Al parece otra vez he abjurado de mi ludismo. Desconozco cuánto durará mi herejía en esta ocasión, pero trataré de aprovechar la ruptura con mi fe.
Por las palabras 'otra vez' y por el hecho de estar aquí escritas es posible imaginar que no es mi primer blog. No, no lo es. Ya hace un tiempo mantuve uno, pero lo eliminé. Su destrucción fue sistemática, pues fui borrando entrada por entrada, para luego mandar al traste la página completa. Recuerdo que escribí una entrada para explicar mi afán destructivo, creo que la titulé 'la noche de los cuchillos largos', y mientras leía las entradas y decidía en qué grado merecían su eliminación, la mantuve, para al final compartir el destino de sus compañeras.
En fin. Ayer me sentí solo, y con tal expresión no me refiero a la soledad común que todo el mundo alguna vez llega a sentir y la cual puedo respetablemente sobrellevar, como un buen paraguas de gancho y pico. Me sentía solo porque ni siquiera me sentía conmigo. Y mis pensamientos gravitaron en torno al oficio del escritor; primero, debido a que en estos días leí a Salinger, luego, porque planeo provocar un encuentro casual -el libro de S. me ha mostrado que el término no es erróneo, ni debería ser sustituido por su homógrafo entrecomillado- con alguien que entre sus ocupaciones parece representar bien lo que es un escritor, y, por último, ya que las historias que creo dejan rara vez su estado de impulsos electroquímicos en mi cuerpo para encarnar en algún otro signo material, y si llegan a hacerlo sería excesivo calificarlas de borrador.
Tal vez es mi egoísmo que se basta con contarse historias a sí mismo (atención a los reflexivos). Hubo una ocasión en que creé un cuento para niños, y a lo sumo con él barrunté una o dos hojas de cuaderno, tamaño francés. Su tema era la muerte y la trama fue tal que derramé bastantes lágrimas. Quería mencionarlo, pues ayer recordé aquel llanto mío. Me pregunto si el cuento no lo he ya condenado.
Ayer mientras iba en el metro, después de, y quizás todavía con, aquellas meditaciones, y leía un libro sobre el Tractatus -para muchos como yo sólo hay un Tractatus, y no es precisamente el de Spinoza-, subió un chico atractivo, pienso que ello basta para describirlo y sólo por razones de contexto mencionaré un rasgo: lucía un mohicano. Hace un año también lucí uno, pero no tan perfecto como el suyo, y creí sentir nostalgia por mi antiguo corte de cabello que inclusive llegué a pensar en hacérmelo de nuevo. Este chico, además, vestía una playera sin mangas -no una hecha carente de mangas, sino una a la que se las han cortado- y al estirar el brazo izquierdo para asirse del tubo quedó al descubierto su hombro. Fue un espectáculo la visión de aquellos huesos, músculos y tendones apenas cubiertos por una delgada capa de piel. Desde ese momento mi lectura quedo en vano intento.
¿No les ha pasado no poder sostener la mirada de quien les gusta? Yo ni siquiera puedo ver su imagen, como si con ella mis ojos se colmaran de luz, y debo mirar a otro lado. Eso fue lo que me volvió a pasar, pero no me impidió -aunque se podría decir que provocó- que cuando el chico bajó del tren, transbordó y subió a otro, lo siguiera. Lo hubiera seguido cuando salió a la calle -y sí, lo hubiera seguido si se toman en cuenta los mares de gente que encontré en el metro a esa hora- pero quería dejar de hacerlo y el perderlo de vista un instante me detuvo lo suficiente para que dudara el tiempo suficiente para que él se alejara.
Luego quedé pensativo, recapitulé los hechos del día, incluyendo mis reflexiones sobre el Escritor y, al pasar revista a la representación del chico del mohicano, detalles de posible curiosidad o atracción de él hacia mi persona. Ello empujó mi pensar al intento de inferir su destino a partir de la ruta seguida. Pero fue sólo pensar.
Basta. Esto ha sido más que suficiente para una primera entrada, además he escrito por mero desahogo. Y si me dejo guiar siempre por ello, nunca podré imponerme la disciplina que deseo. Trataré que futuras entradas sí sean objeto de revisión.
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