He caído otra vez en los mismos tópicos, y ahora parece que mi escritura se vuelve imposible mientras no trate sobre algún chico que atraiga mi atención y la mantenga cautiva hasta que no relate un pedazo de su historia.
Hablé de Pavel, a quien si hubiese tratado un poco, es innegable que me habría enamorado y su presencia en este blog entonces sí estaría justificada. Céxar, cuyo nombre no mencioné, hacía tiempo me parecía atractivo y deseaba conocerlo, pero una vez dado esto me emocioné tanto que no noté que mi interés por él había menguado. Le escribí un mensaje romántico y muy bello, que en vez de enviárselo, debí publicarlo en lugar de la bazofia que describe mi encuentro.
Del último sobre quien he escrito es Matzin, del cual no referiré más por el momento, pues es aún muy cercano y mi carencia de objetividad se haría patente. Si me dicen que no me haga del rogar y que suelte ya la sopa, que bien que estoy deseoso de hacerlo, y me espeten que soy incapaz de toda objetividad, sólo contestaré que no deseo perder el piso.
Probablemente quien mayor importancia ha tenido es aquél chico con mohicano que no conocí, pues ilustra bien mi pasión por los bellos mozos, cuya simple visión me produce un arrebato erótico.
Dada la forma en que he perdido la cabeza y, también, la dirección de este blog, he de tomar sus riendas y redirigirlo o, mejor dicho, empezar a dirigirlo de una vez y por todas. Por ello he decidido seguir el ejemplo de algunos escritores, a quienes no mencionaré para que ningún improperio hacia mí pueda desviarse y siquiera alcanzarlos, lo cual no desearía, puesto que uno es el autor de uno de mis libros favoritos y del otro apenas si he hojeado un libro suyo de carácter técnico.
Pero mientras ello toma forma he de contarles que escribía algo, no muy bueno, pero lo tenía en la cabeza desde hace un rato (6 meses a lo mucho) y no dejaba de molestarme, por lo que decidí sacarlo y seguir adelante, pues quién sabrá si, al igual que otra obsesión mía, tendría que esperar a estar yo acostado y balbuceante en la cama de una amigo para desalojar esas locas ideas de mi pobre cabeza. Esta vez habría de ser distinto.
Así que empecé a escribir la historia de Iván, no el Iván que me rompió el corazón hace 3 años[1], del cual decidí tomar nada más el nombre. Dado que soy malo al momento de elegir estaba decidido a no pasar horas sopesando distintos nombres por cuál podría ser el más conveniente, y no encontré alguna razón por la que usar aquél fuese erróneo: el sonido ‘Iván’ no es nada feo, al menos no me lo parece; aquel chico no posee propiedad exclusiva sobre su nombre; y sé que incluso estaría feliz de compartirlo, aunque quizás no tanto si conociese al personaje, lleno de mis peores defectos, es decir, no algunos tomados aleatoriamente, sino los peores, aquellos que me han arrastrado por el fango de la inmoralidad (y aunque cursilón, el término no puede ser más exacto).
Pues bien, escribía hasta que llegué a un punto donde me di cuenta que el hecho que en mi mente desencadenaba toda la trama, una vez pasado a letras y signos ortográficos no daba desarrollo a ésta. Cuando advertí el atasco llevaba ya bastante escrito (considerando mi carácter indolente), así que debí volver y hallar aquel pequeño Big Bang. El problema era evidente: los personajes habían hecho lo que les dio en gana (Iván no tenía que hacer gran cosa, salvo tirarse a llorar, pero los otros dos[2]), uno se mostró muy cauto y no obstante que reveló su nombre no fue tan estúpido para soltar el resto del chisme, en tanto que a otro la situación en tablas le convenía y por lo que no se vio en la exigencia de aducir un comentario que por la situación sería de lo más absurdo. El caso es que hubo una pequeña explosión, pero ningún universo se generó a partir de ella; por lo que ahora me siento en la necesidad de hacer uso de un ‘deus ex machina’ y estampar a Iván el mundo en la cara, dado que aquel otro personaje decidió mantenerse reservado. Tendré que encender otra carga, pero mucho temo que en lugar de echar a andar mi historia termine por estropearla.
[1] Él no lo hizo solo, yo presté bastante ayuda.
[2] ‘Los otros’, masculle enfurecida mi boca.
Hablé de Pavel, a quien si hubiese tratado un poco, es innegable que me habría enamorado y su presencia en este blog entonces sí estaría justificada. Céxar, cuyo nombre no mencioné, hacía tiempo me parecía atractivo y deseaba conocerlo, pero una vez dado esto me emocioné tanto que no noté que mi interés por él había menguado. Le escribí un mensaje romántico y muy bello, que en vez de enviárselo, debí publicarlo en lugar de la bazofia que describe mi encuentro.
Del último sobre quien he escrito es Matzin, del cual no referiré más por el momento, pues es aún muy cercano y mi carencia de objetividad se haría patente. Si me dicen que no me haga del rogar y que suelte ya la sopa, que bien que estoy deseoso de hacerlo, y me espeten que soy incapaz de toda objetividad, sólo contestaré que no deseo perder el piso.
Probablemente quien mayor importancia ha tenido es aquél chico con mohicano que no conocí, pues ilustra bien mi pasión por los bellos mozos, cuya simple visión me produce un arrebato erótico.
Dada la forma en que he perdido la cabeza y, también, la dirección de este blog, he de tomar sus riendas y redirigirlo o, mejor dicho, empezar a dirigirlo de una vez y por todas. Por ello he decidido seguir el ejemplo de algunos escritores, a quienes no mencionaré para que ningún improperio hacia mí pueda desviarse y siquiera alcanzarlos, lo cual no desearía, puesto que uno es el autor de uno de mis libros favoritos y del otro apenas si he hojeado un libro suyo de carácter técnico.
Pero mientras ello toma forma he de contarles que escribía algo, no muy bueno, pero lo tenía en la cabeza desde hace un rato (6 meses a lo mucho) y no dejaba de molestarme, por lo que decidí sacarlo y seguir adelante, pues quién sabrá si, al igual que otra obsesión mía, tendría que esperar a estar yo acostado y balbuceante en la cama de una amigo para desalojar esas locas ideas de mi pobre cabeza. Esta vez habría de ser distinto.
Así que empecé a escribir la historia de Iván, no el Iván que me rompió el corazón hace 3 años[1], del cual decidí tomar nada más el nombre. Dado que soy malo al momento de elegir estaba decidido a no pasar horas sopesando distintos nombres por cuál podría ser el más conveniente, y no encontré alguna razón por la que usar aquél fuese erróneo: el sonido ‘Iván’ no es nada feo, al menos no me lo parece; aquel chico no posee propiedad exclusiva sobre su nombre; y sé que incluso estaría feliz de compartirlo, aunque quizás no tanto si conociese al personaje, lleno de mis peores defectos, es decir, no algunos tomados aleatoriamente, sino los peores, aquellos que me han arrastrado por el fango de la inmoralidad (y aunque cursilón, el término no puede ser más exacto).
Pues bien, escribía hasta que llegué a un punto donde me di cuenta que el hecho que en mi mente desencadenaba toda la trama, una vez pasado a letras y signos ortográficos no daba desarrollo a ésta. Cuando advertí el atasco llevaba ya bastante escrito (considerando mi carácter indolente), así que debí volver y hallar aquel pequeño Big Bang. El problema era evidente: los personajes habían hecho lo que les dio en gana (Iván no tenía que hacer gran cosa, salvo tirarse a llorar, pero los otros dos[2]), uno se mostró muy cauto y no obstante que reveló su nombre no fue tan estúpido para soltar el resto del chisme, en tanto que a otro la situación en tablas le convenía y por lo que no se vio en la exigencia de aducir un comentario que por la situación sería de lo más absurdo. El caso es que hubo una pequeña explosión, pero ningún universo se generó a partir de ella; por lo que ahora me siento en la necesidad de hacer uso de un ‘deus ex machina’ y estampar a Iván el mundo en la cara, dado que aquel otro personaje decidió mantenerse reservado. Tendré que encender otra carga, pero mucho temo que en lugar de echar a andar mi historia termine por estropearla.
[1] Él no lo hizo solo, yo presté bastante ayuda.
[2] ‘Los otros’, masculle enfurecida mi boca.
No hay comentarios:
Publicar un comentario