Llueve afuera. Estoy acostado en mi cama con los ojos cerrados mientras mi mente divaga y es el sonido el que me indica que llueve, aunque también siento cómo el ambiente ha refrescado. Traté de pensar en el argumento para un cuento, pero, como dije, mi mente divaga.
Mis recuerdos no son como deberían. Pienso de manera muy agradable sobre las tardes lluviosas en que la luz se iba y el sonido de la lluvia lo penetraba todo. Mucho más factible es suponer que aquellos días no me gustasen pues no podía ver caricaturas en el televisor, y quizás temiese cuando tronase el cielo. Debió ser con el tiempo que empecé a valorar tales días.
Llueve. Y sin embargo el día no es cómo quisiera. Debiera compartir mi ideal, pero creo que no tengo tal. Hay situaciones que desearía vivir, pero aun si se cumplieran las condiciones a enumerar, bien podría suceder que prosiguiera en mi melancolía. Por ello prefiramos el término ‘ensoñación’ sobre el de ‘idealización’. Es más una situación que si se da creo que disfrutaría mucho, así como la gente supone que disfrutaría mucho si se sacase la lotería.
Aquí vamos pues. Me imagino en una habitación a la que lleno con dos o tres muebles que puedan placerme según las circunstancias desde las cuales imagino, pero para mayores señas está algo vacía. Afuera la lluvia cae. Se oye su golpear y se ve el deslizamiento de las gotas por lo vidrios de la ventana. Siempre hay una ventana al menos, descortinada de preferencia. No hay electricidad, ello no es tanto para iluminar mi fantasía con la tenue luz de la tarde, sino para excluir a los aparatos de la vida moderna. Hoy esto es muy difícil, pero no les daré entrada en mi planteamiento.
No estoy solo. Y eso es lo más importante, pues en este momento me siento un poco así. En mi imagen estoy con alguien, no con cualquiera, con él. Estamos sentados en el borde de su cama mientras platicamos. Sí, he adornado la habitación con su cama, o tal vez me he trasladado mentalmente a su habitación. No me acuesto, pues no me agrada tanto el acostarme como el estar sentado. Tal vez cuando me canse deje caer la espalda sobre el colchón, pero ahora me mantengo sentado.
Conversamos, ya lo dije, sobre qué, no lo sé y no creo que importe; a veces incluyo una partida, sea de ajedrez, cartas o dominó. De vez en vez jugamos con nuestras manos, me acaricia la pierna o nos besamos. Pero en general sólo charlamos.
Disfruto mucho de platicar. Cuando converso con alguien no es que deje de sentirme solo, sino que ya no tiene cabida esa posibilidad en mi mundo. Por eso me gusta hacerlo. Y por eso me imagino que charlamos conforme el tiempo pasa, la luz disminuye en la habitación y mi amigo se difumina conmigo y yo con él.
Sonrío. Lo amo.
Tomo mi teléfono que descansa en el buró. Presiono una tecla, observo la hora. 19:44. Él continua en su trabajo, así que resisto las ganas de marcarle. Me muevo entre los menús y leo de nueva cuenta el último mensaje que me envió. Me dice “Tú también! Ten un hermoso día.” Su teléfono carece de signos de apertura. El mensaje es pequeño, pero muy importante para mí. Sí, es cierto, quisiera dos o tres palabras más y una mayor expresión; no obstante, caigo rendido ante él.
Me agrada imaginar su voz al pronunciar esas palabras. En estos días no la he escuchado y su voz se me pierde. Extraño su sonido. Lo extraño a él. Y de hecho es eso sobre lo que he divagado todo este rato. Es lo que pasa si se divaga cuando se está enamorado, todo pensamiento apunta a aquél.
Pero el divagar no es necesario para invocarlo. Si he tenido un mal día deseo acurrucarme entre sus brazos, si el día ha sido fantástico no puedo esperar para compartirlo. Tantas cosas pasan por mi cabeza, algunas, importantes reflexiones, otras, vanas trivialidades. De todas ellas quiero hablarle.
Me levanto y camino a mi librero. Tomo un libro de un autor que venero, pero cuyo título casi no frecuento, paso las páginas de rápido hasta encontrar en ellas una hoja, un boceto que robe. Si se lo hubiera pedido me lo hubiera dado -no sin antes insistir en hacerme uno nuevo y más trabajado-, sin embargo un día sólo lo tomé.
Veo en un rincón dos balones que poseo, de básquet y de americano. Tal vez, mañana temprano podamos ir al parque un rato. Le enviaré un mensaje para que me marque al salir de su trabajo.
Mis recuerdos no son como deberían. Pienso de manera muy agradable sobre las tardes lluviosas en que la luz se iba y el sonido de la lluvia lo penetraba todo. Mucho más factible es suponer que aquellos días no me gustasen pues no podía ver caricaturas en el televisor, y quizás temiese cuando tronase el cielo. Debió ser con el tiempo que empecé a valorar tales días.
Llueve. Y sin embargo el día no es cómo quisiera. Debiera compartir mi ideal, pero creo que no tengo tal. Hay situaciones que desearía vivir, pero aun si se cumplieran las condiciones a enumerar, bien podría suceder que prosiguiera en mi melancolía. Por ello prefiramos el término ‘ensoñación’ sobre el de ‘idealización’. Es más una situación que si se da creo que disfrutaría mucho, así como la gente supone que disfrutaría mucho si se sacase la lotería.
Aquí vamos pues. Me imagino en una habitación a la que lleno con dos o tres muebles que puedan placerme según las circunstancias desde las cuales imagino, pero para mayores señas está algo vacía. Afuera la lluvia cae. Se oye su golpear y se ve el deslizamiento de las gotas por lo vidrios de la ventana. Siempre hay una ventana al menos, descortinada de preferencia. No hay electricidad, ello no es tanto para iluminar mi fantasía con la tenue luz de la tarde, sino para excluir a los aparatos de la vida moderna. Hoy esto es muy difícil, pero no les daré entrada en mi planteamiento.
No estoy solo. Y eso es lo más importante, pues en este momento me siento un poco así. En mi imagen estoy con alguien, no con cualquiera, con él. Estamos sentados en el borde de su cama mientras platicamos. Sí, he adornado la habitación con su cama, o tal vez me he trasladado mentalmente a su habitación. No me acuesto, pues no me agrada tanto el acostarme como el estar sentado. Tal vez cuando me canse deje caer la espalda sobre el colchón, pero ahora me mantengo sentado.
Conversamos, ya lo dije, sobre qué, no lo sé y no creo que importe; a veces incluyo una partida, sea de ajedrez, cartas o dominó. De vez en vez jugamos con nuestras manos, me acaricia la pierna o nos besamos. Pero en general sólo charlamos.
Disfruto mucho de platicar. Cuando converso con alguien no es que deje de sentirme solo, sino que ya no tiene cabida esa posibilidad en mi mundo. Por eso me gusta hacerlo. Y por eso me imagino que charlamos conforme el tiempo pasa, la luz disminuye en la habitación y mi amigo se difumina conmigo y yo con él.
Sonrío. Lo amo.
Tomo mi teléfono que descansa en el buró. Presiono una tecla, observo la hora. 19:44. Él continua en su trabajo, así que resisto las ganas de marcarle. Me muevo entre los menús y leo de nueva cuenta el último mensaje que me envió. Me dice “Tú también! Ten un hermoso día.” Su teléfono carece de signos de apertura. El mensaje es pequeño, pero muy importante para mí. Sí, es cierto, quisiera dos o tres palabras más y una mayor expresión; no obstante, caigo rendido ante él.
Me agrada imaginar su voz al pronunciar esas palabras. En estos días no la he escuchado y su voz se me pierde. Extraño su sonido. Lo extraño a él. Y de hecho es eso sobre lo que he divagado todo este rato. Es lo que pasa si se divaga cuando se está enamorado, todo pensamiento apunta a aquél.
Pero el divagar no es necesario para invocarlo. Si he tenido un mal día deseo acurrucarme entre sus brazos, si el día ha sido fantástico no puedo esperar para compartirlo. Tantas cosas pasan por mi cabeza, algunas, importantes reflexiones, otras, vanas trivialidades. De todas ellas quiero hablarle.
Me levanto y camino a mi librero. Tomo un libro de un autor que venero, pero cuyo título casi no frecuento, paso las páginas de rápido hasta encontrar en ellas una hoja, un boceto que robe. Si se lo hubiera pedido me lo hubiera dado -no sin antes insistir en hacerme uno nuevo y más trabajado-, sin embargo un día sólo lo tomé.
Veo en un rincón dos balones que poseo, de básquet y de americano. Tal vez, mañana temprano podamos ir al parque un rato. Le enviaré un mensaje para que me marque al salir de su trabajo.
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