Estoy haciendo tiempo. Escribo mientras llega la hora en que he de partir de la biblioteca donde me encuentro. Ya la he calculado minuciosamente: he tomado en cuenta lo que luego tardaré en caminar al Metro y abordar algún tren; no me olvidé de considerar las probabilidades de un andén lleno y una línea con lento avance; y también tengo presente el transbordo en donde, según el desempeño de la primer línea, podré tomarme la libertad de caminar con toda calma o tendré que apretar el paso para que ningún acontecimiento se salga de cauce. Así he planeado toparme contigo. Pero no sé si tú aún vivas. Debo suponer que tu existencia continúa. De otra manera estoy nada más perdiendo el tiempo.