Anteayer al meter a bañar sentí un terrible dolor en la columna. Su intensidad no la recuerdo bien, lo que sí recuerdo fue el miedo que me siguió. El temor a caer en el suelo, y quedar ahí y sufrir un lenta agonía, entre el suelo frío, el agua chorreante, que alguna vez tendría que parar y la incapacidad de mover mi cuerpo desnudo. Lo doloroso pronto cedió su lugar a lo dolorido. Pero del miedo tardó más su disolución. Volví a lo que había malplaneado para el día, pero la sombra del recuerdo quedó ahí. ¿Y por qué? Porque es la primera vez que he sentido algo así. La sorpresa le mantiene un sitio cálido entre mis pensamientos y el derecho de entrada y salida no es algo que me corresponda. Sólo soy un simple administrador del cuerpo.
Ayer, o mejor dicho anoche, cuando me dispuse a dormir sentí otro dolor en la espalda, sin embargo en nada era comparable con el de la anterior vez. Fue suave, tal vez aquietador. Pensé de manera indiferente que quizás ése sería el ladrón en la noche. Y estuve tranquilo, pues sabía que no tenía cosa que robarme. Recordé un cuento de Borges. Le di otra lectura. Sentí piedad. O tal vez, la siento ahora. Una mezcolanza de frases burbujea en mi cabeza. Viejos inquilinos que, no sabía, eran parientes. Sus voces hablaron anoche, sin que hubiese luz suficiente para distinguir sus rostros. Y me pregunto qué sabemos nosotros de identidad personal. Nuestros ojos son ciegos ante la unión de destino y libertad.
Todo aquello agolpa sin violencia. Colores unidimensionales se posan en cierto lugar mientras la pintura toma forma. Pero qué lejos estoy todavía, cuando se es pintura y no película, cuando se es película y no vida real. ¿Soy esto acaso? Y lloro ante la belleza que se muestra ante mis ojos, mis oídos, mi tacto, y hasta los pensamientos vienen a ocupar un lugar. Qué soy sino nada. No puedo superar la muerte sin negar la vida sin negarla.
Ayer, o mejor dicho anoche, cuando me dispuse a dormir sentí otro dolor en la espalda, sin embargo en nada era comparable con el de la anterior vez. Fue suave, tal vez aquietador. Pensé de manera indiferente que quizás ése sería el ladrón en la noche. Y estuve tranquilo, pues sabía que no tenía cosa que robarme. Recordé un cuento de Borges. Le di otra lectura. Sentí piedad. O tal vez, la siento ahora. Una mezcolanza de frases burbujea en mi cabeza. Viejos inquilinos que, no sabía, eran parientes. Sus voces hablaron anoche, sin que hubiese luz suficiente para distinguir sus rostros. Y me pregunto qué sabemos nosotros de identidad personal. Nuestros ojos son ciegos ante la unión de destino y libertad.
Todo aquello agolpa sin violencia. Colores unidimensionales se posan en cierto lugar mientras la pintura toma forma. Pero qué lejos estoy todavía, cuando se es pintura y no película, cuando se es película y no vida real. ¿Soy esto acaso? Y lloro ante la belleza que se muestra ante mis ojos, mis oídos, mi tacto, y hasta los pensamientos vienen a ocupar un lugar. Qué soy sino nada. No puedo superar la muerte sin negar la vida sin negarla.
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