domingo, 15 de mayo de 2016

Mensajero

Tras una noche que atravesé en un estado alterado de conciencia, más por el trajín de mis emociones que por el estado bioquímico de mi cuerpo, tuve una revelación de boca de un mensajero.
Cuando el aurora habíase corrido por el cielo me hallaba todavía despierto y, a mi lado, un hombre se preparaba a partir. De pronto me llamó a abrir bien ojos y oídos, pues me prevenía de las cosas por suceder. Su lengua fue dulcísima y bellamente manifestó la verdad, pero fue tal el poder y majestuosidad que se desplegó de sus palabras que el horror abrazó mi alma.
Me recordó quién soy, aunque tratara de distraer mi atención de ello. Me dijo que no había razón para temer cuando llegara la hora; que la muerte y disolución no serían sino el tránsito a una nueva vida. Mi sentir no restaba beatitud a lo dicho.
Una vez que este mensajero hubo partido me dispuse a comer un plato de cereal y agua. Mientras ingería esa mezcla el tiempo aceleró su marcha y mi cuerpo empezó a marchitarse y adquirir más pequeñas proporciones. Apenas tenía fuerzas para palpar la cuchara en mi mano.
Ese plato hubiera sido lo último que se imprimiera en mi vista, pero mi miedo se desató cual bestia y robé vida, no sé de dónde, para incorporarme en la silla y rechazar el don que se me otorgaba.
Después recordé las palabras divinas y reparé en el hecho de que me encamino al infierno. Pues estoy dispuesto a eternizar mi fatiga en un lucha que no es tal.
¿Podré encontrar el sendero? ¿Acaso Dios me extenderá otra vez su mano, dado que no quise escucharlo cuando dijo mi nombre?

miércoles, 12 de junio de 2013

El milagro

Anteayer al meter a bañar sentí un terrible dolor en la columna. Su intensidad no la recuerdo bien, lo que sí recuerdo fue el miedo que me siguió. El temor a caer en el suelo, y quedar ahí y sufrir un lenta agonía, entre el suelo frío, el agua chorreante, que alguna vez tendría que parar y la incapacidad de mover mi cuerpo desnudo. Lo doloroso pronto cedió su lugar a lo dolorido. Pero del miedo tardó más su disolución. Volví a lo que había malplaneado para el día, pero la sombra del recuerdo quedó ahí. ¿Y por qué? Porque es la primera vez que he sentido algo así. La sorpresa le mantiene un sitio cálido entre mis pensamientos y el derecho de entrada y salida no es algo que me corresponda. Sólo soy un simple administrador del cuerpo.
Ayer, o mejor dicho  anoche, cuando me dispuse a dormir sentí otro dolor en la espalda, sin embargo en nada era comparable con el de la anterior vez. Fue suave, tal vez aquietador. Pensé de manera indiferente que quizás ése sería el ladrón en la noche. Y estuve tranquilo, pues sabía que no tenía cosa que robarme. Recordé un cuento de Borges. Le di otra lectura. Sentí piedad. O tal vez, la siento ahora. Una mezcolanza de frases burbujea en mi cabeza. Viejos inquilinos que, no sabía, eran parientes. Sus voces hablaron anoche, sin que hubiese luz suficiente para distinguir sus rostros. Y me pregunto qué sabemos nosotros de identidad personal. Nuestros ojos son ciegos ante la unión de destino y libertad.
Todo aquello agolpa sin violencia. Colores unidimensionales se posan en cierto lugar mientras la pintura toma forma. Pero qué lejos estoy todavía, cuando se es pintura y no película, cuando se es película y no vida real. ¿Soy esto acaso? Y lloro ante la belleza que se muestra ante mis ojos, mis oídos, mi tacto, y hasta los pensamientos vienen a ocupar un lugar. Qué soy sino nada. No puedo superar la muerte sin negar la vida sin negarla.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Magro.

Intenté dejar fuera de mi escritura los bosquejos autobiográficos para así ocuparme de la creación de ficción. La desidia me ha impedido esto último, y ahora mi vida me impone volver a lo otro.
Hace 4 años había un chico que me atraía. Me pregunto qué puedo decir sobre lo que su imagen ejercía en mí. Miro el teclado y siento cómo exhalo por la nariz.
Bien puedo empezar por mencionar que mi historia de inseguridad y timidez es larga. No quiero detallar en ello, salvo sólo decir que mucho me costó acercarme a aquel hombre, y tal vez no lo hubiera hecho si no fuese por que me encantaba tanto.
No recuerdo si hube sentido antes una atracción como la que él me provocó. Por lo que en las historias de mi memoria él es la primera persona que me provocó una atracción animal.[1] ¿Pero qué trato de decir con la noción de ‘atracción animal’? No lo sé, no sé si es un tipo distinto a la atracción común que uno siente a diario al topar la vista con bellos ejemplares de la especie humana. Quizás sólo fue una muy intensa, una que dio al traste todos mis órdenes cerebrales. Uh, he de aceptarlo, creo no poder marcar una distinción, tal vez sólo decir que su intensidad enorme me ha tentado a clasificarla como otra forma de atracción.
A fin de cuentas él me atraía, me encantaba y robaba mi mirada, que finalmente mi miedo rescataba y ponía lejos de él. Él era delgado, otro diría flaco, pero tenía el cuerpo marcado, ya saben, correoso. Yo decía entonces decía magro. Cómo olvidarlo, si empecé a usar esa palabra por él, para poder describirlo al mentarlo. Me gusta la palabra, la pronuncio y en ella siento la brevedad y belleza del instante cuando lo topaba al pasar. Andaba siempre desmangado y dejaba al descubierto los hombros que a la distancia mi boca saboreaba. Aquellos hombros reclamaban para sí mi sentir y pensar. Y casi lo olvidaba, pero su bajo porcentaje de grasa corporal acentuaba sus facciones varoniles, sin embargo creo no haber sido consciente entonces de cuánto eso me gustaba.
Un día reuní valor y logré conocerlo. Tan nervioso estaba que tuve un ataque de verborrea, no sé si le habré parecido divertido, pero en un momento, ya en su apartamento, me hizo callar y fui sometido a una serie de ejercicios de flexibilidad, de respiración y de dicción. Fruto de ello hubo un discursillo que improvisé en que la ‘r’ estaba excluida. Lo he olvidado no obstante que entonces, cuando relataba mi anécdota, lo sabía de memoria. Mientras yo me revolvía en un mar de pensamientos quitó mi playera y me hizo recargar en él. Fajamos. Aunque nunca dejé de estar nervioso. Y no supe su nombre, ni él tampoco el mío.
Nos encontramos y platicamos brevemente un par de veces más. Un día dije que quería preguntarle algo, pero que no quería usar la palabra ‘cita’. Me dio su número. Nunca lo marqué.
Me encontré con él la semana pasada. Nos saludamos, platicamos y a lo largo de la tarde continuamente fajamos. No contaré todo, sólo dos detalles que me dicen mucho.
En una ocasión esperábamos en un pasillo. Eran las 3 de la tarde y éste tomaba de la luz que se filtraba de los salones. Yo estaba recargado en una pared, y él fue a pararse enfrente de mí, pero dándome la espalada. Veía su gorra, el cabello que no cubría ésta, la piel del cuello, el cuerpo cubierto por la playera azul y desmangada. Los jeans estaban rotos y dejaban a la vista el azul de su ropa interior, aunque a esa altura de su cuerpo ya no llegaron mis ojos, sino mis manos.
Mis dedos sentían su azul moreno de ropa y piel. Dejé de pensar, sólo vivía. Mas tuve un momento de temor al que siguió uno de lucidez. Estuve molesto, el tipo me tenía retenido en su carne. Le dije con entonación de queja y asombro
-Eres un cabrón
mientras me movía a la pared de enfrente y me sentaba en el suelo. Él dijo
–sí, lo soy
y se fue a sentar entre mis piernas.
Una y otra vez hasta que nos despedimos este hombre me dejó en claro que lo tenía bien caliente. Evidentemente él a mí también.
En el otro momento que quiero compartir igual esperábamos en un pasillo. Aunque éste era distinto, el sol daba por los ventanales, así que en partes la cortina estaba corrida para evitar la luz y el calor excesivos. Estaba nomás ahí parado, al lado de la cortina, él, él con sus tenis, sus jeans, su playera y su gorra. Él. Lo aprecié en conjunto. Sus rasgos encajaban. Era un chacal, era un cabrón, era un puto quien me atraía. Quise guardar ese momento en una foto, pero temí falsearlo y no la tomé. Era algo que apenas he notado, es cierto, me gustan los chicos lindos, a quién no, pero no tanto como los cabrones.
He perdido toda objetividad. Y es hora de concluir con esto. Pues bien, para mí fue una situación bastante extraña. Yo excitaba canijo a un hombre que me ha encantado un chingo y que consideraba fuera de mi alcance. En breve, me ofreció las nalgas. Aquél día entreví al cabrón en que yo mismo me convertido.

 [1] Aunque no ha sido la última.

lunes, 25 de junio de 2012

¿No extrañas el sonido de mi voz?

Llueve afuera. Estoy acostado en mi cama con los ojos cerrados mientras mi mente divaga y es el sonido el que me indica que llueve, aunque también siento cómo el ambiente ha refrescado. Traté de pensar en el argumento para un cuento, pero, como dije, mi mente divaga.
Mis recuerdos no son como deberían. Pienso de manera muy agradable sobre las tardes lluviosas en que la luz se iba y el sonido de la lluvia lo penetraba todo. Mucho más factible es suponer que aquellos días no me gustasen pues no podía ver caricaturas en el televisor, y quizás temiese cuando tronase el cielo. Debió ser con el tiempo que empecé a valorar tales días.
Llueve. Y sin embargo el día no es cómo quisiera. Debiera compartir mi ideal, pero creo que no tengo tal. Hay situaciones que desearía vivir, pero aun si se cumplieran las condiciones a enumerar, bien podría suceder que prosiguiera en mi melancolía. Por ello prefiramos el término ‘ensoñación’ sobre el de ‘idealización’. Es más una situación que si se da creo que disfrutaría mucho, así como la gente supone que disfrutaría mucho si se sacase la lotería.
Aquí vamos pues. Me imagino en una habitación a la que lleno con dos o tres muebles que puedan placerme según las circunstancias desde las cuales imagino, pero para mayores señas está algo vacía. Afuera la lluvia cae. Se oye su golpear y se ve el deslizamiento de las gotas por lo vidrios de la ventana. Siempre hay una ventana al menos, descortinada de preferencia. No hay electricidad, ello no es tanto para iluminar mi fantasía con la tenue luz de la tarde, sino para excluir a los aparatos de la vida moderna. Hoy esto es muy difícil, pero no les daré entrada en mi planteamiento.
No estoy solo. Y eso es lo más importante, pues en este momento me siento un poco así. En mi imagen estoy con alguien, no con cualquiera, con él. Estamos sentados en el borde de su cama mientras platicamos. Sí, he adornado la habitación con su cama, o tal vez me he trasladado mentalmente a su habitación. No me acuesto, pues no me agrada tanto el acostarme como el estar sentado. Tal vez cuando me canse deje caer la espalda sobre el colchón, pero ahora me mantengo sentado.
Conversamos, ya lo dije, sobre qué, no lo sé y no creo que importe; a veces incluyo una partida, sea de ajedrez, cartas o dominó. De vez en vez jugamos con nuestras manos, me acaricia la pierna o nos besamos. Pero en general sólo charlamos.
Disfruto mucho de platicar. Cuando converso con alguien no es que deje de sentirme solo, sino que ya no tiene cabida esa posibilidad en mi mundo. Por eso me gusta hacerlo. Y por eso me imagino que charlamos conforme el tiempo pasa, la luz disminuye en la habitación y mi amigo se difumina conmigo y yo con él.
Sonrío. Lo amo.
Tomo mi teléfono que descansa en el buró. Presiono una tecla, observo la hora. 19:44. Él continua en su trabajo, así que resisto las ganas de marcarle. Me muevo entre los menús y leo de nueva cuenta el último mensaje que me envió. Me dice “Tú también! Ten un hermoso día.” Su teléfono carece de signos de apertura. El mensaje es pequeño, pero muy importante para mí. Sí, es cierto, quisiera dos o tres palabras más y una mayor expresión; no obstante, caigo rendido ante él.
Me agrada imaginar su voz al pronunciar esas palabras. En estos días no la he escuchado y su voz se me pierde. Extraño su sonido. Lo extraño a él. Y de hecho es eso sobre lo que he divagado todo este rato. Es lo que pasa si se divaga cuando se está enamorado, todo pensamiento apunta a aquél.
Pero el divagar no es necesario para invocarlo. Si he tenido un mal día deseo acurrucarme entre sus brazos, si el día ha sido fantástico no puedo esperar para compartirlo. Tantas cosas pasan por mi cabeza, algunas, importantes reflexiones, otras, vanas trivialidades. De todas ellas quiero hablarle.
Me levanto y camino a mi librero. Tomo un libro de un autor que venero, pero cuyo título casi no frecuento, paso las páginas de rápido hasta encontrar en ellas una hoja, un boceto que robe. Si se lo hubiera pedido me lo hubiera dado -no sin antes insistir en hacerme uno nuevo y más trabajado-, sin embargo un día sólo lo tomé.
Veo en un rincón dos balones que poseo, de básquet y de americano. Tal vez, mañana temprano podamos ir al parque un rato. Le enviaré un mensaje para que me marque al salir de su trabajo.

lunes, 8 de agosto de 2011

Paso.

No es posible que nos encontráramos en otra vida, es decir, en algún otro punto de nuestra cadena de reencarnaciones. No podría ser nuestro ahora otra parada en una antigua búsqueda.
Tal vez nos hubimos conocido en un paso de montaña. Nos imagino como dos hombres, y aunque soy influido porque eso somos en la actualidad, creo que es así como quisimos volver. Tú habrías perdido a tu grupo, mientras yo sería explorador del mío. El encuentro no sería del todo casual, y sin embargo entonces, como ahora, éramos incapaces de entrever siquiera los movimientos de un hado alrededor nuestro.
Éste nos lanzaría uno contra el otro hasta hallarnos cara a cara, lo que nos tomaría por sorpresa y provocaría suspicacias a nuestro encuentro. Nos alejaríamos a tiro de piedra, mientras mostramos una fiereza aún no oculta por la civilización futura. Después de un rato, por qué no, habríamos de acercarnos lentamente; ¿no nos habríamos olido para reconocer nuestra extrañeza y luego no habríamos pensado que compartíamos un mismo espíritu? Así lo he pensado yo, no sé que habrán pensado ellos sin este milenario bagaje verbal.
Quizás peleamos un momento hasta permitir que nuestra lucha deviniera en juego, con lo que nuestros cuerpos sudaron y es factible imaginar que éste era nuestro objetivo. ¿Qué podríamos saber de nuestras acciones? Sólo tendríamos conciencia de que nos agrada como nuestros cuerpos, por medio de su calor interno y del sudor que expiraban, se confundían y daban a ambos una nueva sensación a nuestro tacto.
Al final qué significaría para nosotros la mutua presión de nuestros miembros entre nuestros cuerpos. Porqué eso movimientos, porqué ese jadeo, porqué el cerrar los ojos ante un ser nunca antes visto. Por qué me siento incapaz, al igual que nuestras antediluvianas versiones, de expresar el significado de ello.

sábado, 9 de julio de 2011

Dos brevedades.

Sin título.
Me detuve porque estaba cansado, pues dudo que me hubiera dado cuenta de lo absurdo e infantil que era tratar de huir de él. Sólo estaba fatigado por tanto caminar y pensar al unísono, debía de abandonar uno de ellos. Por eso me detuve debajo de aquella cornisa de una tienda cerrada. Se resguardó también bajo la cornisa y me preguntó por qué me había al fin detenido. Le dije que estaba cansado. Tomé un largo respiro y me senté de cuclillas un instante, y a esa menor altura las gotas  que chocaban contra el suelo salpicaban mi rostro ya mojado. Me observaba, lo sé, mientras yo fingía ver al frente. Del otro lado de la calle había una tienda departamental que sería un mejor refugio contra la lluvia y contra mis pensamientos, pero no quería estar rodeado de gente si estallaba la bomba que habíamos armado entre los dos. Por fin alcé la cara hacia su rostro, entonces él veía hacia la tienda, bajó su mirada y sonrió al encontrarse con la mía y volvió a ver de frente. Me paré y fue ese el momento en que me preguntó si no sería mejor que nos guareciéramos en la tienda de enfrente.
Media hora antes nos habíamos encontrado, en la misma banca en que varias veces lo habíamos hecho, pues sabía que le gustaba ese lugar a lado de una iglesia vuelta museo, estaba rodeada de árboles y era muy tranquilo su atrio. Llegué primero y cuando lo vi acercarse me levanté, más por inercia que por verdadera alegría de encontrarlo, hoy no me besó en cuanto me alcanzó, había visto mis ojos y supongo que su interior; me pregunto ‘¿estás bien?’, dije ‘sí’, obviamente le mentí. Mis ojos se humedecieron así que le pedí que caminásemos. Le pregunté cómo le había ido, y me dijo que bien, y otra vez me contó -ya lo había hecho por teléfono- de la cena con Gustavo y Linda. ‘Se ven muy felices casados’, me dijo. Recordé lo felices que se vieron en su boda y, en un intento de poner orden a las emociones que mis distintos pensamientos convocaban, aceleré el paso. A él le fue más difícil hablar y caminar a ese ritmo, por lo cual, después de seguirme un rato, volvió a su paso habitual obligándome a disminuir el mío. Para llenar el vacío que entonces sentía le invité un helado.
Entonces creí que todo se me pasaría si me abandonaba unos instantes; después, porque supe que no sería así me, negué a entrar a la tienda. No sé si pretexté la gente, la lluvia o el calor, pero él aceptó continuar bajo la cornisa. El sonido del aguacero nos cubrió, no era que arreciara, sólo callábamos. Sabíamos lo que el otro pensaba, tal vez por ello nos besamos antes de soltar las palabras que cada uno guardaba. Fue un beso muy tierno y mientras nuestras manos aún se posaban en el rostro del otro sonreímos. Mis pensamientos dieron un giro, recordé la rosa que me dio la segunda vez que salimos, la primera vez que me dijo que me amaba en un KFC mientras yo tenía la boca atascada de pollo, el abrazo que me dio por haber olvidado mi cumpleaños. El debió pasar revista a recuerdos similares. Nos besamos de nuevo y nos abrazamos. Fuertemente sujetábamos el cuerpo del otro cuando le dije al oído que quería terminar y él me respondió ‘lo sé’.
No hubiera esperado ser tan cortés minutos antes. Tras comprar los helados, nos habíamos sentado a consumirlos sin decir nada. Un poco de helado cayó sobre su pantalón y con una servilleta lo limpió. Hace unos meses nos hubiéramos reído de la situación y hubiera yo pasado la servilleta para retirar el helado con mucho cuidado. Supe que era esa pesadez que hace tiempo sentía en el pecho. Sí, quería romper con él, porque no deseaba verlo más en la vida, y su imagen me amargaba. Fueron todas aquellas pequeñas bombas que cebamos en silencios. Entonces lo odiaba y no me sentía capaz de dirigirle palabra alguna sin que me vencieran las ganas de golpearlo. Empezó a lloviznar. Vámonos dije y empecé a caminar sin ver si me seguía o no. Luego la lluvia se soltó, volví la mirada y me di cuenta que me seguía, por lo que caminé más rápido, y así caminamos varias calles hasta que necesité de un descanso y me detuve bajo una cornisa, y él se detuvo a mi lado.
Y todo fue sencillo. Nos soltamos y dijo a manera de comentario ‘¿así que hemos terminado?’, afirmé solamente con la cabeza, mantuvimos las miradas bajas y cuando por fin nos atrevimos a encontrarlas sonreímos, no nos buscaríamos y sólo nos volveríamos a ver si Dios así lo quería. Oí cuando dijo ‘creo que me voy’ y le dije que no, que el que se iría era yo, pues podía resistir más el frío de la lluvia que él, que siempre enfermizo debía ir a la tienda de enfrente. Nos dimos las manos y partí sin volver la mirada atrás.

Extractos.
...Lo volví a ver en aquella vieja librería del Centro. Iba con su amigo, aunque ya deben ser novios por los chismes que me han llegado. Siempre vi en la mirada de José los sentimientos que mantenía por Alex, pero más que celos, me provocaba pena, por la cantidad de años que llevaba de conocerlo sin jamás atreverse a dar un paso más allá. El rompimiento tortuoso que provoqué con Alex creo que le fue una oportunidad inmejorable para entrar en escena y, por raro que suene, me alegro por ello, sé que son una linda pareja. José me vio, pero fingió no hacerlo y nada dijo a Alex de ello, en cambio me volvió la espalda e hizo que éste hiciera lo mismo, creo que tomó un libro y fingió interés. No debía preocuparse por mí, en ninguna forma estoy dispuesto a intentar una arremetida para recuperar su amor, a pesar de mis sentimientos. Por ello en cuanto me dieron la espalda yo les di la mía y me largué. Es cierto que amé a Alejandro, y que aún lo amo, pero no quiero ver que el decaimiento corporal de mis últimos días se refleje en un sufrimiento suyo. Quiero evitarle las idas al hospital y muchos menos cuando se haga patente mi desahucio. Han pasado apenas 2 meses de mi diagnóstico y ya he perdido 10 kilos. Los doctores me dieron 6 meses de vida, no creo que cumpla con su pronóstico.
...Me han llamado del trabajo, desean que vuelva, me han ofrecido un mejor puesto, han de creer que renuncié porque no me sentía satisfecho. Ahora ocupo mi tiempo libre no para leer los libros que nunca leí, ni para ir a los lugares que nunca fui y menos para conocer a las personas que nunca me atreví a conocer, no, aprovecho para escribir sobre mi vida que, aunque desdichada en una parte, fue feliz. También truco multitud de argumentos para cuentos, pero hay una línea que todos siguen, el chico que esperaba ser feliz cuando consiguiera lo que desea, pero una vez obtenido eso su estado no puede ser más desdichado.
...José me ha venido a ver, ha oído los rumores de que estoy enfermo, y quiere informarse antes de que se entere Alex. Para su alivio niego tener sida. Trato de ser amable, también de mostrarme ocupado, su visita es sumamente desagradable y sólo quiero que se vaya lo más pronto posible. Me equivoqué cuando lo consideré un tonto bueno, no, está bien pendejo y es muy malvado. No le he dicho lo que tengo y sólo he dado una respuesta muy general, un mal funcionamiento de mi organismo. Niego estar desahuciado, me asquearía ver una sonrisa en su cara al decirle la verdad, esto no es asunto suyo. Le digo que es temporal y con falsedad me desea una pronta recuperación, yo le agradezco y le deseo lo mejor, lo digo de corazón, no estoy de ánimos para soltar veneno por el mundo.
...Un martes en la mañana me sorprende ver a Alejandro en mi puerta. Por fin la noticia le ha llegado. Cuando abro la puerta veo cuán rápido sus ojos se humedecen y me abraza, sus lágrimas pronto mojan mi cuello y mi hombro. Así abrazados doy unos pasos atrás para que entre y pueda cerrar la puerta. Cuando nota que he hecho esto, me suelta, me mira fijamente con una sonrisa. Alza mis manos a su boca y las besa. Le digo que pase y hago un ademán para sentarnos en los sillones donde podremos platicar más a gusto. Antes de sentarme, le pregunto si quiere agua, él dice que no. Intercambiamos unas fórmulas de amabilidad antes de soltarle todo el rollo de mi enfermedad. Se da cuenta que por eso corté con él, cuando pregunta “¿por qué no me dijiste? Yo hubiera estado contigo”. Callo y eso lo hace continuar “yo siempre disfrute el tiempo a tu lado, tu presencia hacía que todo fuera bueno, como la vez que terminamos atrapados en un parabús bajo una lluvia torrencial, o cuando estrellaste mi auto,..” Y la vez que tu perro me mordió, o las veces que nos perdimos, o cuando rompiste el florero de mi abuela. Los recuerdos florecen y besa mis labios.

miércoles, 22 de junio de 2011

El hombre que no compró la Luna.

¿Qué ha pasado con el cuento ‘El hombre que compró la Luna’? He de confesar que hace tiempo he abandonado aquel proyecto por que no he podido formarme  una historia en la cabeza. Aunque sería más correcto decir que no he logrado fijar uno de las múltiples imaginaciones que navegan por ella.
Sí, logré imaginar algunos detalles demasiado generales. El tiempo, por ejemplo: el cuento debía tener lugar antes de la era espacial, incluso antes de considerar a ésta posible o digna de atención. También pensé que un hombre sería el protagonista, no una mujer. Él habría vivido en algún lugar de las Grandes Llanuras, bien puede ser en Kansas, en Oklahoma o en alguna de las Dakotas. Lo que buscaba con tal locación era el sentimiento de estar rodeado sólo por el horizonte, ello gracias a su nula orografía y a su baja densidad de población. Entiendo por qué el lugar se ha explotado para desarrollar historias de feroces asesinatos: la víctima desaparece no con el hecho de morir, sino con su entrada a esa inmensidad.
Mi primera pretensión fue expresar el absurdo del poseer. Por ello me serviría de algo físicamente inalcanzable, algo que no garantizase al propietario más disfrute que a cualquier otro y ello causara que el personaje se amargase. Sin embargo tal amargura sería anterior a la compra, ésta sería un simple catalizador del carácter del hombre.
Sin embargo, mis historias siempre han sido un reflejo mío, de mi pensar y de mi sentir, en breve, de mi vivir.  Pero mi vida se ha tornado más feliz[1], cada vez más. Ha entrado a ella alguien que me ha mostrado en la práctica –y no como un refuerzo de la teoría que firme mantengo- que puedo ser feliz.
Bajo la nueva luz que alumbran mis pensamientos pensé en rehacer la trama y hacer a un hombre comprar la Luna y a su estirpe soñar con ella. Narraría la historia de una familia que se alza al cielo, no sólo a la Luna, sino también a sus sueños. En tal versión la compra sería una estafa obvia[2], pero ello no impediría que cada generación contase la anécdota a sus vástagos. Los niños soñarían en como tal hecho modifica su vida y su imaginación se vería potenciada. Podrían soñar con tener una mina de queso, en subir a la montaña más alta para alcanzar la Luna o también con lazarla. Los adelantos tecnológicos del siglo XX no aplastarían sus fantasías, sólo las moverían a otra parcela en la cual crear; los globos se volverían aviones y las montañas cederían su lugar a rascacielos. Mil sueños distintos iluminarían el ansia de tocar alguna vez su superficie.
Claro, los niños, al pasar por la pubertad, se sentirían engañados al haber tenido tales fantasías, los roería la idea de ser tan tarados para caer en el mismo fraude que su ancestro. Pero ello tan sólo sería una fase. Pues al querer rehuir de sus sueños buscarían por más en el mundo; lo que les revelaría conocimientos, sentires y pensamientos nuevos, de los que se servirían una vez que madurasen y valorasen sus sueños de nuevo para cumplir estos. Algún día uno de esos niños soñadores llegaría ser un astronauta que pondría sus pies en suelo selenita y que lloraría al recordar la historia del lejano abuelo que compró la Luna. Se podría terminar en él, pero no lo haría yo. Pues el cumplir un sueño no cancela la capacidad de soñar, sólo la estimula. Tal vez el hijo o nieto de ese astronauta, qué he de saber yo, se volverá un escritor cuyo primer texto fue motivado por la historia de aquel familiar que compró la Luna. Con ella se le había tratado de hacer dormir, pero una vez solo, se sentaría en el vano de su ventana a ver la Luna y, con ella a su vista, a escribir lo que su corazón le dictase.
Tal historia sería bastante larga y yo aún carezco de la madurez para llevar a cabo un proyecto semejante. Mis cuentos apenas son ensayos de lo que espero sea la grandeza de mi alma puesta en palabras.

[1] No se ha tornado, la he tornado. La suerte puede sonreírnos, no la felicidad, que es nuestro sonreír. Uno puede encontrarse ante las condiciones más favorables del mundo y no obstante ser un pobre desdichado. No me puse como sujeto del cambio que tuvo mi vida sólo para recalcar el cambio mismo.
[2] Tuve la tentación, entre mis primeras ideas, que la compra fuese válida. Imaginé escenarios, pero pronto me di cuenta que para los propósitos de mi historia la legitimidad de la transacción valía madres.