y, no obstante que no siempre le gustó venir aquí, cada vez que se lo pedía, no me lo negaba.
Se conocieron aquí, ellos hubieran hecho hasta lo imposible por evitar la destrucción de este lugar. Precisamente por ti se conocieron, él había venido a verte, árbol del que tanto su abuela hablaba, pues aunque contrario a los deseos de ella no se habían esparcido aquí sus cenizas, él creía que sí habías sentido su muerte, ya que a pesar de ser primavera te encontrabas con pocas hojas. Tenía presente que se decía que perdías las hojas cuando moría alguien de la familia, pues se supone que eso eres, el árbol familiar. Así que él estaba aquí para checar tus hojas y observar las caídas, cuando la vio o, mejor dicho, cuando se vieron. Después de unas cuantas miradas que simulaban indiferencia se habían dado cuenta de que se atraían mutuamente. Por lo que empezaron a conversar hasta que saltó lo que los había traído aquí, tú, el árbol. Cada uno buscaba el llamado árbol familiar, uno sembrado por un tal Jonathan.
La coincidencia fue demasiado grande, lo que los llevó a indagar en sus ramas genealógicas. Pronto se dieron cuenta que ambos provenían de un tronco común, no importase que de un lado mediase una adopción. Felipe, mi padre, era hijo de Yolanda, que era hija de Mateo, que era hijo de Catalina, que era hija de Jonathan; en cambio Mónica, mi madre, era hija de Julio César, que era hijo de Alejandro, que era hijo de Mario, que era hijo de Julieta, que era hija de Francisco, que era hijo de Jonathan. El percatarse de ello les animó a sumergirse más en la historia familiar, pues si bien es cierto que entonces ambos trataban del mismo árbol, no te señalaban ambos como el mismo.
Se compartieron sus versiones de tu historia, interrogaron por detalles entre sus familias y volvieron a compartirlas. Por un lado mi padre refirió que aquí había muerto el amor de Jonathan, por lo que plantó un árbol en su honor ante su incapacidad de compartir su dolor, dado que al ser ambos del mismo sexo ello era mal visto; hubiera querido morir con aquél, por ello decidió que sus cenizas fueran esparcidas en este lugar, junto a ti; y que entonces tú de frondoso que estabas quedaste pelón en señal de duelo. La versión de mi madre es ligeramente distinta: los hijos de Jonathan, nuestros tatarabuelos se habían portado mal con él, por lo que éste se había distanciado de ambos y se había ido a vivir con un nieto, por eso cuando murió, su nieto fue el único que estuvo a su lado y sin saber que hacer con sus cenizas las dejó junto a ti, ya que Jonathan te había sembrado de niño; su hijo Federico, arrepentido, buscó donde había sido enterrado y al ver su llanto pesaroso tú lo compartiste. Ambas versiones hay que decirlo son sumamente dudosas, sin mencionar que exageradamente sentimentales. Pero lo extraño de las historias sólo los alentó a averiguar cuál sería la verdadera que había detrás de ti.
Primero, tendrían que determinar cuál de los árboles eras tú. Para ello emprendieron por desvanes la búsqueda de fotografías en que supuestamente aparecieses, para compararlas entre sí. De entre las fotografías viejas tomaron aquellas en las que claramente estabas señalado, ya sea por que alguno de nuestros ascendientes se tomase una foto abrazándote, recargado en ti, o en cualquier otro claro de gesto de ser tú alguien más. Aunque bien sabían que las únicas fotos que te indicarían sin huella de error eran aquellas en que apareciera el abuelo Jonathan, quien según el rumor te habría plantado y sabría mejor que nadie cuál árbol eras. Encontraron entre viejos, viejísimos ordenadores, que milagrosamente hicieron funcionar otra vez, grandes cantidades de fotos, mas muy pocas correspondían a Jonathan, y sólo 5 a él junto a ti. Años después mi padre averiguó a través de un diario de Mateo, al parecer su nieto preferido, que el abuelo era reacio a guardar todo lo con él relacionado -ello explica la escasez de fotos. Pero esto no ha importado pues ha sido a partir de esas fotos, tomadas en 2014, 2018, 2029, 2031, 2055, que comparadas con otras fue posible determinar tu posición, en relación con tu entorno. Ello mostró que el abuelo Mateo supo cuál árbol eras. Pero en ambas familias parece que hubo durante un momento un error en tu identificación, por ejemplo, entre los treinta y los sesenta años Yolanda erró en la designación de ti, pero otro error fortuito te indicó nuevamente. Tal error rectificador no sucedió en la rama de la que descendía mi madre.
Sin embargo conforme mis padres avanzaban en sus investigaciones el misterio sobre ti se les hacía más grande. Y pronto siguieron con la cuestión de si acaso había existido el amante de Jonathan. El diario de Mateo menciona que éste no pudo convencer jamás a su abuelo de no deshacerse de sus escritos, de los que conocía al menos 4 novelas concluidas, 3 inconclusas y decenas de cuentos, y aún así estaba seguro de haber visto sólo una pequeña parte de su obra. Los testimonios de los hijos de Federico confirman haber escuchado que Jonathan escribía mucho, pero que cuando buscaron sus obras fueron informados que fueron destruidas con su cuerpo. Esto es probablemente una versión alterada de lo que dijo Mateo. Por ello nunca sabremos sobre los sentimientos que Jonathan haya mantenido, y Mateo es la única fuente que afirma que Jonathan estuvo enamorado de otro hombre. La cercanía de Mateo confiere cierta plausibilidad a la historia, pero la resta también el hecho de que Mateo haya sido homosexual y haya sido rechazado por sus padres, pues esto pudo influir en la modificación de la historia de Jonathan, aún cuando éste efectivamente se hubiese sentido atraído por otros hombres. Si hubo un asesinato, como supone Mateo, el nombre de Jonathan tiene que aparecer, al menos como testigo, en algún expediente policiaco, pero no sé ha encontrado jamás mención de él.
Si fuese cierto lo del enamoramiento debió ser anterior de 2014, que es la fecha de la foto más vieja que se tiene de ti. Pero en ella te muestras bastante crecido para que fuese reciente tu siembra, por lo que el hombre en cuyo honor plantó el árbol debió conocerlo varios años antes o era real su versión de haberte plantado de chico. Pueden notarse varios cambios que se dieron en su vida en 2006 y 2007, cuando cambió de carrera varias veces y es el período con un mayor registro médico, por lo que es factible suponer que antes de ello, en 2005 o en el mismo 2006 haya pasado por un período un episodio que lo haya dejado marcado psicosomáticamente, y bajo esta interpretación tuviste de 8 a 9 años para crecer como se muestra en aquella foto.
Pero hay que recordar que ello era la versión de Mateo, pues Raúl, el otro hijo de Catalina, afirmaba que el hecho de que te hubiese plantado como recordatorio de su amante era mera invención suya. Hay otra posibilidad: que aquí fue la última vez que Jonathan vio a su amante, pero tú eres anterior, independientemente de si te plantó o no. Es innegable que Jonathan estaba vinculado a ti de algún modo, pero ese vínculo es imposible de hallar, porque gran parte de la historia anterior a sus hijos Federico y Catalina es mera especulación y no hay hechos claros sobre la misma. Aunque es factible la historia del amante que perdió. A pesar de llegar mis padres a estas conclusiones aún quedaba abierto cómo es que te habías vinculado a tal grado con esta familia y sus historias, pues, a pesar de su multiplicación y separación, parece sentirse ligada a ti. Historias que todos han escuchado. Por ejemplo, la historia de la caída de las hojas con la dispersión de las cenizas de Jonathan puede ser mera ficción inventada por Yolanda de niña, pero cómo explicar que en otra rama de la familia también se hable de la tristeza del árbol.
Así no es de extrañar que la común investigación que sobre ti mantuvieron mis padres los llevó a casarse y tenerme como su único hijo; incluso no tuvieron que pensar el nombre mucho, pues me nombraron Jonathan, como aquel que nos ató a ti. Cuando de niño supe que hubo alguien de quien tomé su nombre quise verlo, me mostraron las 5 fotografías de él; habré tenido unos 4 años y me congracié en un parecido que entonces vi. Ya crecido al volver a verlas no entendí cómo pude reflejarme en él, mi piel es mucho más oscura que la suya y mis rasgos faciales son menos marcados; además de que nunca he tenido interés en la filosofía, aunque mis padres intentaron inculcármelo, tal vez con la esperanza de que siguiera los pasos de aquel antepasado mío, algún día hablase contigo y resolviese todo el misterio que nos ronda. Pero eso nunca me intereso, la escuela nunca fue lo mío y a duras penas logré terminar el bachillerato, no por que el estudio no me entrara, sino que simplemente no me interesaba. Incluso escapé de casa en busca de independencia. Quise algo de soledad, ahora la tengo.
Hace años inició el proyecto de renovar la Magdalena de manera total, como no se ha hecho antes, pues no será una mera construcción de nuevos edificios sobre viejos, sino un replanteamiento del espacio. Mis padres siempre se opusieron, temiendo por tu suerte. Cuando hubiesen visto que era inevitable, hubiesen buscado la forma de adquirirte y trasplantarte a nuestro jardín, el que fue de mis padres; pero ello ya no será posible por su muerte. Hubiera sido muy romántico, y por ello lo hubiesen deseado, ser mártires de una causa perdida, sin embargo fue un simple accidente automovilístico el que les vedo la vida.
Mañana cerrarán esta parte del parque y probablemente será arrasada antes de que termine la semana; curioso, será poco lo arrasado, pero tú estarás entre ello. Me siento a tu sombra, miro a los otros árboles y pienso que el final no te ha llegado solo. Reflexiono en que tal vez tú habrás influido a esta familia en su afición por el ejercicio, que incluso a mí ha alcanzado, y me gustaría mostrarte como una despedida la fuerza que he alcanzado, yo, que probablemente seré el último de mi estirpe que te vea. Por eso traigo este video, que muestra algunas rutinas de barra libre que realizo, activo su reproducción y lloro por el recuerdo que me traes de mis padres.
He dejado de apoyarme en tu tronco, para hacerlo en mis rodillas mientras las lágrimas se deslizan por mi cara, recargo la espalda atrás de nuevo y encuentro que has perdido firmeza, tu tronco es más suave. Me vuelvo, veo que empequeñeces, me extraño de lo que sucede, pero no puedo dejar de verlo. Un rostro parece surgir entre la madera y pronto la forma humanoide se confirma humana. Aparece un hombre completo. Sus ojos, tus ojos, se mantienen cerrados. ‘Imagínate mecido por el viento… ¿Jon?’ suelta algunas palabras, abre los ojos y mira alrededor confundido. Cae, caes como desmayado en el suelo. Me acercó, tomó sus, tus, signos vitales y al confirmar que estás vivo recobras la conciencia, balbuceas unas palabras, me acercó a oírlas y escucho que dices ‘Jonathan’, te pregunto cómo sabes mi nombre, con la mirada preguntas si soy yo, yo afirmo firmemente que sí, ‘Sí, soy Jonathan’, tu cara muestra incredulidad, luego pareces aceptar mi respuesta. Ayudo a levantarte y te sostengo, tú apenas puedes, ya no dices nada, pero te conduzco a la puerta más cercana. Con mi terminal he llamado un taxi en el que te introduzco para llevarte a mi casa. Preparo la bañera, te sumerjo en ella, tallo tu cuerpo y mucha tierra se desprende de tu piel. Luego te seco, doy ropas limpias y te meto a mi cama. Voy a la cocina por algo de comida, pero cuando regreso duermes profundamente y así te dejo; te veo, voy a hacer otras cosas, pero en realidad me dedico a pensar. Creo que eres el amor de Jonathan, el abuelo, haz dicho su nombre, el suyo y el mío, es lo primero que se te ha ocurrido. La leyenda cuenta que ahí te vio por vez última, eso es claro ahora, pues cada vez que volvía te encontraba ahí en la forma de árbol que habías adoptado. Vuelvo a la alcoba, me siento a tu lado, te veo dormir y, aunque estás cubierto hasta la barbilla, sé que debajo de mis cobijas y entre mis ropas se perfila un pequeño hombre bello al cual he bañado, creo que es poco frente a lo que has hecho por mi familia. No sé lo que sucederá ahora que despiertas en otra época, ni siquiera sé si el tiempo ha pasado por ti, si ese era tu aspecto al momento de tu metamorfosis o tenías menos años, diminutas arrugas surcan tu rostro y tu cabello está poblado con canas. Sé que necesitarás ayuda en adaptarte y espero poder dártela, espero ser tu amigo, sólo sé que ya no estoy solo.
Abres los ojos, sonríes, ya sé porque el abuelo se enamoró de ti.