Intenté dejar fuera de mi escritura los bosquejos autobiográficos para así ocuparme de la creación de ficción. La desidia me ha impedido esto último, y ahora mi vida me impone volver a lo otro.
Hace 4 años había un chico que me atraía. Me pregunto qué puedo decir sobre lo que su imagen ejercía en mí. Miro el teclado y siento cómo exhalo por la nariz.
Bien puedo empezar por mencionar que mi historia de inseguridad y timidez es larga. No quiero detallar en ello, salvo sólo decir que mucho me costó acercarme a aquel hombre, y tal vez no lo hubiera hecho si no fuese por que me encantaba tanto.
No recuerdo si hube sentido antes una atracción como la que él me provocó. Por lo que en las historias de mi memoria él es la primera persona que me provocó una atracción animal.[1] ¿Pero qué trato de decir con la noción de ‘atracción animal’? No lo sé, no sé si es un tipo distinto a la atracción común que uno siente a diario al topar la vista con bellos ejemplares de la especie humana. Quizás sólo fue una muy intensa, una que dio al traste todos mis órdenes cerebrales. Uh, he de aceptarlo, creo no poder marcar una distinción, tal vez sólo decir que su intensidad enorme me ha tentado a clasificarla como otra forma de atracción.
A fin de cuentas él me atraía, me encantaba y robaba mi mirada, que finalmente mi miedo rescataba y ponía lejos de él. Él era delgado, otro diría flaco, pero tenía el cuerpo marcado, ya saben, correoso. Yo decía entonces decía magro. Cómo olvidarlo, si empecé a usar esa palabra por él, para poder describirlo al mentarlo. Me gusta la palabra, la pronuncio y en ella siento la brevedad y belleza del instante cuando lo topaba al pasar. Andaba siempre desmangado y dejaba al descubierto los hombros que a la distancia mi boca saboreaba. Aquellos hombros reclamaban para sí mi sentir y pensar. Y casi lo olvidaba, pero su bajo porcentaje de grasa corporal acentuaba sus facciones varoniles, sin embargo creo no haber sido consciente entonces de cuánto eso me gustaba.
Un día reuní valor y logré conocerlo. Tan nervioso estaba que tuve un ataque de verborrea, no sé si le habré parecido divertido, pero en un momento, ya en su apartamento, me hizo callar y fui sometido a una serie de ejercicios de flexibilidad, de respiración y de dicción. Fruto de ello hubo un discursillo que improvisé en que la ‘r’ estaba excluida. Lo he olvidado no obstante que entonces, cuando relataba mi anécdota, lo sabía de memoria. Mientras yo me revolvía en un mar de pensamientos quitó mi playera y me hizo recargar en él. Fajamos. Aunque nunca dejé de estar nervioso. Y no supe su nombre, ni él tampoco el mío.
Nos encontramos y platicamos brevemente un par de veces más. Un día dije que quería preguntarle algo, pero que no quería usar la palabra ‘cita’. Me dio su número. Nunca lo marqué.
Me encontré con él la semana pasada. Nos saludamos, platicamos y a lo largo de la tarde continuamente fajamos. No contaré todo, sólo dos detalles que me dicen mucho.
En una ocasión esperábamos en un pasillo. Eran las 3 de la tarde y éste tomaba de la luz que se filtraba de los salones. Yo estaba recargado en una pared, y él fue a pararse enfrente de mí, pero dándome la espalada. Veía su gorra, el cabello que no cubría ésta, la piel del cuello, el cuerpo cubierto por la playera azul y desmangada. Los jeans estaban rotos y dejaban a la vista el azul de su ropa interior, aunque a esa altura de su cuerpo ya no llegaron mis ojos, sino mis manos.
Mis dedos sentían su azul moreno de ropa y piel. Dejé de pensar, sólo vivía. Mas tuve un momento de temor al que siguió uno de lucidez. Estuve molesto, el tipo me tenía retenido en su carne. Le dije con entonación de queja y asombro
-Eres un cabrón
mientras me movía a la pared de enfrente y me sentaba en el suelo. Él dijo
–sí, lo soy
y se fue a sentar entre mis piernas.
Una y otra vez hasta que nos despedimos este hombre me dejó en claro que lo tenía bien caliente. Evidentemente él a mí también.
En el otro momento que quiero compartir igual esperábamos en un pasillo. Aunque éste era distinto, el sol daba por los ventanales, así que en partes la cortina estaba corrida para evitar la luz y el calor excesivos. Estaba nomás ahí parado, al lado de la cortina, él, él con sus tenis, sus jeans, su playera y su gorra. Él. Lo aprecié en conjunto. Sus rasgos encajaban. Era un chacal, era un cabrón, era un puto quien me atraía. Quise guardar ese momento en una foto, pero temí falsearlo y no la tomé. Era algo que apenas he notado, es cierto, me gustan los chicos lindos, a quién no, pero no tanto como los cabrones.
He perdido toda objetividad. Y es hora de concluir con esto. Pues bien, para mí fue una situación bastante extraña. Yo excitaba canijo a un hombre que me ha encantado un chingo y que consideraba fuera de mi alcance. En breve, me ofreció las nalgas. Aquél día entreví al cabrón en que yo mismo me convertido.
[1] Aunque no ha sido la última.
Hace 4 años había un chico que me atraía. Me pregunto qué puedo decir sobre lo que su imagen ejercía en mí. Miro el teclado y siento cómo exhalo por la nariz.
Bien puedo empezar por mencionar que mi historia de inseguridad y timidez es larga. No quiero detallar en ello, salvo sólo decir que mucho me costó acercarme a aquel hombre, y tal vez no lo hubiera hecho si no fuese por que me encantaba tanto.
No recuerdo si hube sentido antes una atracción como la que él me provocó. Por lo que en las historias de mi memoria él es la primera persona que me provocó una atracción animal.[1] ¿Pero qué trato de decir con la noción de ‘atracción animal’? No lo sé, no sé si es un tipo distinto a la atracción común que uno siente a diario al topar la vista con bellos ejemplares de la especie humana. Quizás sólo fue una muy intensa, una que dio al traste todos mis órdenes cerebrales. Uh, he de aceptarlo, creo no poder marcar una distinción, tal vez sólo decir que su intensidad enorme me ha tentado a clasificarla como otra forma de atracción.
A fin de cuentas él me atraía, me encantaba y robaba mi mirada, que finalmente mi miedo rescataba y ponía lejos de él. Él era delgado, otro diría flaco, pero tenía el cuerpo marcado, ya saben, correoso. Yo decía entonces decía magro. Cómo olvidarlo, si empecé a usar esa palabra por él, para poder describirlo al mentarlo. Me gusta la palabra, la pronuncio y en ella siento la brevedad y belleza del instante cuando lo topaba al pasar. Andaba siempre desmangado y dejaba al descubierto los hombros que a la distancia mi boca saboreaba. Aquellos hombros reclamaban para sí mi sentir y pensar. Y casi lo olvidaba, pero su bajo porcentaje de grasa corporal acentuaba sus facciones varoniles, sin embargo creo no haber sido consciente entonces de cuánto eso me gustaba.
Un día reuní valor y logré conocerlo. Tan nervioso estaba que tuve un ataque de verborrea, no sé si le habré parecido divertido, pero en un momento, ya en su apartamento, me hizo callar y fui sometido a una serie de ejercicios de flexibilidad, de respiración y de dicción. Fruto de ello hubo un discursillo que improvisé en que la ‘r’ estaba excluida. Lo he olvidado no obstante que entonces, cuando relataba mi anécdota, lo sabía de memoria. Mientras yo me revolvía en un mar de pensamientos quitó mi playera y me hizo recargar en él. Fajamos. Aunque nunca dejé de estar nervioso. Y no supe su nombre, ni él tampoco el mío.
Nos encontramos y platicamos brevemente un par de veces más. Un día dije que quería preguntarle algo, pero que no quería usar la palabra ‘cita’. Me dio su número. Nunca lo marqué.
Me encontré con él la semana pasada. Nos saludamos, platicamos y a lo largo de la tarde continuamente fajamos. No contaré todo, sólo dos detalles que me dicen mucho.
En una ocasión esperábamos en un pasillo. Eran las 3 de la tarde y éste tomaba de la luz que se filtraba de los salones. Yo estaba recargado en una pared, y él fue a pararse enfrente de mí, pero dándome la espalada. Veía su gorra, el cabello que no cubría ésta, la piel del cuello, el cuerpo cubierto por la playera azul y desmangada. Los jeans estaban rotos y dejaban a la vista el azul de su ropa interior, aunque a esa altura de su cuerpo ya no llegaron mis ojos, sino mis manos.
Mis dedos sentían su azul moreno de ropa y piel. Dejé de pensar, sólo vivía. Mas tuve un momento de temor al que siguió uno de lucidez. Estuve molesto, el tipo me tenía retenido en su carne. Le dije con entonación de queja y asombro
-Eres un cabrón
mientras me movía a la pared de enfrente y me sentaba en el suelo. Él dijo
–sí, lo soy
y se fue a sentar entre mis piernas.
Una y otra vez hasta que nos despedimos este hombre me dejó en claro que lo tenía bien caliente. Evidentemente él a mí también.
En el otro momento que quiero compartir igual esperábamos en un pasillo. Aunque éste era distinto, el sol daba por los ventanales, así que en partes la cortina estaba corrida para evitar la luz y el calor excesivos. Estaba nomás ahí parado, al lado de la cortina, él, él con sus tenis, sus jeans, su playera y su gorra. Él. Lo aprecié en conjunto. Sus rasgos encajaban. Era un chacal, era un cabrón, era un puto quien me atraía. Quise guardar ese momento en una foto, pero temí falsearlo y no la tomé. Era algo que apenas he notado, es cierto, me gustan los chicos lindos, a quién no, pero no tanto como los cabrones.
He perdido toda objetividad. Y es hora de concluir con esto. Pues bien, para mí fue una situación bastante extraña. Yo excitaba canijo a un hombre que me ha encantado un chingo y que consideraba fuera de mi alcance. En breve, me ofreció las nalgas. Aquél día entreví al cabrón en que yo mismo me convertido.
[1] Aunque no ha sido la última.
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