He dejado bastantes cabos sin atar. Probablemente ello con la intención, no totalmente consciente, de oscurecer mi texto y así hacerlo más atractivo a posibles lectores que se den aires de intelectuales. Hay varias cosas que tengo que comentar, y creo que he de empezar con la forma en que mi texto se presenta.
Al parecer, de ‘Seymour: una introducción’ he copiado la manía de intercalar aclaraciones a lo largo de todo el texto. Ya sea por medio de paréntesis, guiones o la subordinación de oraciones. Ello por sí mismo no es malo. Mas al ser mi texto tan corto, el fin explicativo y expositivo del estilo se pierde para no ser más que un ruptor de la narración. Tal vez no debí haber intentado parodiar el estilo que Salinger usó, pero a manera de excusa, más no de disculpa, diré que lo hice casi automáticamente. He tenido bastantes rachas, en que es común que pierda mi tiempo con uno que otro libro ajeno a mi carrera a la vez que me da por escribir correos largos y con un tortuoso contenido emocional donde éstos suelen plasmar las ideas que había leído. Y no sólo son éstas, sino que de aquellos libros bebo su estilo y su digestión me provee de un simulacro que bien sirve para mandar a conocidos mensajes emocionalmente cargados. En un par de casos aquéllos me han hecho saber, por medio de breves enunciados, que salga de sus vidas. Aunque supongo que denotarán nada más mis mensajes, pues todavía me llegan a saludar en la calle, sin que vea en ellos un afán de evitación. Eso, he de decirlo, me confunde, pues en un momento con un corto enunciado me ordenan que me aleje, y luego me saludan como siempre lo han hecho.
He de presumir que son varios estilos los que he imitado: donde las pausas orales se dan por medio del tamaño del vacío entre palabras, en que se suprime toda puntuación a excepción de la coma, otro a manera de argumento, sin olvidar a aquellos en tercera persona y los que hacen reír por su formalidad. Siempre trataba de que cada quien recibiera un mensaje diferente y no uno reciclado. Eso es lo que puedo decir de mi estilo. ¿Hasta qué punto es mío y hasta cuál de otro?
Ahora daré paso a los temas en frases aisladas.
Hubo una frase que me provocó suspicacia y dudé mucho sobre dejarla o añadirle una explicación. No quise entonces explicarla pues me parecía bella per se. Es la frase sobre el paraguas de gancho y pico. Y no quiero tanto explicarla como pedir que se repare en ella. Uno suele inclinarse a comprar aquellos paraguas compactos que fácilmente caben en cualquier bolsa; ello no es sólo por comodidad al cargar, sino también por comodidad económica, pues se compra barato a un ambulante cuando las gotas parecen inminentes a caer y, al llevarlo guardado, se hace improbable el dejarlo olvidado en alguna parte. Una vida con tantos menesteres exige que se evite el quedar manco, y no otra cosa parece ser destinar una mano a una sombrilla mientras se va en el transporte público, se está al interior de edificios o en un exterior que ha decidido no llover. [Cosa contraria si nos encontrásemos en un verdadero chaparrón lejos de cualquier tejado]. El tamaño de un paraguas de gancho y pico no permitirá que se le destine a la bolsa, como un labial o el disco pirata que acabas de comprar. No, te obligará a llevarlo en mano. Además, no vendrá con una cinta para colgarlo de la muñeca a la manera de una correa para perro o para niño. Jamás te permitirá esa desatención. Los ademanes que recomiendo son: tomarlo como a una pareja, con una mano en su cintura y sincronizar su ritmo al caminar; o como un sable, y mantener su cuerpo perpendicular al propio, al tiempo que se descansa su parte superior en antebrazo, muñeca y mano; si se está detenido como un bastón, sin apoyar el peso en él, no vaya a ser que la punta resbalé. Y mi favorito, como un fusil de lanceros, ya saben, apoyado en tu mano y tu hombro, con la punta al aire, lo que da un porte marcial y algo cómico –pero no por ello ridículo. El paraguas por su forma y tamaño se hace respetar. Aunque solía tener un paraguas de los pequeños, cuando lo llevaba e iba sin mochila, adoraba posar de la forma (4) y andar con la (1).
En otro tópico, es evidente que el tratado que refiero no es otro que aquél cuyo título sugirió G. E. Moore. Pero hay que notar que la referencia no es directa, sino mediada. Y para aquellos que aún no lo comprenden, he de decir que soy wittgensteniano. Tal vez por ello al momento de describir la playera del chico hice una distinción entre una carente de mangas y otra a la que se las han quitado. Al usar el término ‘carente’ tenía en mente la distinción entre ‘sinnlos’ –carente de sentido- y ‘unsinning’ –sinsentido-; no sé, así que no pregunten cómo diablos pretendía hacer un paralelo entre aquellas nociones tractarianas y unas prendas de ropa. Es algo que hasta mí desconcierta.
Otro tema que considero capital, es el del desahogo. Pues he reflexionado y no debo no deshacerme de mi desahogo, sino domeñarlo. Sin él mis palabras quedan con un desabrido sabor a papel. Recuerdo que en diciembre, en que deshice mi blog, eliminé unos escritos que tenía ‘por ahí’, entre ellos una carta de amor que escribí a un chico que no se merecía ni el papel en que fue impresa. La carta era perfecta, a lo sumo su único error era un término -y que en una extraña manía con un clip adjuntara reflexiones de por que me fajé con su mejor amigo-. Mi desahogo es fantástico, pues trueco mi inestabilidad emocional expresada en impulsos nerviosos por una expresada en palabras. Y es increíble que una ráfaga de iones de sodio y de potasio pueda ser tan bella.
Escribí: ‘creí sentir nostalgia’. ¿Por que usé tales palabras?, tal vez por que me di cuenta que no era así. No sentí nostalgia alguna, sino deseo de identificación. No quería raparme para recuperar mi antiguo corte, sino para obtener el del chico. Quería ser uno con el chico. Cuando vi su hombro, no pude evitar pensar en el mío y quise haber lucido aquel día desmangado para que mis miembros reflejaran los suyos; quería instanciar todas sus propiedades para ser él por Ley de Leibniz. Este deseo de unidad encuadra perfecto con la soledad que sentía. Hay un deseo de pertenencia frente a una situación de ausencia. Aquél día no vi a ninguno de mis amigos; si hubiera visto a Ámbar, me hubiese invitado a salir con la banda, y quizás yo aunque apenado creo que no le hubiera dicho que no. Como la vez que me arrastró hasta el Marrakech; ¡Dios!, iba entre ella y Ángel en el asiento trasero del auto de su amigo, y Omar podrá imaginarse que de haber estado yo a lado de una puerta habría expresado la intención de bajarme de inmediato, aun con el vehículo en movimiento. O como la vez que encogido de hombros y aduciendo que me daba igual los acompañe a Coyoacán. De tantas invitaciones alguna tiene que pegar, ¿no?, es simple probabilística. Por ello no es demasiada coincidencia que el mismo día que refiero haya por fin sucumbido a Facebook.
También, el que recordase una historia sobre la muerte señala mi propia finitud. Y he de agregar que de haber terminado por escrito esa historia, me habría encantado que Ángel la ilustrase. No sólo por mi falta de talento, sino por que es mi amigo y sería encantador crear algo en conjunto. Podría ahondar más en todo esto, pero terminaría con el sermón del hombre como symbolo del hombre. Y sería muy despreciable de mi parte pretextar a Platón de mi registro en Facebook.
Hasta aquí el tema sobre la soledad.
Faltan, y dejaré pendientes, los temas de la escritura y egoísmo, pues en mí están más encadenados de lo que podría suponerse -como es patente en un mensaje que mandé a Omar a raíz de la película ‘Reprise’. Además de que uno y otro los trato bastante y más temprano que tarde germinarán aquí. ‘¿Y tu actitud de acoso, dónde queda?’ También para ello habrá tiempo.
Al parecer, de ‘Seymour: una introducción’ he copiado la manía de intercalar aclaraciones a lo largo de todo el texto. Ya sea por medio de paréntesis, guiones o la subordinación de oraciones. Ello por sí mismo no es malo. Mas al ser mi texto tan corto, el fin explicativo y expositivo del estilo se pierde para no ser más que un ruptor de la narración. Tal vez no debí haber intentado parodiar el estilo que Salinger usó, pero a manera de excusa, más no de disculpa, diré que lo hice casi automáticamente. He tenido bastantes rachas, en que es común que pierda mi tiempo con uno que otro libro ajeno a mi carrera a la vez que me da por escribir correos largos y con un tortuoso contenido emocional donde éstos suelen plasmar las ideas que había leído. Y no sólo son éstas, sino que de aquellos libros bebo su estilo y su digestión me provee de un simulacro que bien sirve para mandar a conocidos mensajes emocionalmente cargados. En un par de casos aquéllos me han hecho saber, por medio de breves enunciados, que salga de sus vidas. Aunque supongo que denotarán nada más mis mensajes, pues todavía me llegan a saludar en la calle, sin que vea en ellos un afán de evitación. Eso, he de decirlo, me confunde, pues en un momento con un corto enunciado me ordenan que me aleje, y luego me saludan como siempre lo han hecho.
He de presumir que son varios estilos los que he imitado: donde las pausas orales se dan por medio del tamaño del vacío entre palabras, en que se suprime toda puntuación a excepción de la coma, otro a manera de argumento, sin olvidar a aquellos en tercera persona y los que hacen reír por su formalidad. Siempre trataba de que cada quien recibiera un mensaje diferente y no uno reciclado. Eso es lo que puedo decir de mi estilo. ¿Hasta qué punto es mío y hasta cuál de otro?
Ahora daré paso a los temas en frases aisladas.
Hubo una frase que me provocó suspicacia y dudé mucho sobre dejarla o añadirle una explicación. No quise entonces explicarla pues me parecía bella per se. Es la frase sobre el paraguas de gancho y pico. Y no quiero tanto explicarla como pedir que se repare en ella. Uno suele inclinarse a comprar aquellos paraguas compactos que fácilmente caben en cualquier bolsa; ello no es sólo por comodidad al cargar, sino también por comodidad económica, pues se compra barato a un ambulante cuando las gotas parecen inminentes a caer y, al llevarlo guardado, se hace improbable el dejarlo olvidado en alguna parte. Una vida con tantos menesteres exige que se evite el quedar manco, y no otra cosa parece ser destinar una mano a una sombrilla mientras se va en el transporte público, se está al interior de edificios o en un exterior que ha decidido no llover. [Cosa contraria si nos encontrásemos en un verdadero chaparrón lejos de cualquier tejado]. El tamaño de un paraguas de gancho y pico no permitirá que se le destine a la bolsa, como un labial o el disco pirata que acabas de comprar. No, te obligará a llevarlo en mano. Además, no vendrá con una cinta para colgarlo de la muñeca a la manera de una correa para perro o para niño. Jamás te permitirá esa desatención. Los ademanes que recomiendo son: tomarlo como a una pareja, con una mano en su cintura y sincronizar su ritmo al caminar; o como un sable, y mantener su cuerpo perpendicular al propio, al tiempo que se descansa su parte superior en antebrazo, muñeca y mano; si se está detenido como un bastón, sin apoyar el peso en él, no vaya a ser que la punta resbalé. Y mi favorito, como un fusil de lanceros, ya saben, apoyado en tu mano y tu hombro, con la punta al aire, lo que da un porte marcial y algo cómico –pero no por ello ridículo. El paraguas por su forma y tamaño se hace respetar. Aunque solía tener un paraguas de los pequeños, cuando lo llevaba e iba sin mochila, adoraba posar de la forma (4) y andar con la (1).
En otro tópico, es evidente que el tratado que refiero no es otro que aquél cuyo título sugirió G. E. Moore. Pero hay que notar que la referencia no es directa, sino mediada. Y para aquellos que aún no lo comprenden, he de decir que soy wittgensteniano. Tal vez por ello al momento de describir la playera del chico hice una distinción entre una carente de mangas y otra a la que se las han quitado. Al usar el término ‘carente’ tenía en mente la distinción entre ‘sinnlos’ –carente de sentido- y ‘unsinning’ –sinsentido-; no sé, así que no pregunten cómo diablos pretendía hacer un paralelo entre aquellas nociones tractarianas y unas prendas de ropa. Es algo que hasta mí desconcierta.
Otro tema que considero capital, es el del desahogo. Pues he reflexionado y no debo no deshacerme de mi desahogo, sino domeñarlo. Sin él mis palabras quedan con un desabrido sabor a papel. Recuerdo que en diciembre, en que deshice mi blog, eliminé unos escritos que tenía ‘por ahí’, entre ellos una carta de amor que escribí a un chico que no se merecía ni el papel en que fue impresa. La carta era perfecta, a lo sumo su único error era un término -y que en una extraña manía con un clip adjuntara reflexiones de por que me fajé con su mejor amigo-. Mi desahogo es fantástico, pues trueco mi inestabilidad emocional expresada en impulsos nerviosos por una expresada en palabras. Y es increíble que una ráfaga de iones de sodio y de potasio pueda ser tan bella.
Escribí: ‘creí sentir nostalgia’. ¿Por que usé tales palabras?, tal vez por que me di cuenta que no era así. No sentí nostalgia alguna, sino deseo de identificación. No quería raparme para recuperar mi antiguo corte, sino para obtener el del chico. Quería ser uno con el chico. Cuando vi su hombro, no pude evitar pensar en el mío y quise haber lucido aquel día desmangado para que mis miembros reflejaran los suyos; quería instanciar todas sus propiedades para ser él por Ley de Leibniz. Este deseo de unidad encuadra perfecto con la soledad que sentía. Hay un deseo de pertenencia frente a una situación de ausencia. Aquél día no vi a ninguno de mis amigos; si hubiera visto a Ámbar, me hubiese invitado a salir con la banda, y quizás yo aunque apenado creo que no le hubiera dicho que no. Como la vez que me arrastró hasta el Marrakech; ¡Dios!, iba entre ella y Ángel en el asiento trasero del auto de su amigo, y Omar podrá imaginarse que de haber estado yo a lado de una puerta habría expresado la intención de bajarme de inmediato, aun con el vehículo en movimiento. O como la vez que encogido de hombros y aduciendo que me daba igual los acompañe a Coyoacán. De tantas invitaciones alguna tiene que pegar, ¿no?, es simple probabilística. Por ello no es demasiada coincidencia que el mismo día que refiero haya por fin sucumbido a Facebook.
También, el que recordase una historia sobre la muerte señala mi propia finitud. Y he de agregar que de haber terminado por escrito esa historia, me habría encantado que Ángel la ilustrase. No sólo por mi falta de talento, sino por que es mi amigo y sería encantador crear algo en conjunto. Podría ahondar más en todo esto, pero terminaría con el sermón del hombre como symbolo del hombre. Y sería muy despreciable de mi parte pretextar a Platón de mi registro en Facebook.
Hasta aquí el tema sobre la soledad.
Faltan, y dejaré pendientes, los temas de la escritura y egoísmo, pues en mí están más encadenados de lo que podría suponerse -como es patente en un mensaje que mandé a Omar a raíz de la película ‘Reprise’. Además de que uno y otro los trato bastante y más temprano que tarde germinarán aquí. ‘¿Y tu actitud de acoso, dónde queda?’ También para ello habrá tiempo.
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