martes, 28 de septiembre de 2010

Escritor.

No pretendo hablar aquí del escritor en abstracto o del arte de la escritura, como podría creerse que he prometido. Más bien referiré a un escritor en particular, uno que tal vez nunca gane el premio Nobel, pero no por ello sea menos merecedor de admiración.
Lo conocí un día a la mitad del peor período de mi vida, durante un tiempo en que andaba yo más perdido que ahora. Ello, créanme, no sólo es posible, fue actual[1]. Aquél día, del cual supongo que fue jueves, o miércoles –ello no viene al caso-, andaba de metrera. Nunca fui hábil en ello, y por qué lo hacía es harina de otro costal[2]. Me encontraba en la estación Miguel Ángel de Quevedo y mataba tiempo antes de ir a la biblioteca y así retrasaba el tener que darme cuenta entre tantos libros que ya nada me interesaba.
Cuando él, el chico de mi historia, bajó del vagón, no pensé en pelarlo; mas ello no por una supuesta superioridad mía, sino al contrario, porque pensé que jamás un chico tan atractivo y –pronto aprendería- simpático pudiese reparar mientes en una metrera poco hábil, es decir, en mí.
Pero me vio. No sé porqué, y sinceramente poco importa. El caso es que me atreví a dirigirle igualmente la mirada[3]. Él venía del gimnasio, ya saben, con una enorme maleta deportiva, que sin afán de ofender sí se veía enorme a su lado y de la que me mostró su contenido, pues en mi mente aún está la imagen de la secadora que llevaba. No puedo hacer comentarios sobre la secadora y no tanto por pudor o cortesía, sino por que realmente carezco de ellos -han pasado los años y no dejo de enmudecer ante el recuerdo de aquella secadora que espero no sea del color que mi memoria suele pintarla-. Hablábamos, y no podía dejar de asombrarme de él ante la relación de los hechos que poblaban su vida. Ignoro durante cuánto tiempo conversamos en la estación, ni tampoco qué pretexto me habré inventado para justificar mi presencia en ella; son detalles ya sin importancia, tan fantástico era conocerlo, y cuando refirió de nuevo –pues ya lo había hecho- que debía ir a la librería, no sé si propuse acompañarlo o acepté su invitación a hacerlo. Me viene a mientes [4] un cuento de Borges, ‘El jardín de senderos que se bifurcan’, en donde Stephan Albert, en su exposición de una novela china, dice que dos mundos posibles con pasados distintos pueden converger en un punto a futuro. Y en cuál mundo posible se hunde mi pasado me es algo epistémicamente oculto.
Él iba a comprar algunos libros de literatura infantil que disfrutó durante su infancia (y tal aclaración no es una perogrullada, aunque suene como tal, es más, evité escribir ‘niñez’, aun si incidí en cacofonía) y que por una u otra razón habíanse desprendido de sus manos a favor, probablemente, de las de otro.
Mientras estábamos en la sección infantil volví a encontrar un libro que había ya leído, aunque sin comprar, junto a una amiga en un librería frente a Plaza Universidad (qué diablos hacíamos ahí es algo que no recuerdo y tampoco imagino, pues a pesar de la mutua confianza y amistad que compartíamos, muy rara vez llegábamos a ir a éste o aquél lugar juntos). El libro trataba un tema de matemáticas, que llamaré ‘teoría combinatoria’, pues no tengo ganas de investigar el nombre de la rama, y en él aparecían un lobo llamado Sócrates, su esposa Jantipa, su amigo Pitágoras la rana y tres cerditos que… El desenlace es bastante irrelevante al resto del cuento, pero a pesar de ello no pienso contarlo, pues en el hartazgo que llega a causar el libro, el final viene a ser la cereza del pastel de tanto-para-esto. Y no es que miente madres al libro, pues éste se disfruta por que produce lo que llamo ‘hartazgo divertido’, o ‘divertihartazgo’[5]. Me prometí que en algún cumpleaños de Alma le compraría el libro, aunque sé que lo haría sólo por el placer de ser su propietario entre mi pago y el acto de regalarlo.
A aquél chico también encantó el libro. Ya lo dije, divertihartazgo. Incluso el chico estuvo deseoso de leer la página explicativa final con un texto adulto a dos columnas y en una fuente a 12 puntos que al 3er renglón dejó[6].
Aquella tarde se hizo corta, volvimos al metro, y nos despedimos.
Y aquí está la muestra de que soy mala persona, pues actué como si mi encuentro con él no me dejara nada: Una semana después estaba en las mismas en la estación Miguel Ángel de Quevedo.
Había apenas llegado a la estación, y al aparecer el tren siguiente al cual me bajé, lo vi, era él, el chico de la anterior semana, sentado al interior de uno de los vagones. Creo que no me vio entonces, y si lo hizo, agradezco que posteriormente no lo mencionara. Al hacer el tren alto total quedaba yo fuera de su campo visual, lo que aproveché para abordar en otro vagón y 5 minutos después fingir un encuentro casual en la terminal Universidad. Y por una vez uno de mis planes funcionó. Nos encontramos de nuevo. No sé cómo fue el saludarnos, pues soy malísimo fingiendo, la falsedad no se me da en absoluto, mas eso no significa que no mienta, sino que miento de una manera muy particular. Tendría que escribir alguna vez sobre mis mentiras.
Fue otra tarde fantástica. Él amablemente me acompañó a la Biblioteca Central. Su conversación me hizo tanto bien, a pesar de que mi memoria mantiene pocos recuerdos dispersos de ella. Por ejemplo, me escuchó cuando referí mi obsesión televisiva del momento: ‘Avatar, el último maestro aire’ (quienes me han oído conversar sobre Star Trek, Doctor Who y otras series saben a qué me refiero, pues yo, en calidad de obseso, no puedo darme bien cuenta). También le mostré uno de mis libros favoritos, Kristina Lavransdatter, y una cita de la autora. Luego conversamos en la cafetería de Arquitectura, donde no recuero si él comió, pero sí, que me platicó de algunos hechos de su vida. Luego, de vuelta, su celular sonó con la tonada de calcetín con rombos-man, y lo acompañe a la parada del puma. Aquel año se habían introducido los nuevos autobuses de las nuevas rutas 7 y 8 del pumabús. Y lo envidié por que él iría en uno que, después sabría, no lo llevaba a su destino.
Creo que lo admiro.
Un día, ya retomado mi derrotero (la palabra está escogida), estaba -sin metrear; ¡qué horror es tener que hacer una aclaración así!- en la estación Copilco, a espera del tren y cuando éste llegó, apareció otra vez él. Tenía ya tiempo de nuestro último encuentro, y su charla se mantenía tan agradable como siempre. Eso me hizo bien. Además se había hecho un tatuaje chistoso que me mostró. Iríamos a la altura de Zapata, cuando me llamó por mi nombre y dijo ‘de seguro no te acuerdas cómo me llamo’. Volví la cabeza al frente y un rayo que atravesó el éter desde mi alma hasta mi cuerpo se materializó por mi boca en una palabra: ‘Pavel’. Me permito suponer que no se lo esperaba, pues de inmediato maldijo mi memoria y la de mi descendencia. Al momento empecé a ver a mis posibles hijos y a mis posibles nietos y a mis posibles bisnietos y a… desmemoriados, por lo que no pude evitar hacer notar que si tenía hijos condenaría a toda una estirpe al olvido. Él no había pensado en aquella posibilidad y retiró su maldición. Para ese entonces habían transcurrido ya miles y miles de años en mi cabeza y mi descendencia habíase ya relacionado y diluido en los pueblos del mundo, por lo que la humanidad entera había caído víctima de la maldición de Pavel. Y nadie lo recordaría. El metro siguió su curso y al poco nos despedimos.
Éstos son tres recuerdos que quería compartir antes que la luz se apague.
Mi obsesión por él -que me hizo escribir esto- no nace, pero se amplifica a partir de la vez que lo vi, sin creer verlo. Las circunstancias del acontecimiento eran del tipo que, supongo bien, pueden provocar un ataque de ansiedad en mí. Pues han de saber que me engento con facilidad, detestó los sonidos altos y las experiencias novedosas, en fin, todo aquello que va contra mi carácter ensimismado. También hace poco creí verlo sin hacerlo y ello ha incrementado la tensión alrededor de su representación en mi cabeza.
Una vez, escondido en una página que ya había visitado varias veces encontré un enlace a su blog. Bueno, he de decir, ello me ha mostrado lo pequeño que es el mundo, pues he hallado pequeñas ligas que bien podría conducirme a él. Pero que me guste provocar encuentros casuales y el mero hecho de que ello sea posible, no hacen que cualquier encuentro provocado lo sea[7]. Para ello hay un arte, de los más valiosos.
Hasta aquí por el momento.
 
[1] Hubiera sido preferible el uso de la palabra ‘factual’, debido a que da lugar a menos equívocos que ‘actual’. Mas con ello se pierde la distinción entre lo que es posible y lo que es en acto.
[2] Tenía la actitud de un alcohólico que avergonzado de su comportamiento decide, en vez de dejar su vicio, mantenerlo oculto. No abandonaba el mío, ni lo ejercía como debiese.
[3] Aquí mi borrador decía ‘Y yo detuve mi huida de la belleza’. ¿Qué me hizo escribir eso? Dada mi baja autoestima, evito generalmente a los chicos más atractivos, pues no me siento merecedor de lo bello y bueno del mundo. Por ello estaba dispuesto a alejarme de él, pero detuve la huida.
[4] Disculpen la frase, pero la abundancia de traducciones en español peninsular sí afectan la propia psique.
[5] Divertihartazgo. s. m. Dícese del gozo causado por algo que descrito meramente por medio de adjetivos no psicológicos se supondría causante de tedio.
[6] Se prefiere el hartazgo divertido frente al tedioso. [Observación gramatical]
[7] Ante la pregunta retórica de si el descubrimiento de su blog no es casual, sólo puedo responder ‘¡Un poco de romanticismo, por favor!’, mientras un susurro dice que no.
 
Post Scriptum.
Tras mi primera revisión del texto he notado –será más evidente al lector que a mí- que he exagerado sobre la relación en que participo con Pavel. Considero que la lectura –incompleta, he de admitirlo- que he hecho de su blog ha provocado en mí una sensación de cercanía y de familiaridad. Yerro al pensar tal sensación fundada.
Si Rab representara alguna relación que efectivamente sostuviese con él, R de ningún modo sería algún predicado que he mantenido en la mente al momento de escribir el anterior texto. A lo sumo la traducción más atinada sería Rxy dice que ‘x acosa de modo tímido y velado a y’.  
Tras la segunda revisión he notado que hago hincapié en lo buena y agradable de su charla sin presentar ejemplos de ella. Ello ha de ser por cómo me trató: como a una persona. No es algo que debería agradecerle, por ser moralmente imperativo, pero aún así lo hago. También he pensado que un mejor título sería ‘la Maldición de Pavel’, que se hace real al verlo sin reconocerlo.

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