Tras una noche que atravesé en un estado alterado de conciencia, más por el trajín de mis emociones que por el estado bioquímico de mi cuerpo, tuve una revelación de boca de un mensajero.
Cuando el aurora habíase corrido por el cielo me hallaba todavía despierto y, a mi lado, un hombre se preparaba a partir. De pronto me llamó a abrir bien ojos y oídos, pues me prevenía de las cosas por suceder. Su lengua fue dulcísima y bellamente manifestó la verdad, pero fue tal el poder y majestuosidad que se desplegó de sus palabras que el horror abrazó mi alma.
Me recordó quién soy, aunque tratara de distraer mi atención de ello. Me dijo que no había razón para temer cuando llegara la hora; que la muerte y disolución no serían sino el tránsito a una nueva vida. Mi sentir no restaba beatitud a lo dicho.
Una vez que este mensajero hubo partido me dispuse a comer un plato de cereal y agua. Mientras ingería esa mezcla el tiempo aceleró su marcha y mi cuerpo empezó a marchitarse y adquirir más pequeñas proporciones. Apenas tenía fuerzas para palpar la cuchara en mi mano.
Ese plato hubiera sido lo último que se imprimiera en mi vista, pero mi miedo se desató cual bestia y robé vida, no sé de dónde, para incorporarme en la silla y rechazar el don que se me otorgaba.
Después recordé las palabras divinas y reparé en el hecho de que me encamino al infierno. Pues estoy dispuesto a eternizar mi fatiga en un lucha que no es tal.
¿Podré encontrar el sendero? ¿Acaso Dios me extenderá otra vez su mano, dado que no quise escucharlo cuando dijo mi nombre?
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