Quiero contarte algo que se me ha ocurrido. Lo narraré conforme a la marcha, y por ello te pediré que no me interrumpas, por favor, para no perder el hilo que siga en el momento.
En alguna ocasión, cuando tenía 10 años, desperté muy temprano, tanto que todavía no clareaba el día. Ello no es importante, sino otra circunstancia. Lo último de lo que me acordaba no era haberme ido a la cama, mejor dicho sí lo era, sin embargo mis recuerdos no eran los de un niño que va a dormir, eran otros. Me veía de 30 años en una pequeña recámara, acostado desnudo en una cama, tapado sólo con una sábana. Mi cuerpo era similar al que ahora tengo, el de un hombre de poco vello corporal, aunque no careciera de él en pubis y axilas. En la cama no estaba solo, había alguien, seguro te reirás, un hombre igualmente desnudo.
Pero esa imagen de ser ya un hombre acostado junto a otro no era la única que había aparecido ante el chico de 10 años, pues tenía el recuerdo de haber vivido efectivamente esos 30 años. Su vivacidad era tal que me hacía imposible descartarlo como alguna creación onírica. Distaba de sentirse como un sueño. Era parecido a un viaje en el tiempo, y es ésta la hipótesis con la que juego, bueno, no era propiamente uno, sino una transferencia temporal de los contenidos de mi conciencia solamente. Por lo cual, el niño que fui entró en posesión de pensamientos, emociones, recuerdos, conocimientos y demás, por los que de otro modo tendría que luchar 20 años en obtener.
Ah, sí, olvidé mencionarlo. Sonará raro, e incluso esperanzador, pero ese hombre a mi lado eras tú. Creo que he de seguir y no detenerme ahora que el argumento ha quedado establecido.
Yo era feliz en la vida que llevaba contigo antes de despertar, quería volver de algún modo, o en su defecto llegar pronto a aquél futuro que recordaba. ¿Sin embargo qué podía hacer? Porque aunque te buscase, no eras en ese momento el hombre del que me había enamorado. Debías madurar aún y recorrer infinidad de vivencias, en fin, experimentar.
Además, ¿qué momento sería el adecuado para aparecer en tu vida? No sabía. Y aunque planease repetir lo que habíamos vivido juntos, no podía repetir de nuevo todo. Ahora conocía los errores que había cometido, y cómo hacer cosas que en su momento no había podido, ya sabía quién era yo. No parecía importar que cambiase el curso de mis acciones, siempre podría manipularlo para lanzarlo contra el tuyo y provocar nuestro encuentro; pero ¿hasta qué punto mis nuevas acciones y omisiones llegarían a afectar la cadena causal que te llevó a mí? Pequeños cambios en mi mundo podían, con el andar de los tiempos, resultar en un destino para ti funesto.
Sin embargo, no pasó mucho antes de que advirtiera otro inconveniente: incluso si tuviese como objetivo reunir aquello que había sido mi vida, pasarían varios años para lograrlo y, ante tu lejanía, mi corazón probablemente mudaría. El curso del mundo pronto mostró cuánta verdad había en mis sospechas. Tuve nuevos amores; fue increíble besar de nuevo, sentir la caricia de otro sobre mi piel y también, por qué no decirlo, disfrutar del sexo. No viví de nuevo, vivió alguien nuevo. Me guarde de viejos errores y cometí otros, creé así al hombre que ahora soy.
No negaré que mantuve durante largo tiempo la idea de buscarte. Pero dudaba sobre a partir de cuándo debería hacerlo. Sabía que no me sería difícil. Podría provocar un encuentro casual al aparecerme en tu vida o al dirigir los reflectores de cierto mundo sobre mi persona. Sólo había de esperar a que algo me indicase que el momento de hacerme presente había llegado. Aun así, en cierta forma, la vida me hizo casi olvidarte. Si bien recordaba lo maravillosa que había sido a tu lado, ésta había continuado y se mantenía fantástica con las cosas que ahora experimentaba.
Después de los años apareciste. Un día, en el metro, yo leía y de repente te tuve frente a mí, habías abordado en…; quedé boquiabierto nomás de verte y me costó trabajo atreverme a hablar. Luego, mientras conversábamos, me dijiste que tenías novio; entonces caí en la cuenta que eras otro. Eras igual de agradable y parecías tener las mismas cualidades que te conocí, pero tu historia era otra. Me alegré por ti e incluso entendí, cuando me contaste la historia del chico con el que salías, que nuestro amorío estaba enterrado por los límites ontológicos de otra dimensión. No intercambiamos forma de contacto alguno.
Después de unas semanas volvimos a encontrarnos, sentí mucho gozo de ello y me animé a hacerte entrar en mi vida otra vez. Anduve primero inseguro y a tientas, pues no obstante sabía que tu amistad sería agradable, temía dejarme llevar por la historia que habíamos tenido. Su historia es otra –me repetía-, él es otro.
Pero poco a poco volví a desentrañarte. Reparé en las coincidencias y las diferencias con el hombre que había conocido y del cual me había enamorado. Te descubrí de nuevo y de nuevo me enamoraste. Ahora que me dices ‘te amo’, sé que yo también a ti. Esta relación es distinta, distintos somos, yo he vivido más, tú has crecido de manera diferente; pero estos hombres que somos, distintos a aquellos que se quisieron, hoy se quieren también.
En alguna ocasión, cuando tenía 10 años, desperté muy temprano, tanto que todavía no clareaba el día. Ello no es importante, sino otra circunstancia. Lo último de lo que me acordaba no era haberme ido a la cama, mejor dicho sí lo era, sin embargo mis recuerdos no eran los de un niño que va a dormir, eran otros. Me veía de 30 años en una pequeña recámara, acostado desnudo en una cama, tapado sólo con una sábana. Mi cuerpo era similar al que ahora tengo, el de un hombre de poco vello corporal, aunque no careciera de él en pubis y axilas. En la cama no estaba solo, había alguien, seguro te reirás, un hombre igualmente desnudo.
Pero esa imagen de ser ya un hombre acostado junto a otro no era la única que había aparecido ante el chico de 10 años, pues tenía el recuerdo de haber vivido efectivamente esos 30 años. Su vivacidad era tal que me hacía imposible descartarlo como alguna creación onírica. Distaba de sentirse como un sueño. Era parecido a un viaje en el tiempo, y es ésta la hipótesis con la que juego, bueno, no era propiamente uno, sino una transferencia temporal de los contenidos de mi conciencia solamente. Por lo cual, el niño que fui entró en posesión de pensamientos, emociones, recuerdos, conocimientos y demás, por los que de otro modo tendría que luchar 20 años en obtener.
Ah, sí, olvidé mencionarlo. Sonará raro, e incluso esperanzador, pero ese hombre a mi lado eras tú. Creo que he de seguir y no detenerme ahora que el argumento ha quedado establecido.
Yo era feliz en la vida que llevaba contigo antes de despertar, quería volver de algún modo, o en su defecto llegar pronto a aquél futuro que recordaba. ¿Sin embargo qué podía hacer? Porque aunque te buscase, no eras en ese momento el hombre del que me había enamorado. Debías madurar aún y recorrer infinidad de vivencias, en fin, experimentar.
Además, ¿qué momento sería el adecuado para aparecer en tu vida? No sabía. Y aunque planease repetir lo que habíamos vivido juntos, no podía repetir de nuevo todo. Ahora conocía los errores que había cometido, y cómo hacer cosas que en su momento no había podido, ya sabía quién era yo. No parecía importar que cambiase el curso de mis acciones, siempre podría manipularlo para lanzarlo contra el tuyo y provocar nuestro encuentro; pero ¿hasta qué punto mis nuevas acciones y omisiones llegarían a afectar la cadena causal que te llevó a mí? Pequeños cambios en mi mundo podían, con el andar de los tiempos, resultar en un destino para ti funesto.
Sin embargo, no pasó mucho antes de que advirtiera otro inconveniente: incluso si tuviese como objetivo reunir aquello que había sido mi vida, pasarían varios años para lograrlo y, ante tu lejanía, mi corazón probablemente mudaría. El curso del mundo pronto mostró cuánta verdad había en mis sospechas. Tuve nuevos amores; fue increíble besar de nuevo, sentir la caricia de otro sobre mi piel y también, por qué no decirlo, disfrutar del sexo. No viví de nuevo, vivió alguien nuevo. Me guarde de viejos errores y cometí otros, creé así al hombre que ahora soy.
No negaré que mantuve durante largo tiempo la idea de buscarte. Pero dudaba sobre a partir de cuándo debería hacerlo. Sabía que no me sería difícil. Podría provocar un encuentro casual al aparecerme en tu vida o al dirigir los reflectores de cierto mundo sobre mi persona. Sólo había de esperar a que algo me indicase que el momento de hacerme presente había llegado. Aun así, en cierta forma, la vida me hizo casi olvidarte. Si bien recordaba lo maravillosa que había sido a tu lado, ésta había continuado y se mantenía fantástica con las cosas que ahora experimentaba.
Después de los años apareciste. Un día, en el metro, yo leía y de repente te tuve frente a mí, habías abordado en…; quedé boquiabierto nomás de verte y me costó trabajo atreverme a hablar. Luego, mientras conversábamos, me dijiste que tenías novio; entonces caí en la cuenta que eras otro. Eras igual de agradable y parecías tener las mismas cualidades que te conocí, pero tu historia era otra. Me alegré por ti e incluso entendí, cuando me contaste la historia del chico con el que salías, que nuestro amorío estaba enterrado por los límites ontológicos de otra dimensión. No intercambiamos forma de contacto alguno.
Después de unas semanas volvimos a encontrarnos, sentí mucho gozo de ello y me animé a hacerte entrar en mi vida otra vez. Anduve primero inseguro y a tientas, pues no obstante sabía que tu amistad sería agradable, temía dejarme llevar por la historia que habíamos tenido. Su historia es otra –me repetía-, él es otro.
Pero poco a poco volví a desentrañarte. Reparé en las coincidencias y las diferencias con el hombre que había conocido y del cual me había enamorado. Te descubrí de nuevo y de nuevo me enamoraste. Ahora que me dices ‘te amo’, sé que yo también a ti. Esta relación es distinta, distintos somos, yo he vivido más, tú has crecido de manera diferente; pero estos hombres que somos, distintos a aquellos que se quisieron, hoy se quieren también.
No hay comentarios:
Publicar un comentario